Vida de Bafici (1): NO de Pablo Larraín

El alegre publicista

por Fernando Pujato

¿Qué es la Historia? Bueno, aún no lo sabemos muy bien y todo depende, por supuesto, de los autores que pongamos en circulación para despejar esta noción tan omnívora y sin fecha de vencimiento que se encuentra en un arco que abarca desde Perry Anderson hasta Francis Fukuyama —por poner dos ejemplos marcadamente antitéticos— y siempre y cuando consideremos a Fukuyama como un historiador más o menos serio, o un historiador a secas. Como sea, la idea de Marc Bloch de que se puede comprender el presente a través del pasado y a éste por medio del  presente no ha perdido nada de su fecundidad, sobre todo porque se puede jugar con el tiempo histórico y no es necesario remontarse a los orígenes de la humanidad para intentar aplicar este concepto. El presente y el pasado pueden estar más cerca de lo que uno supone, pueden coexistir, pueden ser sus reflejos inmediatos, sobre todo si se le quita a la palabra Historia esa H mayúscula un tanto omnívora y pretenciosa para un arte tan volátil y efímero que difícilmente pueda poner en escena todas las complejidades que suponen las relaciones de los hombres a lo largo de su más bien acotada trayectoria en su tránsito por este mundo; el cine ha entendido esto, algunos de sus representantes lo han entendido mejor.
NO
No hay ninguna duda que Pablo Larraín no habita en el limbo despreocupado de algunos de los más o menos jóvenes cineastas latinoamericanos, ese lugar donde la historia se encuentra si no ausente, al menos suspendida en espera de que algún dramaturgo se entienda con ella o de que algún pintor la exhiba en el mercado del arte o de que un literato la novele o de que un periodista la reseñe o, finalmente, en espera de que algún director de cine se interese por ella. En sus dos films anteriores era más que claro que Larraín intentaba revisar parte del pasado reciente de Chile, particularmente en Tony Manero a través de un coreógrafo de pensión obsesionado por semejarse al Travolta de Fiebre de sábado por la noche  y utilizando todo lo que ocurre a su alrededor para lograrlo, y también el inicio del golpe de Estado de 1973, en Post Mortem, por medio de ese empleado de la morgue obsesionado por una mujer y absolutamente indiferente  a  lo que ocurre fuera del alcance inmediato de su tarea, dos films incómodos, truculentos y absolutamente centrados sobre sus personajes, un tanto más incisivo el primero en cuanto a mostrar que la impunidad con la que actuaban los militares y paramilitares chilenos también podía ser patrimonio de un marginal de todo, un tanto menos logrado el segundo en cuanto a mostrar que parte de lo que ocurría en la sociedad chilena de ese momento se debía a algo más que a un grupo de entusiastas por el socialismo. Ahora la emprende con el referéndum de 1988, en el que se debía votar a favor o en contra de la continuidad de Pinochet en el poder hasta 1997, algo así como cerrar una serie de films acerca del período dictatorial en su país, algo así como contar una historia con inicio-desarrollo-final pero no de manera ordenada, el inicio es el segundo film de Larraín, el desarrollo es el primer film, pero No es, claramente, el final de esta trilogía y también, en forma más acentuada que los anteriores, un film de personaje, más allá de la textura y de la puesta símil años ´80, de ese extraño pero efectista intento de que el film parezca rodado en aquél entonces  como si Larraín hubiese viajado por el túnel del tiempo desembarcando con su video a cuestas para filmar lo que nadie filmó por cualquier motivo que sea, una maniobra un tanto inútil desde que sabemos que El túnel del tiempo era sólo una serie de televisión, y de que no es necesario eliminar la distancia filmando como si no se filmase desde este presente porque, como señalaba Serge Daney, “la distancia justa es el fardo que tiene que cargar el que viene después; la inocencia es la gracia terrible otorgada al primero que llega, al primero que ejecuta, simplemente, los gestos del cine”. No es ningún pecado o alguna cosa terrible y sin remedio no haber estado en el lugar apropiado y en el tiempo exacto, hay que hacerse cargo de esa distancia, no suprimirla con un Volver al futuro neo costumbrista, simpático e imposible como el film de Robert Zemeckis; y no alcanza con las secuencias de García Bernal en skateboard por las calles de Santiago, ni siquiera como guiño cinéfilo.
Entonces, tal vez Larraín podría ser o no el primero en arribar a ese lugar; podría, de alguna u otra manera, contar con la inocencia o hacerse cargo de esa distancia, pero esto no significa, necesariamente, inventar un héroe inimaginable que no le deba nada al cine norteamericano clásico, lo más lejos posible de Caballero sin espada, de Frank Capra, por ejemplo, y guarde más que un cierto parangón con los arquetipos que Hollywood explota año tras año como salvadores de este (su) mundo, lo más cerca posible de cualquier estreno olvidable de los jueves, por ejemplo un actor que nunca deviene en personaje porque parece anclado en aquella figura sacro terrena de Diarios de motocicleta de Walter Salles, que pone el rostro más que el cuerpo porque la preocupación pasa aquí en sugerir cómo se pasa de un estado de relativa comodidad a un estado de incertidumbre más que en mostrar de qué manera se toma conciencia de ello a través de un accionar, un rostro que ocupa casi todo el film —salvo en las escenas que transcurren en el gabinete de Pinochet y en las del atalaya publicitario del Sí, porque hubiera sido algo insoportable que también estuviera allí— anulando las distancias entre otros seres, las cosas, y los lugares, convirtiendo así el espacio cinematográfico en una suerte de spot publicitario del bueno de Gael al mejor estilo de lo que él mismo hace con la campaña del No y, finalmente, en forma conclusiva, el primer plano del publicista que hizo posible lo que parecía un milagro, como para que no queden dudas de quién ha sido, efectivamente y más allá de ciertas concesiones a la memoria y el horror, el artífice de la victoria de la felicidad. Porque si bien es cierto que algunas voces disienten con la estrategia tipo publicidad de Coca Cola y “We Are the World”, que entrevemos algo de la represión física y simbólica, algo de la mentalidad de los que hicieron posible “el milagro chileno”, algo de lo difícil y lo horroroso que significaba vivir en esa parte del mundo que todavía guarda cicatrices del pasado, esos algo no alcanzan para apartar al film de Maquiavelo y su frase quizá más famosa, ni para no emular, quizá, la publicidad dentro del film con el film en sí mismo. La alegría puede venir, ciertamente, y estamos todos contentos porque sabemos que algo, si no casi todo, se resuelve con una pizca de ingenio, un poco de buenos modales, y un tanto más de astucia; acaso en la política como en la manera de disponer estas cosas en un film.
Esta entrada fue publicada en Bafici 2013, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s