9/11: L’AFFAIRE DES DIVISIONS MORITURI de F.J. Ossang (presenta Ezequiel Salinas)

Finalizamos el ciclo dedicado a la década de los 80s con una obra maestra de F.J. Ossang, el ovni punk.

L’Affaire des Divisions Morituri de F.J. Ossang (Francia, 1985, 75′)

Soy el primitivo de un arte nuevo 

por Ezequiel Salinas

Hacia comienzos de los ‘80 cierto agorerismo cinéfilo, con el aliento rancio de cinematecas y catacumbas, auguraba el final de una era como se espera la triste consumación de una profecía cuya caja de Pandora eran los sintetizadores de imágenes y MTV. Un fantasma recorre Europa: pronto el cine morirá. Una pléyade de cineastas que le habían ineyectado vigor a la más joven de las artes comenzaba a extinguirse. Nick Ray, John Ford, Orson Welles, por nombrar sólo a tres, morirían en esa década. El cine comenzaba a ver como se extinguían los autores de una generación que forjó su época clásica. Una tradición cinematográfica que había crecido vertiginosamente estaba conociendo el ocaso de su modernidad. El arte nacido en los albores del siglo veinte comenzaba inexorablemente a envejecer.

Era tan grande la perplejidad de esos años, que hasta el mismo Orson Welles, que había sobrevivido solo contra todos desde los años ‘40, se hallaba en franca decadencia, prestando su voz inconfundible a una película como La venganza de los nerds, que tenía que poco que ver con sus intereses. Lo que se dice un síntoma postmoderno en el seno de la cultura cinematográfica.
Para 1985, F.J Ossang era un drifter hecho y derecho que había recorrido Europa, presenciando dos acontencimientos que lo marcarían profundamente: la aparición de los Sex en la escena musical inglesa y la aparición en Europa de la lucha armada, de la mano de la Rotte Army Fraktion alemana. Escritor, músico y cineasta, Ossang es un terrorista cultural alimentado por escritores como William Burroughs y Louis Ferdinand Celine, la música de Throbbing Gristle y Lucrate Milk,  y el cine de Sergei Einsenstein y Jacques Tourneur.
La creación, en primer lugar, requiere una cierta imitación. Es cierto que mis mayores influencias son a la vez Eisenstein y las películas americanas de los años cuarenta-sesenta. La denominada Serie B, como han sido calificadas todas las películas de Jacques Tourneur, posee un talento inmenso. Lo que hay allí es lo contrario de lo que ofrecemos en el cine actual, donde todo debe ser mostrado, con efectos especiales lo más costosos posible. Sin esas posiblidades, la serie B de aquella época debía de ser inventiva en términos de estilo.
F.J Ossang
En L’affaire de Divisions Morituri, Ettore, un joven gladiador lumpen proletario, sobreviente de la RAF, se ha vuelto un estrella mediática rebelada contra la democracia cristiana y la pequeña burguesía de clase media que gobierna Europa. Tan terrorista como el mismo Ossang, Ettore proclama un no future punk, donde la juventud debe destruir el orden social establecido por el Estado, que no tardará en responder al ataque con la persecución armada, la privación sensorial, el aislamiento y la muerte. Justo tal y como lo hiciera el estado alemán con los auténticos miembros de la RAF a fines de los años ‘70.
¡Cuando ingresás al juego tenés que ir hasta el final y agotar todas las estrategias!
Ettore
Transgresora a rajatabla, L’affaires de Divisions Morituri revuelve todas sus influencias musicales, cinematográficas y literarias, para preparar un cocktail molotov explosivo que incendie los cimientos de una sociedad europea consolidada en el estado de bienestar post plan Marshall. Imposible de encuadrar políticamente, la película vocifera a los cuatros vientos un llamado a la rebeldía de la mano de una batería de recursos estéticos que le hace gala a la audacia de los pioneros del cine que tiene como referencia. El montaje trepidante de corte soviético, la monocromía fotográfica expresionista y alemanizada, y la música punk y post punk desenfrenada encarnan una vez más el sueño de la avant garde politizada: para un contenido realmente revolucionario hacen falta formas que sean verdaderamente subversivas.
La película de Ossang rastrea en la cultura punk el zeitgeist de una generación cuya rebelión no puede ser contenida por los límites de la doxa, sin importar si es de izquierdas o de derechas. Excavando en el fondo de la historia del cine confronta la desconfianza desangelada  de una generación de cineastas y cinéfilos. Parafraseando a Cezanne, el mismo Ossang parece decirles: Yo soy el primitivo de un arte nuevo.
Y si su prédica política no tiene la virtud de ser anticipatoria, es sobre todo lúcida en encontrar la potencia de una cultura emergente –la punk– e inyectársela a otra caída en decadencia –la cinematográfica-,  para arrancarle a la pantalla una imagen nueva que le debe todo a su historia. Tanto le debe, que la hace polvo para dejarla flotando en el aire.
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