Vida de Bafici (2): O MANDARIM de Julio Bressane

Viene un poco atrasada esta cobertura. Los corresponsales prometen saldar la deuda en estos días o bien al volver a Córdoba. Tratar de ver todas las películas de Bressane deja poco tiempo.

O mandarim de Julio Bressane

por Martín Alvarez

O mandarin no es un homenaje: es una carta de amor de Bressane a la música popular brasilera y de un muy especial afecto con el cantante Mario Reis, sobre cuya figura planea toda la película. Concebida a partir de una idea de por sí encantadora y a la inversa de como suelen moverse otros documentales de música, esta es la película de un maestro que siente admiración por sus herederos.
Excepto por un trueno y un plano con nubarrones, la película transcurre en medio de un agradable clima producido por el especial brillo que proyecta el sol sobre Río y un aire delicadamente gentil. Lo que permitiría demostrar que entre las tantas cualidades del mundo y de la cultura que atraviesan el cine de Bressane, una de ellas es la sensación térmica. O acaso la textura única de la película resulte de imitar el sonido que tienen los discos cuando emergen del mar para volver a ser oídos (como todo el mundo sabe, esa mezcla distintiva de misterio y eternidad).
Mario Reis es interpretado por Fernando Eiras, actor que lo dota de una gracia y una simpatía únicas, aunque tampoco muy distintas de las que son capaces de proyectar Chico Buarque, Gilberto Gil, o Caetano Veloso en sus apariciones, y que me hicieron recordar con sorpresa a Cinéfilos a la intemperie, aquel documental en que Tarruella —de paso: su fragmento sobre La discoteca del amor debe ser lo mejor de todo el catálogo— y otros cinéfilos amigos jugaban a hacer una película. Hay en las actuaciones de Caetano, Chico, Gilberto, varias chicas que no reconocí, ese mismo encanto infantil, inocente, parte del extraño caso en que una película exhibe el placer puro de las personas que la hacen.
Debería aclarar ahora que nunca me interesó esta zona de la música brasilera (aunque también está el gran Heitor Villa Lobos), pero ocurre que me convierto fácil: acaso contagiado por las propias cualidades de la película de Bressane, esta vez las canciones me parecieron de una suavidad y una bondad extraordinarias (¿quién vende discos de Reis por acá en Buenos Aires?). Los encuentros no son sólo parte de una técnica preciosa puesta al servicio de las canciones, son también un documento del curioso y algo indescifrable código por el que se comunican los músicos, y en el que también se cifran grandes enigmas de la civilización, como la importancia de cultivar la solidaridad con el pasado. La película también aporta una intuición al misterio Bressane: al ver el fino fraseo de los cantos me quedé pensando en que la exploración de las posibilidades melódicas es algo poco intentado en el cine. El cine melodioso de Bressane es una excepción.
A la misma altura que estas estrellas de la música brasilera aparecen otros personajes más extraños, como un micrófono y un disco que practica la natación. O mandarim, el título, no sé a qué viene, pero también hay una novela de Eça de Queiroz que se llama así. En una de sus reuniones con Reis, Gilberto Gil pronuncia la frase más brillante del festival. No puedo dejar de asociarla con la excéntrica concepción del cine que tiene Bressane. Le dice Gilberto Gil a Mario Reis en un balcón antiguo de Rio: “La victoria es una grosería”.
Esta entrada fue publicada en Bafici 2013, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

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