Claire Denis (4): Bella tarea

Lejos de la Bastilla

por Fernando Pujato

¿Cómo filmar un anacronismo sin caer en la trampa de un simple revisionismo de por sí anacrónico? ¿De qué otra manera que no sea la habitual proyección heroica, o la cruda denuncia poscolonial, retratar la Legión Extranjera Francesa, retratarla a través de sus cuerpos? Pues bien, allí está el cine de Claire Denis. Allí está Bella tareaMas allá de los trajes de fajina colgados en su armario (al decir de Quintín), o de su férrea imagen femenina, que recuerda un tanto a la heroína de Terminator, Denis es, sobre todo y en primer lugar, una gran realizadora, una auténtica autora en el sentido barthesiano del término.
Sería ocioso y un tanto temerario repasar algunos de sus films, en los cuales encontramos, por doquier, las huellas de una idea integral de la puesta en escena, una manera particular de encuadrar los planos, como si cada uno de éstos encerrara, de por sí, gran parte del microcosmos que prefigura su obra. Por otra parte, Adrian Martin en su excelente “Ticket to ride”, ha dado cuenta de esto, y también, de aquél que pareciera ser el signo distintivo del cine de Denis: los cuerpos, su relación asimétrica en la configuración colonial y su comunidad “hospitalaria” en las grandes urbes, su fronteriza materialidad geográfica y su invasora incomodidad privada, el deseo como transgresión cultural y como mero impulso vital. Un cine de entre-cuerpos, de coordenadas poéticas tangencialmente expositivas. En fin, poco queda por decir, o por decir algo distinto,  con respecto a esto.
Tal vez Bella tarea sea el film donde la visión de los cuerpos sea más notoria, lo que no quiere decir más trabajada visualmente, pero hay aquí una impronta de choque corporal, y no sólo literalmente,  que parece un tanto menos difuminada que en sus otras películas.Y si bien es cierto que en Chocolate y El Intruso el registro corporal da cuenta de las asimetrías coloniales y del collage postcolonial, de la culpa erotizada y la búsqueda de un sustituto salvífico para una vida cuyo horizonte es una muerte ya figurada, no es menos cierto que en Bella tarea algunos de estos temas se hallan encapsulados en un orden distintivo.

Beau travail

Acá los primeros planos están dando cuenta de esa ¿fantasía? ideada por Lavant acerca de un triángulo perverso que es preciso romper, el porfiado ascetismo guerrero, el incrédulo distanciamiento y la furiosa inocencia iniciática, pintados en los rostros del sargento, el comandante, y el recluta, son las coordenadas que Denis privilegia a lo largo de todo el film. Pero éstas se hallan enmarcadas por la visualización de un corpus que las excede: la Legión como tal, retratada coreográficamente en su diario entrenamiento y en su puntilloso orden minimalista, fijada a un entorno geográfico que no parece posible ni deseable modificar, los cuerpos semidesnudos o impecablemente vestidos son, deben ser, la perfecta expresión del ideal metropolitano de nítidas e inmodificables fronteras culturales y sociales. Es en este punto donde Bella tarea se distingue, no tanto pero no tan poco, del resto de la filmografía de Denis, no es la cercana distancia de Chocolate, la mixtura de El Intruso, y ni siquiera la perversidad nocturna de No tengo sueño – por no mencionar el deseo aburguesado de su fallida Viernes por la noche. Acá lo que hay es un círculo inmodificable y un abismo infranqueable. Porque la única manera de acabar con el incipiente desgarro de las jerarquías institucionales, a la vez que poseer aquello que no se tiene por tener lo que no se posee, es eliminar, literalmente, al otro. Y porque la manera de separarse tajantemente del otro, no la única pero sí la que informaba la Francia colonialista, era el establecimiento directo de un gobierno del cual los nativos sólo podían participar prostituyéndose, en cualquiera de las acepciones que le demos a esta palabra.
Allí está la danza entre el sargento y el recluta, la confesión escritural, el previsible final y el “retorno al país natal”, el revés irónico de Aimé Cesaire. Allí está también, la magnífica secuencia de los legionarios trabajando en el camino y los nativos pasando a su lado en un vehículo, otra ironía de dos mundos que sólo atinan a mirarse porque saben que no pueden ni tan siquiera deben tocarse. Y el absurdo. La patética imagen del orden civilizatorio exportado por la Francia colonialista en la figura de ese grupo de legionarios cuyo horizonte moral y ético, pretendidamente espartano, no podía ser otro que la flagrante contradicción, expresada en y a través de sus cuerpos, de un discurso universalista y la heterogénea condición localista de sus integrantes.
Como en ningún otro film de Denis, su posición política con respecto al fenómeno colonial se halla claramente expresada en Bella tarea; poco importa si ésta se presenta mediatizada corporalmente, expuesta simbólicamente, o elusivamente contrastada. La visibilidad formal y temática de una preocupación que persigue a Denis, o que ella persigue tozudamente desde Chocolate al menos, encuentra aquí una cegadora claridad. Con ese estilo tan distintivo de filmar, una suerte de artificiosa naturalidad que anula las distancias a la vez que anuncia su radical ficcionalidad, y esa particular manera de insertar la nostalgia de un discurso que encapsula todo un universo mental, el film de Denis es una denuncia tan onírica como real, tan abarcativa como referencial.
¿Cómo filmar la constricción de los cuerpos individuales trasvasados por una institución ferozmente constrictiva? ¿Es posible filmar el paralelismo asimétrico entre la agónica liberación de un cuerpo individual y el previsible agotamiento de un (otro) cuerpo social  falazmente estructurado? ¿Se puede mostrar todo esto en el delirio frenético de un baile especular, en la última escena de un film? Pues bien, aquí está el cine de Claire Denis. Aquí está Bella tarea.
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