6/10: MISTERIOS DE LISBOA de Raúl Ruiz

Esta noche una nueva Función extraordinaria y eterna. Hace dos meses, la función de Satantango fue un verdadero éxito. Así que esperamos nuevamente una multitud para ver 6 hs. del maravilloso Raúl Ruiz. Largada: 20.30 hs. en Bv. San Juan 1020.

Misterios de Lisboa de Raúl Ruiz (Portugal/Francia, 2010, 360′)

El horizonte infinito 

por Fernando Pujato

Hay otros mundos pero están en éste.
Paul Éluard
Si se ha tenido el tiempo y la disposición necesaria, esto es: un poco de paciencia, otro poco de inquietud, y solo un poco de insania porque de lo contrario esta puede volverse una demencia incontrolable, y se ha leído En busca del tiempo perdido bueno ¿qué decir? Es como haber visto John Ford o Carl Dreyer o Kenji Mizoguchi, es como haber visto My Darling Clementine (Pasión de los fuertes es francamente horrible) o Vampiro o Historia del último crisantemo -mis preferidos, se entiende. Hay otros ejemplos, claro, y en el cine tal vez un tanto más que en la literatura porque aún conserva un hálito de frescura pese a los ingentes esfuerzos de canonizarlo para toda la eternidad, hacer de él una pieza de museo, de volverlo una lista impresa para siempre para todas las generaciones que son y que vendrán. Nunca es absolutamente necesario pasar por los clásicos de la breve historia del cine para apreciar o sopesar o evaluar o comparar lo que se filma por estos días; tampoco es inexcusable. Pero que proporciona una visión más amplia y acogedora, más lúcida y lúdica, más transparente e imaginativa, de todo lo que puede ser un arte que aún no tiene fecha de vencimiento, digan lo que digan algunas voces, importantes o no, en cuanto a su muerte, su disolución, o su irremediable decadencia, no es algo que requiera de mucha discusión, tal vez algo que ni siquiera se deba discutir. Su presente está aquí para desmentir las alertas finalistas, es un presente amplio y variado y discutible, pero es conmovedor como siempre lo ha sido, al menos para aquellos que ni siquiera pensamos en su finitud.
Volviendo un tanto a Proust, se puede o no haber leído esa obra descomunal que atraviesa toda la literatura, pero si se ha visto El tiempo recobrado de Raúl Ruiz es más que suficiente para sumergirse en aquél mundo de salones lujuriosos, repletos de falsedades, en sórdidos burdeles repletos de vidas paralelas, sumergirse en la memoria reciente y no tan reciente de un dictado desde una cama próxima a la muerte, en el espejo de su imagen, en la magia terrena del cine. Que es también, para decirlo pronta y llanamente, lo que ocurre en Misterios de Lisboa en su final, en ese círculo que se cierra sobre la memoria, en un lecho de muerte anunciado desde un origen desconocido y conocido azarosamente por entre los vericuetos de un film que podría durar casi eternamente, como las vidas de las vidas que lo transitan, un flujo permanente de recorridos individuales en el vórtice de un designio social, de amores encontrados o por encontrar, perdidos, asignados, evitados, imposibles, de historias que se entrelazan en un cerco de condición de clase, de una pertenencia, de una adscripción, de un mandato, de una omisión. Un túnel de edades, o más bien una panorámica temporal, de años pasados sin pasar aún porque ya han pasado, de presentes certeros apenas entrevistos porque han dejado de ser, de futuros que ya no serán porque ya han sido, un tiempo que ha dejado de transcurrir porque todo parece estar comprimido en aquello que lo sostiene, en lo que ya no es más un tiempo sino su memoria expandida. Una memoria que desanda en una calesa el camino hacia la comprensión de un nacimiento, de una unión, de una muerte, de todo aquello que se ha dejado atrás pero permanece como un doloroso recuerdo, una evocación esfumada tras las rejas de un convento, otra vida cuyo deseo se encuentra aprisionado por el fantasma eterno de un amor imposible, por el descubrimiento tardío de una ignota procedencia, del por qué de ese deambular erráticamente por entre la banalidad cotidiana y la fuga hacia algo un tanto más divino. Y también de ese movimiento continuo a través de un paisaje conocido y no tanto, de países vecinos, de colonias distantes, de lugares casi inexplorados, buscando, siempre buscando, a un otro que permanece, que cambia, que muta, que ya no está más en este mundo, que lo sigue estando bajo otras formas, disfrazado de otra vida, porfiadamente fantasmático. Con nombres propios y apellidos que no lo son tanto, singularidades que se mueven en esta suerte de telaraña por concluir, tejida por sueños de vida y realidades de muerte, vidas paralelas y asimétricas, mundos que ya no son mundo sino espacios habitados por sombras espiando otras sombras, estatuas de sombras, cancerberos reales, mendigos, bandidos, amistades de un porvenir, caricias de estío. Y aleteando por sobre todo el film, sumergido en este torbellino vivencial, en esta fuga hacia no se sabe dónde, hasta no se sabe cuánto, protegiendo todo, el padre Dinis que,  al igual que Xiao-Wu en Picpocket, Rosetta en Rosetta, Sabzian en Primer plano, está en el centro pero más allá del film, lo excede en el mismo sentido que sus compañeros de ruta, reúne en una persona una idea y una época, una ética y una moral, una retórica visual y el umbral de una significación. Esto no significa que sea un arquetipo universal -si es que alguien todavía cree firmemente en esto-, la ejemplificación terrenal de las virtudes y defectos de la humanidad después de su Caída o la caricatura de determinada clase y posición social sino, para usar otro tipo de analogía, más bien literaria pero no por ello menos sustantiva, lo que Raskólnikov en Crimen y Castigo, el Marcel de En busca del tiempo perdido y el Ignatius de La conjura de los necios: una puesta en escena de cierto estado de un mundo. Y sería un tanto ocioso, y hasta innecesario, hablar justamente de la puesta del film de Ruiz porque esta es una invitación a danzar un vals, el eterno vals de un cine que nos transporta ensoñadoramente hacia aquello que aún debemos descubrir. La imagen de una eterna ilusión.
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