Formas espirituales

sobre Fuera Satán y Ted

por Alejandro Cozza*

Es difícil encontrar en la cartelera actual de cines de la ciudad de Córdoba, dos estrenos más opuestos que Fuera Satán y Ted. El primero es el sexto film del reconocido director francés Bruno Dumont, el otro es la ópera prima del norteamericano Seth MacFarlane, ácido creador de la serie animada Padre de Familia. Si repasamos las nacionalidades de ambos directores, podríamos aseverar sin haber visto previamente las películas y sin temor a equivocarnos que estamos frente a dos concepciones de cine muy disímiles. Confirmo, efectivamente es así. Pero también, es sorprendente atestiguar que hay elementos de análisis que pueden unir casi de forma milagrosa (y el adjetivo viene al caso) ambas películas, al tratarse de dos propuestas en que lo anormal y lo sobrenatural son el eje de los relatos.
En Fuera Satán, lo místico es, directamente, el tema del film. Es la historia, aunque no estaría mal decir la fabula, de un vagabundo que vive entre los pastizales que bordean el mar de un pueblo pequeño pero -como siempre- de infierno grande, y otra vez las adjetivaciones no están de más. Este hombre ama, de forma muy sui generis, a una muchacha del lugar. El asesinato por parte de ambos del padrastro de la chica al comienzo del film, sella espiritualmente la relación. Un misticismo hecho a base de miradas lacónicas, gestos mínimos,  atravesado siempre por milagros que el vagabundo va propiciando. Desde exorcismos, caminatas sobre las aguas y relaciones carnales semejantes a nirvanas de lascivia. Todos temas y tratamientos muy afines a la obra del director galo. Quien conozca alguna de sus películas previas (Flandres; Hadewijch; La humanidad; 29 palmas) encontrará en Fuera Satán un capitulo más de las obsesiones formales del realizador y sin duda, uno de los más fascinantes. Un autor al que se le puede endilgar amores y odios, pero jamás se lo podría acusar de falta de coherencia.
En Ted, lo sobrenatural es la condición necesaria para poder entrar en la veracidad de la historia. Esto es, creernos que un oso de peluche puede hablar y comportarse como cualquier ser humano. El milagro está al comienzo del film: con el contexto navideño de fondo a un niño le regalan un oso de peluche para que tenga como amigo, éste pide como deseo que hable de verdad. ¡Abracadabra! El oso no solo hablará, sino que luego de su momentánea fama mediática como el único oso de peluche viviente, se dedicará mientras crece a ser un total irresponsable (white trash integral: vago, fumón, putañero) arrastrando a su mejor amigo (Mark Wahlberg) en esa adolescencia eterna -síndrome de Peter Pan en el diagnostico- que tanto retrata las nuevas (buenas) comedias norteamericanas. Si bien Ted no se aleja de premisas ya harto retratadas por estas comedias (otra vez los ´80 y su universo cultural como sinónimo de inmadurez: las referencias a Flash Gordon son desopilantes), tampoco desentonan y el resultado es enteramente disfrutable.
La idea destacable de fondo en ambas películas es que la metafísica no está necesariamente atada a una espiritualidad cristiana, si bien ambas usan la liturgia católica como punto de  arranque: la navidad en Ted, el caminar por las aguas de Fuera Satán por ejemplo. Ni MacFarlane ni Dumont parecen querer atar sus relatos a un tenor religioso determinado, sino a una concepción de espiritualidad que se aleja de los moldes preconcebidos para llevarlas a un contexto totalmente terrenal. Lo orgánico (la carnalidad de la representación sexual e incluso en Ted, la defecación) y lo material (el dinero y cualquier otro bien de intercambio) tienen tanta predominancia en los relatos como lo espiritual.  Y si bien desconocemos totalmente las inclinaciones religiosas de ambos directores, uno imagina a MacFarlane como un hereje blasfemo y a Dumont como un panteísta pagano. Quien aun descrea de la intrínseca relación entre ambos files o le suene forzado aunar a directores tan distintos, me debería remitir a poner como ejemplo el final de ambos filmes ¡pero no!, no teman, no contaremos las resoluciones, alcanza con decir que son increíblemente similares.
Tal vez por prejuicio, uno podría imaginar que alguien que vaya al cine a ver Ted no sería el mismo que iría a ver Fuera Satán, y viceversa. Digo esto pensando en los dichos del periodista Chiche Gelblung que expresó en su programa de radio que “el argentino que guste de Ted es un pelotudo sin remedio”. Aunque me costaría imaginar también a Gelblung viendo Fuera Satán y disfrutándola. Pero, no hace falta llegar a estos extremos discursivos y sí decir que sería una verdadera lástima perderse ambas películas por prejuicios de este tipo. Porque en estas propuestas tan disímiles, sobre todo formalmente (y aquí sí se podría propiciar un interesante debate en torno a la puesta en escena que provoca la diferenciación en los relatos), ponerlas cara a cara y analizarlas, ayudaría a completar una experiencia cinematográfica abarcadora. Poder palpar y sentir al cine como un todo holístico.

*Publicado en Alfil.

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