16/11: THIS IS NOT A FILM de Jafar Panahi

Ser cineasta

por Fernando Pujato

Si podemos contarlo, ¿por qué no podemos rodarlo?
Jafar Panahi

El cineasta iraní Jafar Panahi se encuentra bajo arresto domiciliario en espera de que el Tribunal Supremo de Irán confirme una sentencia de seis años de prisión, prohibición de filmar durante veinte años, prohibición de salir del país durante veinte años, prohibición de conceder entrevistas durante veinte años, seguramente prohibición de algo más, el delito que se le imputa es “actuar contra la seguridad nacional y hacer propaganda contra el régimen”. Suficiente con esto, aunque algunos políticos de ésta y otra parte del mundo y sus seguidores adhieran al régimen de Mahmud Ahmadineyad y todos esos discursos vacíos acerca de la autonomía de tal o cual decisión política de tal o cual país. Ya hemos visto, al menos, El último bolchevique, de Crhis Marker, y La felicidad, de Alexander Medvedkin, es suficiente con ésto. Porque no es esa omnívora, confusa, y un tanto cómoda entidad denominada Orientalismo la que está detrás de esta prohibición. Hasta el advenimiento del nuevo régimen, Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf, Rafi Pitts, Mohammad Rassoulof (a quien se le ha levantado la restricción) y varios más que no conocemos aún filmaban en Irán -ya no más- como el documentalista que Panahi llama por teléfono y que filma la mayor parte de esto que no debería ser un film pero que resulta un documento tan conmovedor como el que pone en escena Pedro Costa sobre el matrimonio Huillet-Straub en ¿Dónde yace tu sonrisa escondida?, sólo que en este caso se trabaja con un material no filmado, con el último guión de aquél último film que Panahi no puede filmar pero que adivinamos a través de toda esa puesta en escena sobre la alfombra de una amplia habitación que deviene en un pequeño dormitorio cercado por cintas amarillas que hacen las veces de escalera y de puerta de acceso, de un almohadón que se convierte en una cama, de una silla semejando una ventana que mira hacia una callejuela donde está parado un joven del cual la chica que no puede viajar a Teherán para estudiar porque sus padres se lo prohíben termina por enamorarse, o algo por el estilo, piensa en suicidarse, se rapa la cabeza, conversa con su hermana que nunca vemos a través  de una puerta cerrada, y el plano desde la ventana dura tantos segundos, y cuando la chica rompe el teléfono la cámara debe estar en tal posición, al igual que la toma de las sogas preparadas para el supuesto suicidio debe descender desde éstas hacia la silla y ¿acaso esto no es un film? ¿No lo es cuando Panahi muestra en su televisor una escena de El espejo y una de Sangre y oro hablando acerca de las actuaciones de los “no” actores y diciendo que es ese factor imprevisible el que muchas veces dirige la escena, y también una de El círculo explicando por qué el  espacio es el que realmente importa y no tanto el trabajo de la protagonista?  No es necesario responder a esto. ¿No lo es, tampoco, cuando escuchamos la noticia de que las autoridades consideran que los fuegos artificiales de los miércoles -el título de un film de Farhadi, ganador del último Oscar por La separación y que no dijo una sola palabra sobre la situación de sus colegas en su país- son una fiesta impía mientras desde el amplio ventanal vemos esos fuegos? Tampoco es necesario responder. ¿No lo es, finalmente, cuando Panahi toma su celular y comienza a filmar a un joven encargado provisoriamente de retirar las bolsas de basura de los departamentos, el mismo que estudia en la Universidad, que trabaja de cualquier cosa para mantener sus estudios, y que intuye –casi una certeza-  que pese a obtener un máster no pueda conseguir un trabajo estable como investigador, en ese plano secuencia que arranca desde el ascensor en el octavo piso y culmina en la entrada de la puerta de ese afuera encendido por los fuegos prohibidos al que Panahi no puede acceder? Menos aún responder a esto. Hay una iguana muy simpática, un perro malhumorado, un “no sé nada de técnica”, y un furioso deseo de filmar, de seguir filmando, una pequeña porción de esa realidad en la que viven los que no pueden acceder más que a un vivir, en el irónico título del que es, hasta ahora, el último film de Jafar Panahi, su rabioso documento fílmico en primera persona. Tal vez tan sólo sea aquello que conocemos como política del cine. Tal vez tanto como ésto.
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