21/9: RELÁMPAGO SOBRE EL AGUA de Wim Wenders y Nicholas Ray

Fernando Pujato eligió para nuestra tercera velada del “Sálvese quien pueda (de los 80s)” la elegía del alumno Wenders al maestro Ray. El título es irresistible, aunque también se la conoce como “Nick’s movie”.

Relámpago sobre el agua de Wim Wenders y Nicholas Ray (Alemania Occidental/Suecia, 1980, 91′)

Cenizas sobre el Hudson

por Fernando Pujato

 Me miro a la cara y, ¿qué veo?
No una roca granítica como identidad
Sino un tono azul, una piel seca, unos labios arrugados, y tristeza
Y una necesidad tremenda de reconocer
Y aceptar la cara de mi madre
Diario de Nicholas Ray.
Los ’80 comenzaron sin Nicholas Ray pero también con su presencia. Había muerto unos meses antes, en Junio de 1979, durante el rodaje de Relámpago sobre el agua, el film que dirigió junto a Wim Wenders, que no podía concluirse si no desaparecía de este mundo, aunque su sombra planeara sobre el corte final y su fantasma atravesara, como su título, toda la estructura de esta suerte de homenaje casi póstumo que Wenders intentaba poner en escena.
Ya desde su inicio se anuncia una imposibilidad, o más bien un dilema moral: ¿cuál es el límite, la frontera, la tenue línea que separa lo obsceno de una imagen “justa” al mostrar cómo alguien afrenta los últimos días de su vida? Y también, inextricablemente unido junto a esto, una posición más bien estética: ¿de qué manera, qué forma asumir, qué cortar, qué dejar de lado, qué privilegiar?  ¿Cómo ordenar el desorden de la muerte?, ¿cómo alterar su quietud? Y no hay manera, se dice Wenders, frente a él tiene la mítica figura de Ray, a un amigo de la vida a través del cine, a una suerte de padre fílmico, a gran parte de todo aquello que representa una tradición no heredada sino adquirida -o por adquirir- y a gran parte, también, de un torbellino ajeno que nunca se podrá dominar, ni pautar, ni formatear, en aras de una filmografía propia que pondrá más de un título emblemático en los años que siguen a este film sin dominar –El estado de las cosas, París, Texas, Tokyo-Ga.

Pero antes de las citas y presencias cinéfilas, antes de sentir esa carta de ciudadanía cinematográfica que también adquirieron compatriotas un tanto más ilustres a principios de ese siglo, antes de los homenajes inequívocamente póstumos, había que enfrentarse con el amigo americano, consultarlo, acompañarlo, dejarlo ir. Entonces, exponer el artificio jugando con el registro en video y en 35mm, filmando la filmación y filmando lo ya filmado, insertando escenas construidas ficcionalmente y retrocediendo a la construcción documental, mostrar que no se puede, mostrar que algo se puede. Y anunciar desde el primer momento las dudas y los temores, con esa voz en off que se interroga acerca de todo y que advierte, con cegadora claridad, a través del ojo de la cámara, que ese cuerpo inscripto en imágenes no es el mismo con el que se tropieza en la realidad, que señala la distancia del cine como única manera de advertir lo real, no ya de representarla sino una toma de conciencia de que esa distancia es la que posibilita, no tan paradójicamente, sentir el hálito de la muerte. Y preguntar cómo debería terminar ese film, cómo no aprovecharse del otro, cómo no sentir que se lo está manipulando, utilizando, cómo atravesar este film sin el peso de los silencios, sin el agobio de los sentidos, sin ese tránsito hacia una irreversible finitud; sin esa espera.
Pero, a pesar de toda esta carga tan europea y de ese diario tan lacaniano y de esa gravedad casi existencial, a pesar del ícono y sus films, a pesar de su palabra y su eterno cigarrillo y su espantosa lucidez, Relámpago sobre el agua trata acerca del amor y de la amistad, de un amor fundido por el cine, de una amistad encadenada a él, de todo aquello que dispara una escena, un plano, un fotograma, el sentirse parte de una historia y no renunciar a ella, el pensar que sólo a través de imágenes se conquista el derecho de pertenencia y que gracias a ellas, merced a ellas, se puede acariciar el rostro de un amigo, el rostro de su muerte.
Tal vez haya retazos de todo esto antes y después de este film en muchos de los films de Wim Wenders, pero probablemente ninguno posea este desborde vivencial, esta premura fílmica, esta declaración amorosa. Y este grávido respeto por respetar la decisión de ese junco ornamentado de flores, ataviado por cámaras que ya no pueden filmar nada. Y esas imposibles cenizas dentro de un jarrón chino navegando por el río Hudson. A la deriva.
Esta entrada fue publicada en Funciones, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s