2/11: FELIZ NAVIDAD, MR. LAWRENCE de Nagisa Ôshima

Penúltima función del ciclo de los 80s. Mr. Ôshima en la sala, elegido y presentado por Mato Ludueña y CJ Carballo.

Feliz navidad, Mr. Lawrence de Nagisa Ôshima (Japón/Reino Unido, 1983, 123′)

La filmografía de Nagisa Ôshima ciertamente es una gema perdida en el tiempo y claramente apátrida. Demasiado occidental para Oriente, muy oriental y polémica para la crítica de este lado del universo. Con mayor o menor conciencia de ello, Ôshima se las ingenió para construir una gran obra, detenida en el tiempo. A menudo, con excitada resignación, esperamos la puesta en marcha de una catástrofe universal y no nos damos cuenta que ésta ya ha ocurrido. Admitirse como sobreviviente es una tarea tan dolorosa como inútil. Nagisa Ôshima tiene la percepción total de ésto y aprende a narrar la vida como una sucesión de elementos trágicos. La tragedia es arbitraria e inexacta y, precisamente por eso, él es la excepción que confirma la regla: él abraza su especialidad, el cine, impulsado por el goce y no por la cobardía. Es seguro que tal vez, pronto, lleguen los reconocimientos y los premios, pero eso no es lo importante aquí. Él nunca buscó recompensa alguna. Fue lo suficientemente feliz filmando. A veces, para algunos cineastas, la felicidad no pasa por los aplausos, sino por la ausencia relativa de ellos. Algunos cineastas hablan su propia idioma y se ríen en la cara de calendarios y relojes porque para ellos el tiempo es lo más relativo que existe. Algunos cineastas son dueños de su propio tiempo, dueños de decidir su propia edad. Y ahí reside la contraseña elemental para ser admitido en el club de los inmortales. Y eso es Nagisa Ôshima, un feliz inmortal dentro de los propios límites que supo fijarse. Y en Feliz Navidad, Mr. Lawrence no se habla de horizontes perdidos sino de horizontes encontrados y ahí radica su belleza. Un film que no piensa en reencontrarse en el mundo del que se decidió ausentar, ni mucho menos si el director estará haciendo lo correcto.
Principios y finales. Hay algo que me obliga a pensar en ellos como cartas de la misma baraja. Gente en suspensión. Opuestos que se atraen, y por encima de todo planeando, la idea de la muerte. Un film que te obliga a pensar en las más insospechadas asociaciones. David Bowie y Ryuichi Sakamoto, ambos músicos, ambos bisexuales, ambos paladines de la elegancia, juegan a desatar una tormenta de terciopelo. Jugando con las leyes de la atracción. Jugando. Hay cierto misterio que reposa aquí. La seducción del imposible derrotado. Algo de magia y aún así, ciencia pura. Y cine. Mucho cine. Y algunos films son tan arriesgados como injustificables.
¿Está bien que se sienta esa atracción? ¿Quién es dueño de la verdad respecto de la inmanejable química de los sentimientos? Nagisa Ôshima juega con esas preguntas y jamás nos cierra la puerta. Así es su cine. Así nos deja. Así de vulnerables somos. Así de expuestos estamos. CJ Carballo
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