YATASTO de Hermes Paralluelo (Reestreno)

A partir de hoy y durante los tres jueves que siguen reestrenamos la película cordobesa Yatasto.

Yatasto de Hermes Paralluelo (Argentina, 2011, 95′)

El espacio justo

por Fernando Pujato

Pantalla en negro, se escuchan unas voces, “Ricardo traé un encendedor… Ricardo traé un cartón seco…” y una chispa en la oscuridad total, un fuego primigenio va delineado unas siluetas. El comienzo de Yatasto no es sólo el amanecer de un nuevo día, de una nueva jornada en el carro para cirujear, para “cartonear”, es también, y principalmente, el inicio de un film diferente, tanto como aquellos que están dentro de él. Pero, ¿quiénes son aquellos? ¿Diferentes con respecto a qué? ¿Cuál es su singularidad?
En principio no hay aquí una otredad cultural, alguien que nos es totalmente ajeno, que proviene de otras coordenadas geográficas e históricas, un otro mundo. Estamos, simple pero no tan sencillamente, frente a personas que viven, literalmente, a sólo unas pocas cuadras de uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad, hablan el mismo idioma que hablamos todos, se visten más o menos de la misma manera (esto es: no llevan taparrabos, ni sarongs, ni extraños sombreros en la cabeza), habitan en casas y no en chozas o en cuevas y creen que para vivir se debe trabajar, cosa que para algunos puede ser un disparate aunque la gran mayoría piensa, afortunada o desafortunadamente, que esto es así. Sí, estamos en un lugar marginal pero no en una zona desconocida y todo aquél que quiera ver aquí una suerte de Slumdog millonaire o Jaguar cordobés -por poner dos ejemplos marcadamente antitéticos aunque tal vez necesarios- no debería ir a verla o, para hacerlo, al menos tendría que dejar de lado la repulsión estética que generalmente informa esa tan traída furia moral burguesa, o no buscar “desde el punto de vista del nativo” allí donde claramente no lo hay. Es tan sólo un nosotros, con todas sus complejidades, contradicciones, contrastes e irónicas vicisitudes que ello puede significar. Tanto como esto.

Que es también un desmarque y una reapropiación. En las antípodas de la sordidez o la vacuidad de algunas ficciones latinoamericanas, y de la complacencia y la politiquería barata de muchos documentales latinoamericanos, no hay aquí ningún regodeo en la miseria, las drogas, el alcohol o la nada contemplativa, y menos aún un rescate acerca de la sencillez y la solidaridad de las clases desposeídas, o la retórica panrevolucionaria o el populismo oficioso o la emergencia de los marginados desde siempre. No el mirar a través del film, sino mirar en él, instaurando a la imagen con un sentido dialogal, no direccionándola causativa o admonitoriamente. Y restituyendo al cine su alteridad, arrebatada y domesticada por la televisión, dada en espectáculo, leída frenéticamente, encadenada obscenamente. Ni cine de minorías ni televisión para las mayorías. Es en este doble desplazamiento donde reside lo distintivo del film de Paralluelo. Y en una precisión formal casi cegadora. Y en unos toques de humor, claro.
Lo cual no significa que estemos frente a una puesta hermética, asfixiante, o ante un neo-costumbrismo de provincias, un color local simpático y exportable. Significa más bien que somos espectadores no partícipes de una ficción edificada desde una inequívoca autoconciencia fílmica, que establece una distancia justa entre aquel que filma y aquel que es filmado y, por lo tanto, entre lo que se da a ver y los que ven. Esta no es una novedad formidable, un descubrimiento inusual, el inicio de un nuevo, distinto, tipo de cine, pero da una idea de la cuestión primaria que vehicula Yatasto, que va una tanto más allá de inventarle una historia, encontrarle una familia, o establecer una filiación; un genuino respeto al momento de construir una imagen, de otorgar una visibilidad, de exponer.
Que esto se logre apelando al fuera de campo, con planos fijos medios o generales, instalando la cámara en el carro, de frente a los personajes, estableciendo un vaivén expositivo entre el adentro y el afuera del barrio, que es más bien una extensión de éste y no una exploración de la ciudad cuyas calles vemos con profundidad de campo, y apoyándose en un personaje tan fantástico como real (el burlesco, el gag, un niño; la infancia del arte sigue allí) no es otra cosa que la soberbia puesta en escena de la exquisita sensibilidad de un mirar.
No es el nuevo cine cordobés. Es cine. Nada menos que esto.
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