28/11: LANCELOT DU LAC de Robert Bresson

Lancelot du Lac de Robert Bresson (Francia, 1974, 85′)

¿Fascinación por la extrañeza? ¿Exaltación de lo anacrónico? ¿Hospitalidad autoral? ¿Rabiosa cinefilia? En 2011, en la editorial de su Muestra de La Cumbre, Roger Koza se preguntaba: “¿Por qué lo medieval? La impronta en nuestra cultura (cinematográfica) pop es ostensible…”. El párrafo es más extenso pero se entiende lo que quiere decir. No tan curiosamente, el film es francés, quizá el único país donde el feudalismo fue un caso “modelo” -también Alemania y un tanto España pero esto ya es otra discusión-  y Japón, claro, pero allí ya estaba Mizoguchi y algo de Kurosawa para ponerlo en imágenes. Acá sólo vemos una parte bastante acotada de él, el estamento en el que se asentaba la fuerza terrenal de los monarcas, y sobre el que los cantares de gesta y las leyendas abrevaron más que secularmente, con una impronta ética y estética que llega hasta nuestros días aunque más no sea como un ideal, algo lejano e imposible de alcanzar, pero que parece seguir sobrevolando nuestro orden social, informando algunas conductas que se quisieran más cercanas en el tiempo, un producto de nuestras sociedades secularizadas, modernas, progresistas. El amor cortés, el honor, el sentido del deber y la amistad, no son nociones obsoletas, son constructos culturales que estructuraban una visión del mundo, que modelaban el sentir de los que vivían en él, y que, aunque más no sea por ausencia, siguen rondando en parte de nuestra cultura -y no sólo cinematográfica- unos cuantos siglos más tarde de que el capitalismo sepultara el Santo Grial, o al menos terminara con su búsqueda y con aquellos que lo buscaban.
Hay algo de esto último en el film de Bresson cuando Lancelot se desploma, literalmente, herido de muerte, en el centro de todas esas armaduras que fueron, ya no más, sus compañeros de aventuras, sus amigos. No en cuanto al triunfo de un sistema que aún tardaría un tanto en imponerse, sino a la derrota final de una idea de la caballería como algo impoluto, que obedecía a un designio más bien divino pero cuya presencia debía imponerse aquí, en la dura superficie de una tierra casi sin habitar, custodiando a unos monarcas que no vemos. ¿Y el campesinado? ¿Ese tercer orden sobre el que se asentaba el “modo de producción feudal”? Apenas una vista, una escena, cuando refugian a Lancelot para que cure sus heridas. Entonces, ¿qué vemos efectivamente? ¿Cuál es la singularidad de este Lancelot bressoniano, su marca irrepetible, su impronta fílmica? El sonido, por supuesto, la furia atávica de un torneo, lanzas que se quiebran, jinetes que se desploman, caballos que relinchan, que galopan, que arremeten, y unos pies montando suavemente, unas carpas azotadas por la tormenta, un conjuro, una traición. Y también el único espacio donde el sonido se aquieta, se repliega, se suspende, el establo donde se encuentran Lancelot y la reina Guniver, el único refugio posible para un amor imposible. Todo lo demás, todo lo que rodea esa atalaya simbólica, salvaguardada de la ambición, protegido del choque corporal, resguardada de la muerte, es la majestuosidad sonora, brutal, casi terrorífica, del final de una leyenda. Filmada para que la imaginemos. Fernando Pujato
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