18/10: SIP’OHI – EL LUGAR DEL MANDURÉ de Sebastián Lingiardi

Penúltima oportunidad para ver el estreno argentino de Octubre.

Sip’ohi – El lugar del manduré de Sebastián Lingiardi (Argentina, 2010, 65′)

Algo a lo que sin duda dedican mucho tiempo en la Universidad del Cine (FUC) es a ver miles de veces Invasión de Hugo Santiago, película que parece haber influenciado con fuerza a egresados como Manuel Ferrari (Cómo estar muerto/Como estar muerto), Matías Piñeiro (Todos mienten), Alejo Moguillansky (Castro), o Nicolás Grosso (La carrera del animal). Sebastián Lingiardi, otro alumno de la escuela, introdujo con su ópera prima Las pistas – Lanhoyij – Nmitaxanaxac (2010) la innovación de llevar el género ya un poco convencional de “relectura de Invasión” al bastante más ignoto de “policial de traductores”. Retirándose del marco metropolitano que le daba Buenos Aires a la película de Santiago, aunque igualmente seducido por las caminatas sobre veredas y la cartografía de líneas rectas, Lingiardi se instaló en Chaco y trazó en Las pistas un enfrentamiento y carrera de bandos en que wichís, tobas y blancos se cruzan en una trama en torno al idioma, su posesión, transmisión y desciframiento.
Es quizá un avance lógico que luego de estos interrogantes lingüísticos, Lingiardi vuelva a Chaco con una pregunta por la voz de las diversas culturas que lo habitan, tema central en Sip’ohi – El lugar del Manduré, su segunda película. Un fugaz plano inicial nos muestra a un hombre frente a su computadora y luego de esto entramos a un largo plano de dos manos que tratan de obtener fuego mientras alguien en off nos cuenta la leyenda de un tigre especialmente mezquino con dicho elemento. El hombre de la computadora es Gustavo Salvatierra, que algo cansado de la ciudad decide volver a su pueblo natal, Sip’ohi. A medida que esta visita de Salvatierra se desarrolla y la película va siendo tomada por varios relatos míticos de los wichís, Lingiardi logra algo que recuerda a ciertos pasajes del cine de Apichatpong Weerasethakul, esos momentos en que el cine colabora como paisaje suave para que una cultura fundamentalmente oral se presente y discurra en la pantalla. La película nos permite visitar Sip’ohi, encontrarnos con sus habitantes, ingresar a la naturaleza, pero su verdadero secreto es ponerse al servicio de esas voces que se van sucediendo. Preguntarse por las voces de una cultura ajena es también preguntarse por cómo escucharlas, es decir traducirlas, y Lingiardi encuentra con el cine una herramienta para hacerlo menos imposible. Y así, mientras las leyendas nos envuelven y  contemplamos tranquilamente el río, la película no se exime de hablar de la lucha del pueblo wichí por su reconocimiento. En la fascinante charla que mantienen sobre el asunto también escuchamos que Félix Segundo, un wichí más joven que escucha a Salvatierra con una mezcla de humildad y escepticismo, le lanza una advertencia sobre los blancos: “Vienen, sacan sus cuadernos, sus grabadoras, sus cámaras. Sacan, juntan y se van. Nunca más vuelven. Bueno, algunos vuelven, pero nunca se quedan.” Martín Alvarez
Esta entrada fue publicada en Funciones, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s