Claire Denis (2): 35 tragos de ron

La cámararoce

por Fernando Pujato

¿Qué caricia vale el abrazo?
Víctor Segalen, Poética.
Los autos y el encuentro amoroso de la burguesía blanca parisina en Viernes por la noche han sido reemplazados por trenes, una historia de amor filial y otra -un tanto menos freudiana y previsible- entre una generación que parece estar tan alejada del contexto colonial de Chocolate y Bella tarea, como del collage multicultural de Yo no tengo sueño y El intruso.
Aunque no tanto como para que Claire Denis introduzca un par de apostillas sobre la deuda africana a los organismos multinacionales, Franz Fanon, su poca lectura y su vigencia imperecedera, y una protesta callejera contra el cierre de la escuela de antropología; “dicen que no sirve para nada” comenta un estudiante de esa carrera, ¿un toque de denuncia gremial? Tal vez, la misma Denis imparte un curso de antropología en Niza, pero en realidad lo que está queriendo decir, haciéndolo decir, es que ella ha utilizado esta disciplina, esta “fría pasión”, esta herencia cultural del siglo XIX, para construir una obra que da cuenta de las asimetrías generadas por el fenómeno colonial, el choque intra e intercultural, la épica viajera de la Europa civilizatoria, el deseo burgués de poseer a un otro social, y la tensa problemática acerca de las relaciones filiatorias y cosanguíneas.

35 rhums 3

Todos estos tropos tan familiares al quehacer antropológico han pasado en el cine de Denis por un registro puntilloso, genérico, y casi obsesivo, de los cuerpos, de todo aquello que se puede mostrar, de todo lo que no se puede mostrar, por medio, a través y en contra de ellos, y sólo alguien que persigue esta problemática desde su primer film, que ha tenido un estrecho contacto con los (sus) sujetos portadores de aquello que se persigue, y que además es talentosa e imaginativa cinematográficamente, puede delimitar la precaria, imprecisa y siempre desconcertante frontera, entre el amor y el incesto, entre el rechazo y la aceptación. El triángulo afectivo entre un padre, una hija y un pretendiente, que pivotea todo el relato de 35 tragos de ron, está construído, dibujado fílmicamente, a través de las relaciones corporales que estos tres personajes-vértice mantienen entre sí. Ya no el flagelo antinómico, el frenesí migratorio, la hospitalidad intrusiva, el choque corpóreo, y ni siquiera el delirio vampiresco de género, el último film de la directora más etnográfica de la actualidad (y habría que incluir aquí a Rolf de Heer, aunque con una impronta menos conradiana y un tanto más malinowskiana) es una coreografía intercorporal, una danza geométrica intracorporal.
Todo lo demás que pueda ser 35 tragos de ron, un mundo -¿una tribu?- cerrado sobre sí mismo, una visita no guiada por los suburbios parisinos, un previsible suicidio, una postal teutónica, un duelo objetual, un brindis misterioso, es todo lo que envuelve, circunda, sobrevuela, el candor poético del film más temerario y amable corporalmente de Claire Denis. O cómo filmar el hálito de una caricia.
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