Finisterre, donde se acaba el mundo

por José Fuentes Navarro

El cine es el único arte donde se puede ver al hombre invisible fumando un cigarrillo, decía Andre Bazin, resumiendo en una boutade su ontología de la imagen cinematográfica. Un ejemplo en imágenes de esto es el que propone el recientemente fallecido Chris Marker en La Jetée, un extraordinario mediometraje hecho de fotos fijas que se reserva la imagen en movimiento sólo para ver a una mujer que abre los ojos (uno de los grandes momentos de la historia del cine) invirtiendo eso de que el cine es, también, el único arte donde se puede ver a una persona morir.
De ahí también imagino, presuntuosamente, que el cine es el mejor vehiculo para mostrar el fin del mundo. El otro serían los libros pero tengo la impresión de que estos son artefactos que nos informan mejor sobre la eternidad o su refutación.
A grandes rasgos, lo que se verifica en estas y otras películas sobre el tema -que son muchas, sobre todo tras hacerse de común conocimiento la superstición/moda de los mayas y el 2012-, es un viraje de las razones por las cuales el mundo va a crepitar. En el siglo pasado la causa fundamental, guerra fría mediante, era la amenaza nuclear y sus derivados (monstruos, extraterrestres y demas alegorías, etc.). En este siglo el  fin del mundo viene mediado, principalmente, por  un desastre ecológico. Y si los extraterrestres invaden la tierra, siempre queda claro que en su planeta ese desastre ya ha ocurrido. ¡Vienen por el agua!
En 4:44 El último día en la tierra, Abel Ferrara parte de una premisa interesante: qué hacer si sabemos a ciencia cierta que el mundo se va a terminar, irreversiblemente, a una hora precisa. A coger que se acaba el mundo diría una conocida frase. Bueno, dice Ferrara, les muestro eso por duplicado, ¿y después? Seguir viviendo hasta que se termine. Claro que al actor en recuperación por adicción a las drogas que interpreta Willem Defoe, esto lo angustia y a su pareja Shanyn Leigh (esposa de Ferrara en la vida real), quien es pintora y practicante del budismo, se la nota -cómo no- en paz consigo misma. No pasa nada en verdad en este fin del mundo, la gente sigue viviendo cotidianamente, hay algún suicido, ordenan comida a domicilio, usan skype para hablar con sus seres queridos (si yo fuera Nicole Brenez diría que es un película sobre skypear), miran televisión, se pelean, se reconcilian, habitan su espacio.  Ferrara ha refinado su estilo al punto de que ese habitar no solo es el de la pareja protagonista sino también el de la cámara que revela y construye con largos planos secuencia ese espacio íntimo desde el comienzo de la película, yuxtaponiendo imágenes documentales religiosas, de catástrofes y varias curiosidades mas, adosándoles discursos provenientes de la omnipresente TV. No queda muy claro qué piensa Ferrara sobre todo esto. Queda claro que hace arder al mundo como regalo para su esposa.

Lo que sí está claro es lo que piensa Kiyoshi Kurosawa película a película, use el género que use. En el Japón de Kairo ya quedan pocos sobrevivientes y los fantasmas comienzan a adueñarse del mundo a través de un sitio web. Los fantasmas asustan pero el verdadero terror es quedarse solo. Hay un momento que es extraordinario: Ryosuke, un estudiante universitario, trata de estar junto a Harue, una experta en informática, pero Harue progresivamente se va alienando y decide voluntariamente irse con los fantasmas. El uso de la profundidad de campo -un efecto técnico que desde Welles y Renoir se dice que  democratiza el plano- es magistral en todo el film y le sirve a Kurosawa por dos razones: una, porque a los espectros les conviene el efecto, los fantasmas de Kairo viven en la nebulosa del ultimo objeto nítido, casi sugeridos, como se puede ver en la secuencia de la biblioteca (que -cómo no- cita a Los Cazafantasmas); dos, porque es como formalmente Kurosawa muestra la soledad y la incomunicación entre  las personas (japonesas). Kairo es una de las nuevas películas de culto y hasta hay fanáticos que buscan el verdadero sitio web fantasmagórico, en fin.

Hablando de películas de culto, la número uno en estos tiempos debe ser Donnie Darko de Richard Kelly. Así se comienza una carrera: con un film extraño y misterioso (me refiero a la versión original, no al corte del director) que adelantaba de alguna manera la caída de las torres en el 2001. No sólo una película de culto sino también un gran film. ¿Cómo acabar (casi) con una carrera? Fácil: a partir del moderado éxito de su ópera prima, a Richard Kelly le dan carta blanca y estrena en Cannes Southland Tales. Cuenta Jim Hoberman que la mayoría se fue de la sala con la cita al poema de T.S. Eliot (“Y así se acaba el mundo, no con un estallar, con un sollozo”), pero invertida. Se me dispensará en este texto que les cuente el argumento porque son varios, y hasta incoherentes, pero involucran a Dwayne The Rock Johnson, Sarah Michelle Gellar, Justin Timberlake, más de la mitad del cast de Saturday Night Live, el estallido de la tercera guerra mundial, una máquina de movimiento perpetuo que produce energía y una droga, células neomarxistas, un guión que acabará con el mundo o lo salvará, citas bíblicas, canciones de los Pixies y The Killers y un largo etcétera.
Con estos ingredientes Kelly arma un cóctel molotov-ruiziano, un laberinto cuyo centro se encuentra al final, donde la mayoría de las piezas de alguna manera terminan encajando. En otros términos, Southland Tales es una sátira (es decir una película maldita) y un espejo en donde a ningún estadounidense le gusta(ría) verse reflejado. Sothland Tales es también una película solitaria.

Como está solo Curtis Laforce (Michael Shannon), quien se gana la vida como obrero de la construcción en Atormentado de Jeff Nichols. Claro que tiene esposa e hija  y amigos. Vive una vida modesta, relativamente tranquila. Pero comienza a ser perseguido por recurrentes pesadillas cada vez mas vívidas, señales de que algo no está bien, de algún desastre inminente. No tenemos certeza de si está enfermo (su madre sufre de esquizofrenia) o si lo que ve son visiones del porvenir. Take Shelter (“Busca refugio”) es el titulo original de la película y es justamente lo que el personaje de Michael Shannon (quien interpreta un papel parecido en Bug, paranoia fundamental de William Friedkin), cada vez mas paranoico, no tiene. No hay refugio ni en la naturaleza amenazante, ni en la intimidad de su casa, ni en el trabajo. Laforce se obsesionará con reacondicionar un viejo sótano anti-tornados en el patio de su casa para esperar el final. Jeff Nichols muestra estas ambigüedades introduciendo gran cantidad de planos generales tanto en exteriores como en interiores  y entre estos y el omnipresente Shannon se las arregla para lograr una sensación de ahogo con delay. Una película física.

Y para finalizar pasamos de la paranoia al nihilismo depurado. La anécdota es conocida: el día que Friedrich Nietzsche enloqueció, se abrazó en lágrimas a un caballo al que su amo estaba golpeando en una calle de Turín. Pero, ¿qué paso después con ese caballo? La pregunta sirve de prefacio a la última película de Béla Tarr, que arranca con un impresionante plano secuencia del caballo recorriendo el camino hasta una desvencijada casa donde viven un anciano hemipléjico y su hija. A partir de ahí, veremos la vida cotidiana de esas personas: se despiertan, la hija viste al padre, comen papas hervidas, alimentan al caballo, miran alternativamente por la ventana, hacen fuego, el viejo bebe aguardiente, la hija va a buscar agua. Esa rutina se verá interrumpida cada día por alguna particularidad: el caballo dejará de comer, la visita de una especie de filósofo vecino, un grupo de gitanos. En menos de 30 planos -lo cual no es destacable per se, pero nos informa de hasta qué punto ha llegado la síntesis del cine de Tarr-, el dispositivo formal se mimetiza con lo que narra. Esos planos serán siempre los mismos con leves variantes, habrá un omnipresente viento que con el paso del tiempo comienza a sonar como ruido blanco y el ominoso tema de Mihâly Vig es usado como leitmotiv apareciendo en los momentos más inesperados. Con esta obsesiva repetición tanto temática como formal, Béla Tarr ¿acaba? con el mundo y finaliza su carrera (según él, es su última película). Y por ahí está bien que así sea, por ahí piensa que es como el pozo de agua o como el caballo. Final con suspenso, que de eso se trata El caballo de Turín, del suspense de las formas.

Programación completa del ciclo:

3/10 – 4:44 Último día en la tierra de Abel Ferrara / 10/10 – Kairo de Kiyoshi Kurosawa / 17/10 – Southland Tales de Richard Kelly / 24/10 – Atormentado de Jeff Nichols / 31/10 – El caballo de Turín de Béla Tarr
Esta entrada fue publicada en Funciones, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s