Claire Denis (6): Una mujer en África (White material) (III)

Volver

por Fernando Pujato

Sentir que es un soplo la vida/que veinte años no es nada/que febril la mirada… Aquella niña de Chocolate, hija de un gobernador colonial, en aquella África de ensueño, ha crecido, ahora dirige -”si no sos dueño es pura palabrería”- una plantación de café en un país en guerra; un anacronismo. Aquél mayordomo negro, amigo y protector, tironeado por su pertenencia de origen y sus deberes cotidianos, también ha crecido, ahora es el líder simbólico de una revuelta en un país en guerra; un designio.
Y un legado colonial. Encarnado no como aquél corpus de legionarios cuyo asentamiento provisorio era la condición necesaria para no involucrarse en el plano en el que se cruzan con los nativos del lugar, sino en una familia cuyo leitmotiv está repartido entre la pertenencia efectiva de haber nacido allí y el sueño imposible de pertenecer sólo por vivir allí. La ceguera de Marie no es precisamente la de una Francia que se retira porque ya no hay nada -nunca hubo- que hacer en esa tierra arrasada, ni la de André que parece ser el único en avizorar un final anticipado, ni la de Manuel que se suma a los rebeldes hastiado de su condición de hijo blanco, ni la de Pierre que ha dejado de ser un intruso para convertirse en un testigo. Es la porfía de Denis por no abandonar un continente sobre el que aún tiene cosas por mostrar, por no dejar esos cuerpos, todos los cuerpos de su cine, anclados en un pasado que nunca parece serlo, por seguir armando el puzzle asimétrico, agónico y antitético que sobrevuela un orden relacional metropolitano, un caos devastador poblacional. Una postura ética irrenunciable. Una caricia estética abrasadora. Una lenta agonía.

White material 5

Esto es lo que hay en esa estremecedora panorámica de la finca humeante custodiada por soldados mientras dentro se asfixian los restos civiles del otrora Imperio colonial, en esos planos cerrados de un ejército de jóvenes y niños desandando la selva, matando indiscriminadamente, asesinados silenciosamente, en los rostros y posturas desafiantes de hombres y mujeres atrapados en un conflicto no tanto ajeno como irresoluble, escapando en bicicletas y en motos, muriendo impiadosamente, en ese cuerpo tatuado, blanco, intocado, torturado por los arbustos, vejado por los otros, vencido por sí mismo, en el tránsito arrollador de Huppert por cuya figura toda pasa no sólo el film sino la historia toda (la de Denis, la de Francia, la del Africa), un legado en desuso, un presente terminado, un horizonte de muerte, vociferando contra “esos sucios blancos”, colgada de un camión repleto de otredades, ejecutando al pater agonizante, bañada en sangre en un plano a lo Trouble every day. La sombra de un horror.
Con excepción, tal vez, de la afabilidad comunitaria de 35 tragos de ron y, quizá, de la puntillosidad guerrera de Bella tarea, hay aquí una correspondencia casi exacta entre una situación y una imagen, entre un gesto o una actitud y un plano, lo que no significa convertir al film en un ejercicio academicista o en una impecabilidad estética o en una puesta sin aristas. La fragmentación narrativa, las secuencias que se cruzan temporalmente, y los intersticios por los que se cuelan recuerdos personales y relaciones no del todo explicitadas, son suficientes para alejar al film de cualquier pretensión conclusiva. Son su condición.
Vivir con el alma aferrada/a un dulce recuerdo/que hoy lloro otra vez. Así finaliza Volver, el tango que, probablemente, Denis nunca ha escuchado. Pero Una mujer en África culmina con el plano fijo de un joven rebelde, casi un adolescente, que entre sorprendido y asustado mira a su alrededor como no creyendo ser el único que se ha salvado del feroz exterminio de sus compañeros, sale del cuadro y la cámara congela, por unos instantes, ese paisaje inconfundible de una tierra revisitada que, hoy más que nunca, parece no pertenecerle a nadie pero que, hoy tanto como siempre, es un lugar de pertenencia. Tal vez continúe.
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