26/9: LA ÚLTIMA CARTA de Frederick Wiseman

Final del ciclo de Cartas en el cine de Septiembre. Álvarez llega a Wiseman por la vía rara de Verhoeven, ¿o es al revés?

La última carta de Frederick Wiseman (Francia/Estados Unidos, 2002, 61′)

Pujato:
¿Que dónde estoy? Quieto, por ahora, leyendo muy conmovido tu incursión lusitana y haciendo preguntas. Resulta que hace un par de días le mandé un mail a Ale Cozza preguntándole por ficciones sobre el nazismo y el Holocausto. Me contesta hace algunas horas, dubitativo: “Mmmm…. pocas. Se me ocurren ahora Black bookEl pianista no estaba mal, Los unos y los otros de Lelouch… -y agrega- ¿En qué andás?”. Veamos.
Luego de tasar las opciones me decidí a ver Black book, la última de Verhoeven que en su momento se me pasó. ¿La viste? No está nada mal. El holandés hace cine por encima de los 300 kilómetros por hora, un vértigo que está también en la vida de su protagonista, una judía holandesa en las épocas de la ocupación nazi de su país que alterna como amante de un oficial alemán y espía para la resistencia local. Es una película de impostores, paranoicos y traidores, de una tensión constante, sexo y vaivenes entre los dos bandos, despliegues físicos desgastantes. Un torbellino cuyo centro magnético son los miles de caballos de Carice von Houten, la actriz protagónica que es un espectáculo cinético en sí misma. El aspecto más oscuro, incorrecto de la película está en que al mostrar la Holanda inmediatamente posterior al nazismo no la diferencia mucho del horror precedente. Esa segunda parte de la película es nada menos que uno de los grandes insultos al patriotismo que ha proferido el cine. Mientras expone una comunidad que ha deshilachado su contrato social tras varios años de violencia, atropello, delaciones, estafas y saqueos, Verhoeven lanza una burla corrosiva contra la hipocresía de camuflar esos desgarros y contestar a la ocupación nazi con otro nacionalismo, holandés y también muy monstruoso.
Y no te cuento más de Black book. Mirala. Tan sólo espero que sirva la breve descripción para pasar a por qué creo que la película es pariente de Inglourious basterds de Tarantino y por qué ese parentesco me llama la atención. Ambas pertenecen a una novedad problemática en la historia del cine moderno y en la poesía después de Auschwitz por la que pareciera que ciertos episodios se han vuelto más “representables”, y con ello también más abiertos al campo de la imaginación y del espectáculo. Un tema inquietante, mucho menos simple de lo que podría parecer y que no vamos a resolver en unas pocas líneas. Ya estaba pensando en esto mismo antes de ver Black book y antes de escribirle a Cozza. Concretamente, después de ver la película sobre la que de verdad quería hablarte que es La última carta de Frederick Wiseman, y no te vuelteo más.
Hay algo raro en que el cineasta (y abogado) Wiseman, de dedicación exclusiva al documental por más de treinta años, haga su primer experimento con la ficción tomando a los campos de concentración como objeto. Es decir un tema de los más regulados en todos los años que tiene el cine. Así que estamos en 2002 y la primera ficción de Wiseman se enfrenta a un material altamente resbaloso de representar. Un punto de partida –como en Carta de una desconocida– es la literatura. Más precisamente el capítulo 18 de Vida y destino, un libro de más de mil páginas escrito por el ruso Vasili Grossman a fines del 50. Nunca leí el libro, tan sólo ese capítulo, que me sostuvo en un estado de conmoción equiparable al de cuando vi la película. Se trata de la carta enviada por una madre a su hijo desde un gueto de Ucrania poco antes de ser asesinada. La película filma el monólogo teatral de ese texto a cargo de la actriz francesa Catherine Samie, y conserva del libro su cualidad de tour de force demoledor, su emoción pendulante y su permanente vigilia física. Así como entre el texto y el teatro surge la performance arrolladora de Samie, entre ella y el cine trabaja Wiseman, en una zona que oscila entre el seguimiento de la actriz y los leves pasos de luz y de montaje que figuran una atmósfera abstracta de sentimientos. Con la combinación de estos pocos elementos la película hace aparecer una angustia única, en la que lo sumamente cercano y palpable se vuelve repentinamente volátil, se esfuma. Y hay otra cosa para decir al respecto. Mientras veía los gestos de manipulación discreta, acaso tímida, por parte de Wiseman, tuve la sensación de que la película me mostraba el instante preciso, primitivo, en que una representación cinematográfica inicia el avance sobre sus materiales. Es por eso que quiero que la veas. Me cuesta recordar, al menos ahora, una película que nos sitúe de manera más exacta en el hiato entre dos registros.
Y de esta manera, habiendo llegado a lo que yo llamaría un buen momento para dejar el tema abierto, te mando un abrazo.
Álvarez
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