Claire Denis (1): El intruso

Sobre El intruso

por Fernando Pujato

Diferir la muerte es también exhibirla, subrayarla.
Jean-Luc Nancy, El intruso.
El intruso se introduce introduciendo una intrusión. En la superficie del film de Denis, al igual que en la superficie del libro de Nancy, alguien es trasplantado del corazón y tanto en el film como en el libro no sabemos de dónde proviene ese órgano ni la enfermedad. Si esto fuera todo no habría más que decir que El intruso es una buena y libre adaptación de una obra escrita a la pantalla; pero así como en Nancy la anécdota (la suya propia) sirve de disparador para reflexionar acerca de algunos tópicos caros al pensamiento occidental -¿quién soy yo y quienes los otros? ¿Dónde comienza y termina “mi” vida? ¿Es mi vida o la vida de los otros a través de la mía?-  en Denis oficia de excusa para mostrar imágenes que si bien se emparentan con el libro lo exceden en cuanto a su alcance inmediato.
L'intrus 4
¿Quién es, quién oficia de intruso en El intruso? Ciertamente no el corazón que le trasplantan a Lois sino él mismo, alguien que no permite que nada ni nadie se le introduzca, que se mantiene ajeno, en el sentido pleno de la palabra, a todo lo que ocurre a su alrededor, pero que se inventa y se apropia una fantasía para justificar su existencia. Y tal vez  Lois no sea sólo Lois sino una idea civilizatoria que buscaba, en aquellos buenos tiempos imperiales que parecen haber pasado ya, un espejo donde mirarse, no sólo la justificación de su existencia como protagonista del Mundo sino la construcción de una imagen que pudiera dar cuenta de su intrusión en él. En este sentido la figura de Lois actúa como un ícono de un status civilizatorio y éste como basamento de su individualidad. En la soberbia puesta de Denis se puede ver claramente esta especie de movimiento pendular que va desde la exploración de los rostros y los cuerpos, los cotos cerrados de personas que parecen estar allí para subrayarnos la privacidad de lo privado y los planos secuencia y el atiborramiento figurativo de personas que también parecen estar allí para mostrarnos que las imágenes societarias todavía pueden ser filmadas.
Y creo también que todo esto sirve de marco (en el sentido de encuadrar, no de encerrar ni de agotar las instancias que rebasan “siempre” el cuadro) para un homenaje, un tanto nostálgico quizá, al sueño escapista y aventurero de los viajes del siglo XIX como paradigma de una modernidad que se redescubría en los encuentros con el otro exótico, que pudiera prolongar una vida que se insinuaba en extinción. ¿Qué hace Lois sino “inventarse” un hijo, tan exótico como extraño, para tratar de perpetuar su vida a través de él, un otro-él mismo?
Ver y pensar el film de Denis como un comentario social y político, como un tributo a un sueño exploratorio, como una condena al orden cultural cuasi ontológico de aquél viejo continente no significa convertir a El intruso en un pastiche posmoderno ni en una película que ya no puede ser filmada, sino situarla en un contexto que pareciera estar dominado por el sinsentido de la yuxtaposición de imágenes vacías de contenido, de aquel contenido real que Denis reclama para sí, para nosotros, algo que sólo requiere un poco de hospitalitè ante la ajenidad, algo que probablemente sea El intruso. Algo que seguramente es el cine.
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