Claire Denis (3): Una mujer en África (White material)

por Adrian Martin

[English version here]
Las películas de Claire Denis aspiran a una pureza cristalina. Aún imbuidas de un contenido de inestabilidad social y política –guerra, asesinato, tensión racial, desempleo, refugiados, familias en crisis- dan la sensación de haberse desprendido, en el curso de su elaboración, de cualquier ‘mensaje’ que puedan haber pretendido al principio. Lo que queda al final es un críptico, complejo diagrama de cuerpos y deseos, entornos y paisajes, confrontaciones y evasivas, cosas que se dicen y cosas que se callan. En sus mejores trabajos (Bella tarea, Vendredi soir, 35 tragos de ron), el cine de Denis convence con su pureza esquelética, haciendo señas a los espectadores para que entren a la obra y llenen los vacíos con su propia imaginación. Cuando no lo consigue (como en Nenette y Boni) sus películas pueden lucir estiradas y forzadas.
Una mujer en África es un melodrama político, uno extremadamente físico y al mismo tiempo completamente abstracto. En su primer trabajo con la novelista Marie N’Diaye en lugar de su usual colaborador de guión Jean-Pol Fargeau, Denis, deliberadamente, hace que nos sea imposible situar el año exacto en que la acción ocurre, e incluso la precisa locación en África. La situación, esbozada tan vívidamente –rebeldes contra la milicia, una cotidianeidad de ciudadanos huyendo por sus vidas y muchas veces capturados en la línea de fuego-, pareciera una amalgama de diversos momentos de la historia contemporánea: Ruanda, Angola, Indonesia. El conflicto es, por usar una palabra de la que se abusa mucho, universal; Denis aspira a un nivel de metáfora general, pero siempre a través de detalles muy precisos y concretos. Es cuidadosa, también, de no tomar partido, por lo menos no en el nivel más obvio de la dramatización; sólo en fugaces momentos como en la toma final (en que un soldado esconde la boina roja que funciona como símbolo en memoria del líder rebelde conocido como ‘El Boxeador’) sentimos cierta simpatía natural por el levantamiento de los rebeldes.
Por supuesto, África tiene un significado especial para Denis, tal como anunciaba su film debut Chocolate (1988), arrancado de la experiencia autobiográfica. La cultura del continente y sus mutaciones transnacionales constituyen una referencia precisa y constante de su trabajo. En Una mujer en África, como siempre, Denis adopta un ángulo oblicuo en lugar de uno frontal; verdaderamente inserta lo ‘post’ en lo post-colonial, donde la escena primaria del encuentro y del trauma colonial nunca le resulta tan intrigante como las réplicas a menudo sutiles de una esfumante expansión imperial. Por ello, aquí, la historia –y sin duda el juego de poder de blancos dominando a negros– está virtualmente terminada tan pronto como comienza, el ‘material blanco’ (el título original refiere a un encendedor de cigarrillos) está hecho trizas: vemos primero a Maria (Isabelle Huppert) sola en una carretera, despojada ya de cualquier aura colonial que pueda haber poseído otrora, y desde ese punto la acción (llamémosle así) es una desoladora cuenta regresiva del cuerpo hasta la devastación total. Sin embargo, la representación de la violencia es moderada, no espectacular, casi bressoniana; no hay derramamientos repentinos de sangre, si bien poco a poco se filtra por las ropas, o es regada con indiferencia entre los niños.

White material 2

Maria puede parecer una pariente distante de Bette Davis en cualquier melodrama de los 30 o de los 40, o la heroína de la clásica novela de Doris Lessing The grass is singing (1950), la cual Huppert pretendía originalmente que adaptara Denis (la filmó Michael Raeburn en 1981, con Karen Black). Una mujer en África se concentra en la determinación y la perseverancia de Maria, pero está muy lejos de hacerlo de una manera romántica: su obstinada terquedad, y su ceguera hacia la situación social que la rodea –por no mencionar sus horribles efectos en cada persona que tiene cerca– crean una burbuja alrededor de este personaje, y en lugar de empatizar con ella, somos invitados a tomar una distancia crítica.
Curiosamente, el último tono de la pieza, por lo menos en un plano intelectual, está más cerca de la tan ridiculizada Mandingo de Richard Fleischer (1975) que de la mayoría de los melodramas centrados en mujeres valientes: en un diagrama típico de Denis, vemos todas las figuras batirse en torno y dentro de las contradicciones de sus posiciones sociales y personales. Un personaje emblemático, en este sentido, es el suegro de Maria (Michel Subor) quien, mientras representa al patriarca imperial ocupando el espacio de una tierra extranjera, es una presencia singularmente pasiva, incluso benigna (a la que vemos frecuentemente semidesnuda), que habla de África como el único hogar verdadero que ha conocido –en efecto, todas las referencias a Francia en el film la conjuran como algo fantasmal, inimaginable, un punto de origen perdido para esos ‘materiales blancos’.
Al final, Denis presenta una ‘historia de violencia’ que tiene más en común con El señor de las moscas (la novela o los films) o con la paroxísmica La vie nouvelle (2002) de Philippe Grandrieux, que con cualquier melodrama hollywoodense del pasado o del presente: la violencia es una fuerza deshumanizante, contagiosa, que arrastra a todo el mundo a su demencia psicótica, especialmente al conflictuado joven Manuel (Nicolas Duvauchelle encarnando un personaje que en los 90 Denis le hubiera dado a Grégoire Colin). En el centro simbólico de este remolino está la fascinante, por lo general silenciosa, largamente inactiva, meláncolica figura del Boxeador (Isaach de Bankolé), quien –como Ben Gazzara en uno de los films favoritos de Denis, El asesinato de un corredor de apuestas chino de John Cassavetes– parece un hombre virtualmente muerto; desde el primer momento que lo avistamos, su vida se está agotando. Está en el proceso de pasar al reino del mito, como muere un Johnny Depp herido de manera parecida en Dead man de Jim Jarmusch.

White material (Duvauchelle)

Una mujer en África es un esfuerzo confiado de sí mismo pero no satisfecho del todo por parte de Denis. Uno siente una tensión entre su status de vehículo estelar –aun en el caso de una actriz tan inteligente artísticamente como Huppert, que está soberbia– y el habitual ensamble de impulsos de la directora. Los pasajes en que la trama se aleja de Maria (como la escena del maltrato a Manuel a manos de dos niños), quebrando su punto de vista narrativo, están entre los mejores del film; el alivio de Denis al poder colocar sus exploraciones usales fuera de la pista lineal de la historia es palpable. Sin embargo, esas divagaciones nunca entretejen el nivel de polifonía (en la imagen y en el sonido) que –como en sus puntos más álgidos (por ejemplo, Bella tarea)– la aproximan artísticamente a Terrence Malick; el modelo pleno que podría haber emergido de un tratamiento más libre se siente disminuido, truncado. Una de las primeras escenas es demostrativa tanto de lo que promete, como de los problemas inherentes al proyecto: Maria sobre una motocicleta es una imagen que se une a una larga línea de imágenes movimiento en la obra de Denis, pero la descripción del regocijo del personaje (las manos abiertas en el aire, el viento sobre su cara) tiende a un cliché muy agotado.
Si bien Una mujer en África alcanza el fluido ensoñador, líquido, que es la marca de fábrica de la directora –capaz de convencer a los más puristas de la claridad narrativa de seguir la corriente e ignorar las demarcaciones estrictas entre pasado y presente, realidad y fantasía- su estructura no es ni la mitad de atractiva que, digamos, la de su film de 2004 El intruso, a donde (como podría decirlo Raúl Ruiz) las imágenes crean la narrativa, más que viceversa. Denis emplea la casual, incluso brutal forma de exposición que mejor se le adapta: la información crucial es transmitida al vuelo, en detalles entrevistos (los kits de supervivencia sembrados en el suelo luego de que pasa un helicóptero), o las inserciones misteriosamente breves, sin sustento, de comentarios en voice-over (como cuando dos lugareños no identificados discuten sobre la población blanca).
Sin embargo, como en todos sus films, Una mujer en África retribuye las revisiones, y crece con ellas. No sólo las piezas más oscuras o informales de la trama cobran más sentido una segunda o tercera vez, sino que el ya espeso clima se profundiza y se expande. Denis es una maestra del ritmo –aquí un latido oceánico, lento, notablemente sostenido a lo largo del film– y de la fusión de música e imagen. La banda de sonido de Tindersticks, sus frecuentes colaboradores, tiene reminiscencias de la música de Nick Cave y Warren Ellis para el salvaje western australiano The proposition: violín, armonio y punteos de cuerdas persiguen una hipnótica, cíclica sucesión de acordes. Tanto en su estructura global como en sus detalles incidentales, Una mujer en África combina la visión de una sociedad en desorden, deshilachándose en cada una de sus costuras. En el África de Denis de verdad no hay lugar como casa.
Una mujer en África se exhibe en el Cineclub Municipal este Domingo a las 23 hs., dentro de un foco en 35mm dedicado a Claire Denis.

Traducción: Martín Alvarez.

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