26/3: MI AMIGO IVAN LAPSHIN de Aleksei German

La primera función de “Fresco de provincias” es una película del director ruso Aleksei German, fallecido hace algunas semanas, y un hombre demasiado talentoso para permanecer oculto.

Mi amigo Ivan Lapshin de Aleksei German (Unión Soviética, 1986, 100′)

Ivan Lapshin

Me sorprendió hace algunas semanas la noticia de la muerte del ruso Aleksei German, a los 74 años. German perteneció a lo que la historia del cine suele ubicar como “Nueva Ola de Cine Soviético”, una generación que empezó a filmar a principios de los sesenta y que incluye a gente como Andrei Tarkovski y Kira Muratova. Tarkovski es el que mejor conocemos, mientras que Muratova y muy especialmente German son todavía cineastas secretos y muy poco vistos. No estoy exento de dicha ignorancia y no había visto ninguna de las películas de German hasta que Ramiro Sonzini decidió programar una para este ciclo. La conclusión a la que llegué, ahora que la vi, es la siguiente: basta tomar un plano al azar de Mi amigo Ivan Lapshin para reconocer el enorme talento de su director. Basada en un grupo de cuentos de su padre Yuri, la película (que German tuvo escrita en 1969 pero que recién terminó de filmar en 1982) transcurre en 1937 en un pequeño poblado de Rusia. La peculiar relación que mantiene con el pasado podría cifrarse en una característica que la distingue de otras películas históricas más convencionales: Mi amigo Ivan Lapshin no está atravesada de una manera evidente por eso que suele denominarse hitos, lo que la preocupa es convocar una atmósfera. German tampoco hace de la vuelta al pasado un programa en el que toda cuestión afectiva entre los personajes deba convertirse en pasto para el revisionismo. Digamos entonces que Mi amigo Ivan Lapshin no es exactamente un “film histórico”. Su forma es más bien la de un puñado de anécdotas conectadas menos por la causalidad narrativa que por la capacidad del cine para dar densidad a los espacios y los tiempos aparentemente vacíos entre los acontecimientos. Esta es la clave de su singular fluidez (que por momentos nos pierde) y un efecto embriagador de su fina coreografía. El protagonista es el jefe de la policía local mientras que a su alrededor desfila un fresco de personajes que varía en su cantidad y en sus cualidades, pero en el que se conserva la sensación de un espacio multitudinario y fuertemente atravesado por las relaciones comunitarias. Mediante largas escenas y un sentido sumamente virtuoso del espacio, German nos pasea por el pueblo, viaja en moto, abre y cierra puertas y ventanas. Y uno en todo caso diría que lo que obtiene mientras da vueltas se parece a la sospecha de que la convivencia en departamentos compartidos, las aventuras artísticas, la falta de lugar, la policía, los himnos obreros y la propaganda estalinista son rasgos inseparables de un mismo y único mundo por el que ya se entrevera el desánimo. Martín Álvarez
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