Mar del Plata 2012 (3)

El carioca secreto

por Martín Alvarez

Vengo de ver Bleak night y Sleepless night, dos del foco de los jóvenes coreanos. Pero dado que esta es una crónica atrasada y encima hay un coreano que no me devuelve el saludo en los ascensores, no serán esas películas el motivo de esta entrada.
La semana pasada, hojeando el catálogo del festival, vi que daban la última de Julio Bressane. Me pareció un buen precalentamiento ver alguna de las películas de este director por quien tengo curiosidad hace un tiempo. Así que bajé y vi Filme de amor, de 2002, que resultó ser una película increíble.
Parece cada vez más cierto que todavía no conocemos el cine brasilero. Bressane, que nació en Río de Janeiro en 1946, pertenece al mismo grupo que Rogerio Sganzerla, es decir, el grupo de los cineastas a la sombra del elefante del cinema novo. Como Sganzerla -con quien fundó en 1970 la productora Belair- parece que Bressane también está loco. En Filme de amor, esta locura aparece en forma de una obsesión por la mezcla de sexo, literatura y la convivencia en departamentos alejados del centro. Tres personajes (dos chicas y un hombre) se encierran por un largo rato en un departamento a emborracharse, coger y citar y comentar literatura (generalmente antigua, según me pareció). Bressane, que me recordó un poco a Raúl Ruiz, puede que esté enunciando con este film una teoría sobre cómo literatura y sexo se alimentan mutuamente, lo que también la convierte en una interesante guía para amantes en busca de novedades. La película está liberada de cualquier lógica, y lejos de esclarecer la naturaleza de la relación entre sus tres personajes, progresa junto a la desorientación y el desvelo. (Tan solo llegué a intuir que más que una fiesta entre los tres parece ser que en el centro está una de las chicas, que coge con uno y otro, pero que entre estos dos no cogen.) Bressane pasa sin problema del color al blanco y negro (el último plano de la película se repite pero alternando cada una de esas opciones), e introduce citas a películas en la banda de sonido, las cuales, coherentemente con la rareza que me produjo el resto del film, no conseguí referenciar. Mi hipótesis es que el gran secreto de la película es el alcohol, que es el vehículo para esa sensación de alucinación creciente, de sonambulismo, de biografía ahuecada, pero también una vía para un humor hasta diría que dulce y una gracia y un lirismo de toque absurdo (todo un descubrimiento de Bressane en materia de tono). Y como si lo anterior fuera poco, los personajes de Filme de amor vuelan.

La última película de Bressane es Rua Aperana 52 y es una muy inusual autobiografía. Es, también, una película fascinante. Bressane empieza la película revisando fotos de su infancia y de sus padres (o eso supongo) mientras escucha la radio. Hay algo ya de por sí misterioso en esta primera instancia de las fotos, que me produjo la sensación de que a Bressane lo preocupa la idea de un tiempo fulminado en esas fotografías, a las que explora con su cámara como si fueran espacios con pleno derecho a integrar el orden tridimensional y el tiempo presente del mundo. Bressane se acerca y se aleja de ellas, las recorta, las analiza, se inquieta ante misteriosas figuras reveladas en los fondos, como si se preguntara si entre esas fotografías fijas y la cámara de cine no fuera posible una relación en que las primeras sirven como ventana de ingreso a un espacio y un tiempo esfumados por los que la cámara de cine permite pasear nuevamente. Luego, nos lanza en un largo recorrido por fragmentos de sus películas. Recién Naranjo escribió que como no sabía de a qué diablos apuntaban estas referencias, eso le jugó en contra a la hora de verla. Se equivoca Naranjo. Es que así como es difícil extraer una biografía tradicional, o atribuirle una dimensión “significativa”, referencial a este recorrido, más difícil resulta no rendirse ante la magia de las imágenes. Cada fragmento podría tranquilamente ser una película autónoma, así como cada pequeña palpitación, cada desplazamiento, cada ligera modificación del aire se percibe como un acontecimiento lleno de vida. Ante estos ejemplos de vitalidad cinematográfica no podía dejar de pensar en Bresson, Straub, Rohmer o Hellman, con quienes Bressane comparte el secreto para tocar el mundo con cada encuadre (puede que lo que llamamos “materialismo” en el cine provenga de esta cualidad táctil).
Pero hay algo más que un encantamiento cinematográfico en Rua Aperana. En su selección de fragmentos, Bressane insiste sobre dos espacios que viene filmando obsesivamente durante toda su carrera. El primero es una ruta apenas alejada de la ciudad, más precisamente una curva al pie de una sierra; el segundo un islote con forma de gigante acostado y sumergido parcialmente en el mar, que suele aparecer como fondo en muchas de sus películas. Sobre estos escenarios repetidos se suceden caminatas que golpean la cámara, musicales de Chico Buarque, diálogos en torno a la condición del artista, apariciones míticas, declamaciones de Cleopatra, reuniones en la playa. Cada una de estas intervenciones contagia humor, placer y alegría aunque uno no sepa de donde vienen ni para donde van. Incursiones en gran medida irreales y disparatadas, cabría suponer que no son más que excusas para un cine cuya verdadera motivación es filmar y habitar determinados espacios, película tras película. Pero también se podría pensar al revés: que la curva y el gigante de piedra no son más que excusas que provee el mundo para que exista el cine de Bressane. A mitad de camino entre ambas, lo que se pone de manifiesto es la cualidad alucinante del cine, aquella que al mismo tiempo que aprovecha la naturaleza y el paisaje como marco de sus ficciones, nos muestra una porción del mundo que da la impresión de existir sólo por obra y gracia de la cámara y de la pantalla.
Tras ver Rua Aperana estoy convencido de que hay que ver todas las películas de Bressane. Me acuerdo que el francés Pierre León proponía en una entrevista de Lumière que había que dejar de estrenar películas por diez años y ver qué pasaba luego. Una estrategia desesperada para salvar el cine, en que un período vacío de lanzamientos serviría para descubrir aquellas películas que verdaderamente importan. Muchas de esas películas no solo no las hemos visto sino que ni siquiera hemos oído hablar de ellas. Me gustaría pensar que no hace falta llegar a una utopía extrema como la de León para que todas las cinematecas y escuelas de cine del mundo (para empezar) programen la obra completa del brasilero Bressane. Lanzo ya mismo la propuesta.
Esta entrada fue publicada en Festivales/Muestras, Mar del Plata 2012, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Mar del Plata 2012 (3)

  1. Jorge H dijo:

    Espero que programen a este director para un ciclo de Cinéfilo el año próximo, ya que no todos hemos podido ir a Mar del Plata.

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