10/6: MUERTE POR AHORCAMIENTO de Nagisa Oshima

Muerte por ahorcamiento de Nagisa Oshima (Japón, 1968, 117′)

Koshikei

Muerte por ahorcamiento pertenece a ese sub-genero de películas que transcurren en su totalidad en un solo espacio. Richard Linklater y Chantal Akerman hicieron alguna película de este estilo (Tape Je, tu, il, elle, respectivamente), con diferentes resultados y apuntando a diferentes temáticas. Aunque ahora que lo pienso, en Je, tu, il, Elle la protagonista que permanecía encerrada en una habitación haciendo cosas raras que no recuerdo muy bien, en un momento salía a la calle, se subía a un camión  y se iba de viaje en plan road-movie con un extraño. Esta era la parte que más me había gustado de la película, la sensación que experimentaba esa chica al escapar del encierro y aventurarse en un espacio público, nocturno y desconocido. Y ahora que termino de ver Muerte por ahorcamiento debo decir que a la mitad, la película también sale a la calle, pero a diferencia de la de Akerman, uno no tiene una sensación ni de libertad ni de aventura. Comenzamos con unas placas y una voz en off parecida a la de los documentales de la segunda guerra mundial, que nos informan que en una encuesta realizada en 1942 en Japón el 71% de los consultados estaban en contra de la abolición de la pena de muerte, el 16% a favor y el 13% en contra. Luego de eso las placas dicen “Pero vosotros, el 71% que se opone a la abolición, ¿habéis visto alguna vez una sala de ejecución? ¿Habéis visto alguna vez una ejecución?”. Luego de esto la película se traslada al espacio de una sala de ejecución, la describe lo más meticulosamente posible, para darle paso a la ficción, articulada por una excusa que funciona como puntapié inicial. El condenado R, coreano radicado en Japón, es condenado a muerte y ejecutado en la horca por asesinar y violar a dos adolescentes japonesas, pero no muere, sólo pierde la memoria. A partir de aquí la sala de ejecución se transforma en un teatro en miniatura en el que diferentes oficiales y representantes de las instituciones civiles (un policía, un fiscal, el ministro de educación, un asesor letrado, un médico y un cura) tratarán de hacer recordar a R por qué está allí y por qué fue condenado, interpretando ellos mismos escenas de su vida, desde los asesinatos que cometió hasta escenas cotidianas con su familia (a la Ozu) con las que encontrarían una justificación a los actos de violencia que cometió posteriormente. La magnitud del delirio va creciendo exponencialmente hasta llegar al clímax del final, que es imposible describirlo sin arruinarlo. Pero en este camino sin retorno al delirio, Oshima se las arregla para expresar sus ideas respecto de lo que es el Japón de posguerra, de cómo se trata a los inmigrantes coreanos, de lo ridículas e injustas que son las instituciones de poder que conforman la sociedad y además, como si fuera poco, hace una película sobre la representación, en donde la realidad se vuelve teatro e interpretación para luego, en una tercera capa volverse cine, integrando el mundo exterior con las interpretaciones fantasiosas surgidas en la sala de ejecución. Y termina transformando esa habitación que fue sala de ejecución y luego escenario teatral en un espacio indeterminado en el que conviven el mundo de los vivos y los muertos, el pasado y el presente, un limbo en el que la única regla que permanece vigente es la de la belleza y el placer que produce el cine cuando se expresa de semejante manera. Ramiro Sonzini
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