12/10: SANGRE de Pedro Costa

Turno de Martín Iparraguirre para elegir una de los 80s. Viene con la fascinante ópera prima de Pedro Costa.

Sangre de Pedro Costa (Portugal, 1989, 95′)

Habitar el cine

por Martín Iparraguirre

Está claro que la ópera prima de Pedro Costa no representa a la década del ‘80: su estética, sus referencias, su narrativa, sus elecciones formales son de otro tiempo histórico, sin duda una particular reverberación de algunos maestros de los años ‘30, ‘40 o ‘50 (Carl Dreyer, F.W. Murnau, Fritz Lang, Jacques Tourneur, Charles Laughton, una lista tal vez inabarcable), que por cierto tienen poco que ver con ésa década incendiaria en la que para bien y para mal se abrió un nuevo paradigma cinematográfico que cambiaría al séptimo arte para siempre. Tampoco podemos decir que esté entre las mejores películas de Costa, un autor también de otro tiempo, quizás de la más avanzada modernidad, que se me ocurre indispensable para el siglo que vivimos (y que incluso ha dicho que su ópera prima fue una especie de ensayo juvenil, un primer acercamiento a la materia “protegido” por sus padres cinematográficos). Estrenada en 1989 en el Festival de Venecia, Sangre es más bien un cierre hermoso para una época que parece cada vez más lejana e irrepetible, una de las últimas versiones de una especie cinematográfica que se extingue, sólo representada en nuestros días por algunos grandes autores (arriesguemos nombres: Béla Tarr, Miguel Gomes, Guy Maddin, Tsai Ming-liang, Aki Kaurismäki, entre otros, cada uno con su distinción).

Una especie cinematográfica que, como sostiene Adrian Martin, convoca a la experiencia cinéfila: Sangre es un filme habitado por el cine que, precisamente, nos permite a nosotros, los espectadores, (con)vivir en la casa del cine. Hay en Sangre un amor infinito por su medio, que excede absolutamente la cita cinéfila: el filme de Costa va mucho más allá porque construye su propia poética en ésa particular reelaboración de un universo cinematográfico inabarcable, un “matorral anudado, demasiado enredado, fusionado y transformado como para que alguna vez pueda ser separado con claridad, en sus variados elementos originales”, como sostiene Martin.
Tan anudado está ése mundo de referencias y apropiaciones múltiples que remite tanto al cine como al propio Costa, como si fuera un gran aleph desde el cual podemos ver el pasado y el futuro del cine: se anticipan así los temas y los modos fundamentales del director, los fantasmas que poblarán sus películas, su predilección por los lazos familiares y comunitarios, la tragedia esencial de toda experiencia humana (el dolor ante la ausencia y las heridas del crecimiento), la naturaleza eminentemente popular de su cine, y sobrevolando todo, la realidad como una materia inasible, siempre misteriosa, imposible de ser objetivada. Y es que Sangre hace del misterio de la representación su centro narrativo, o si queremos ser más precisos hace del misterio del instante su propia naturaleza: cada plano contiene así “la marca de encuentros azarosos, de instantes irrepetibles, las huellas de un pasado que aún no termina de serlo y las marcas de un presente que aún no termina de ser”, en palabras de Fernando Pujato. Un cine, entonces, hecho de la más íntima materialidad del mundo, aquella que el propio dispositivo cinematográfico intenta conjurar: en su ópera prima, Costa elabora una película sobre la irrevocabilidad del tiempo y sus consecuencias, que paradójicamente es capaz de contener todos los tiempos en sí misma.
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