26/10: UNA HISTORIA DEL VIENTO de Joris Ivens

Entramos en la recta final del ciclo Sálvese quien pueda (de los 80s). En esta ocasión el presentador invitado es Roger Koza y trae a un cineasta con una idea irresistible: filmar el viento.

Una historia del viento de Joris Ivens (Francia/Reino Unido/Alemania/Holanda, 1988, 80′)

Esta obra maestra de carácter poético es la obra consagratoria de Joris Ivens, el gran documentalista holandés de izquierda, realizada junto con su compañera, Marceline Loridan, poco antes de la muerte de Ivens a los noventa años. (De hecho, hay razones para creer que fue escrita principalmente por Loridan, aunque no deja por esto de ser parte del legado de Ivens). Ni un documental ni una fantasía, sino una sublime fusión de las dos cosas, trata de múltiples maneras sobre el viento, el asma de Ivens, China, el siglo XX (y, más implícitamente, el siglo XIX y el siglo XXI), la magia y el cine. Ivens nació sólo dos años después de que Georges Méliès exhibió su primer trabajo, y esta película imaginativa, espontánea y con frecuencia cómica refleja ese hecho y el casi siglo de historia cinematográfica, política y personal que fue la vida de Ivens. Por todas sus dimensiones cósmicas resulta divertida y alegre más que pretensiosa y densa, y hasta puede renovar nuestra fe en la vida en este planeta. Jonathan Rosenbaum
De esos retazos que circulan en la pantalla. Y también de los retazos de una memoria (la mía) buscando trémulamente en las imágenes memoriosas de un otro siglo, a través del cine, de una vida dentro del cine.
Y es que es difícil: Meliés vía China, la reforma agraria en un estrado, la revolución cultural en un coro, el futuro deslumbrante en una escena. Pero también el pasado un tanto más lejano, en esas increíbles panorámicas de la invasión japonesa, de la vista aérea de la Gran Muralla, en blanco y negro, en aquél 1938 cuando Ivens tenía más o menos cuarenta años y filmaba lo que hoy es tan sólo un recuerdo (el suyo) y un descubrimiento (el nuestro) en un formato crudo, del color de esa tierra. La guerra es cruda.
Casi al final de su existencia, la porfía de un anciano por filmar el viento parece una excusa juguetona, una estrafalaria conducta, un símil disfraz -como el arlequín mono que retoza en el film- para mostrar, seguir mostrando, que el cine es un artificio, que se puede hacer cualquier cosa con él, que es necesario hacer muchas cosas por él. Negociar con burócratas durante días y días por la duración de un registro, por la posición de una cámara, comprar estatuillas baratas en el mercado negro para remedar un ejército, sentarse en una silla en el medio del desierto, solo, esperando un viento, una tempestad, algo que borre la faz de la tierra. Trocar máscaras por celuloide, jugar con la arqueología-cine, con la etnografía-cine. Jugar con él. Jugar junto a él.
No debe haber muchos films -y nunca serán suficientes- con una carga poética tan imaginativa, tan excéntrica, tan poderosa. Ni muchas ascensiones más conmovedoras: la de una fragilidad llevada en andas hasta el techo del cielo, tratando de capturar, de momificar bazinianamente, no ya el paso del tiempo sino aquello que lo transporta. No importa en absoluto si Ivens, si sus planos, si este cuento, es acerca del viento, o de la China, o acaso de sí mismo. La libertad es su forma. Fernando Pujato
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