Desde aquel sur (Tres films italianos hoy)

por Fernando Pujato

Siempre ha sido un tanto problemático vivir en el sur. No sólo en éste al que, de alguna u otra manera, estamos habituados, sino también en aquellas latitudes que se piensan más cerca de la modernidad o incluso un tanto más allá, vaya a saber dónde y, sobre todo, de qué manera. Y es problemático filmarlo también, aunque hay algunos empeñados por estos días, como David Gordon Green en los márgenes de la Industria pero industria al fin, en hacernos ver que las cosas no sólo no han cambiado espectacularmente sino que parecen haberse detenido en alguna estación de la marcha hacia esa un tanto esquiva, un tanto falaz y, como no podía ser de otra manera, decimonónica idea llamada progreso. ¿Y qué ocurre al otro lado del Atlántico, en esa cinematografía que implosionó en el siglo pasado, a la cual Jean-Luc Godard le dedica quizá la parte más conmovedora de Historias(s) del cine? Al parecer hay correspondencia fílmica desde aquel otro sur.
Cualquiera que haya estado en Nápoles, u oído de ella, o tenga un poco de imaginación sabe que la panorámica que inicia y culmina Viento de Tierra, ese lugar que fue el Reino de las dos Sicilias hasta el siglo XIX, es hoy una de las zonas más pobres, marginales y conflictivas de la península, olvidada por todos los gobiernos y sometida, como no podía ser de otra manera, al milagro berlusconiano de las últimas décadas. No en vano el último plano se abre hacia esa ciudad luego de la toma de Vincenzo mirando el documento que dice, precisamente, República de Italia, un círculo que se cierra frente a una realidad que ha cambiado, sino tan visiblemente, al menos sí profundamente. Ése el mundo que Marra filma, aquél que sospechamos no uniforme, con gente que ha perdido su precario empleo, o su empleo sin más, que busca desesperadamente uno, que migra para encontrarlo, que delinque al no encontrarlo. Un retrato acerca de un estado social a través de sus individualidades públicas y un correlato entre puntuales espacios interiores y exteriores que dan cuenta, al mismo tiempo, de la soledad personal y la compañía social. No es otra cosa lo que vemos cuando Vincenzo, en Milán, cruza una desierta cancha de fútbol para dirigirse a un departamento también desierto, o el desfile de botas en el patio y el sicótico ir y venir por las escaleras durante la instrucción, lo que a Kubrick en Nacido para matar le llevó media película -pero allí los “cobardes” se suicidan-, Marra lo logra en un par de escenas que dan cuenta realmente de la vejación y la angustia lacerante de ser tratado como alguien que no merece el menor trato, un no-otro, el mismo que pide un préstamo dentro de un banco y, acto seguido, está sentado en el banco de una plaza donde un gesto, casi imperceptible, nos informa que no se lo han otorgado, no es otra cosa también la escena donde la hermana le relata, en la cocina, el incidente con el tío por lo que Vincenzo sale de la casa descargando su ira en esos ¿por qués? que no encuentran ninguna respuesta porque acaso aquellos sobrepasan infinitamente a éstas. A cada escena interior le corresponde una exterior y viceversa, el dentro y el afuera, el arriba y el abajo, dando cuenta de las asimetrías societarias y sociales, una vista de la soledades y de las compañías, de las ilusiones y de los desencantos, del egoísmo y de la solidaridad. Acaso un film ¿neo-estructuralista? ¿neo-neorrelista? Probablemente no un documental ficcional ni una ficción documentalizada, seguramente un film político, inevitablemente un film con sensibilidad, y tal vez por ello Marra apela a los afectos familiares y personales, quizás el último reducto de un sistema estructural y de un horizonte societario que presume en haber terminado de cerrar su círculo en torno al no future -pero para algunos, claro está. Aunque para esos algunos los círculos podrían ser sólo una figura geométrica más.
Vento di terra

Viento de tierra

Donde no hay círculos, ni dirección posible, ni relato estructurado y, ni tan siquiera, la búsqueda de un ítem aglutinante para salvaguardar una situación que excede cualquier posibilidad de alterar aquello que se ha puesto en marcha, irremediable y trágicamente, es en El embalsamador de Matteo Garrone, aquél director que puso en escena, con Gomorra, la versión mundana, prosaica, y exenta de cualquier atisbo de romanticismo de la mafia napolitana. Aquí sólo hay un par de escenas de ella, el reclamo de esas deudas que nunca pueden ser saldadas, el encargo de esos trabajos que siempre deben ser terminados, la sensación de que su alcance parecer ser ilimitado, pero el film va para otro lado, centrado en un personaje que recuerda un tanto al de El amigo de la familia, de Sorrentino, por su aura excéntrica y un tanto trágica, por su absoluta y no deseada soledad, porque persigue obstinadamente aquello que desea. Sólo que aquello que desea no es dinero, o mejor, el poder que puede detentar por medio de él aun sabiendo que no todo se puede comprar, aquello que desea es no tanto ese cuerpo joven y esbelto que él no tiene, no tanto esa juventud por dilapidar, sino algo un tanto más sencillo y complicado de adquirir por fuera de la mundana materialidad de lo que sea, y se denomine como se denomine a ese deseo de sentir, genuinamente, que no se está solo en ese mundo de cadáveres por restaurar, un mundo de muerte que se pretende mostrar ilusoriamente, como si ésta existiera en otro lugar, en otro tiempo, en otro estado. El revés de ese mundo embalsamado, quieto, prolijo, ascético es, por supuesto, el espacio de una ciudad al borde del mar coronada por esos edificios amarillentos atestados de departamentos, por un viaje cercano a otra ciudad plana , chata, casi sin color, por el deambular nocturno en calles empedradas de gris, en bares de colores chillones, en hoteles baratos, en departamentos oscuros, y en un encuentro amoroso que promete ser algo más que eso, que liquida, definitivamente, el sueño mundano de Peppino, su apuesta por un amor correspondido. De allí en más el film se convierte en una huida no tanto desesperada pero sí en un intento por clausurar una insinuación que ya ha dejado de serlo, y en una persecución no tanto al borde del delirio como sí de frente a una muerte que podría ser, que será. Y de allí en más también, Garrone no sólo no cierra el registro como para conducir visualmente la asfixia de sus personajes, sino que mantiene a éstos en esa puesta que balancea la asfixia del adentro y la angustia del afuera, a la manera de Wenders en Tan extraño como el paraíso, las referencias de cualquier tipo que sean -si es que alguna vez existieron- se han perdido, ya no queda nada, ni tan siquiera resguardar aquello que alguna vez fue una fantasía o guarecer aquello que alguna vez fue una realidad. Ya no queda nada por embalsamar en ese mundo sin salida.
Que no es, seguramente, el que pone en escena Emanuele Crialese en Nuovomundo, un tanto más al sur, en las áridas montañas sicilianas, en esa panorámica satelital de dos diminutas figuras ascendiendo hacia una pregunta celestial y en ese registro un tanto más terreno de dos figuras consultando algo mucho más concreto, y las respuestas llegan, en forma de señales que se conectan por medio de esas figuras que, ahora, ya saben lo que se debe hacer: partir. Partir hacia esa America de promesas matrimoniales, de fotos trucadas con cebollas y zanahorias de tamaños desproporcionados, y con la certeza de que, después de todo, no ha de ser tan difícil encontrar a un hermano gemelo en la ciudad de New York, vendiendo lo poco que se tiene -y realmente se tiene muy poco-  a un pastor que resulta ser el cura del pueblo que guarda las ropas de los difuntos ilustres porque alguien, probablemente, las necesitará en algún futuro, en ese futuro que ha llegado para esos personajes que, ya sabemos, no esperaban nada de él, salvo poder instalar una fantasía, un ilusión, una vida diferente, una otra vida más allá de ese océano que se imagina como casi infinito, a una distancia difícil de imaginar, a un tiempo imposible de calcular. ¿Quién puede pensar todo esto en el centro de una tierra yerma, de roquedales milenarios, de cabras y ovejas y pies descalzos y casas de piedra? Tal vez, tan sólo, los desesperados. Aquellos que antes de abordar un barco pasan por absurdas preguntas y por requisas inexistentes, aquellos que en el medio de una marea humana intentan permanecer juntos, en ese plano general picado que pocas veces hemos visto en el cine, en esa confusión de dialectos, en ese encuentro por conveniencia y por amor, en ese registro que se cierra debajo de la cubierta y se abre un tanto cuando se pasea por ella. En ese llegada bajo la niebla y en esa requisa distinta, ascética, conclusiva, porque no todos pueden, ni deben, ingresar al sueño americano, no todos están en condiciones de hacerlo, no todos pueden completar los formularios y contestar las preguntas y culminar exitosamente los test, ni tan siquiera, no todos pueden leer y escribir, aunque sí conocer, por primera y quizá última vez, a la mujer o al hombre que se ha prometido para habitar, finalmente, esta tierra tan prometida. ¿Algunas de estas cosas las sabíamos? Puede ser, ¿algunas las imaginábamos? Puede ser también, seguramente hemos visto, aquí o allá, algo de todo esto, pero probablemente no en forma de comedia, esto que es, en definitiva, el film de Crialese. La comedia de ese Nuovo Mondo que nunca vemos realmente, o sí, en ese mar de leche donde nadan todos esos personajes que nunca son abandonados a un destino cruel, o abandonados sin más, en ese plano final que se aleja suavemente hasta que sólo vemos pequeñas figuras que parecen volar. Parecen, es sólo, y tanto como esto, el sueño de esta otra vida.
Programación del ciclo:
4/12 – El embalsamador de Matteo Garrone / 11/12 – Viento de tierra de Vincenzo Marra / 18/12 – Nuovomundo de Emanuele Crialese
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