19/9: JUVENTUD EN MARCHA de Pedro Costa

Una de las mejores películas del siglo XXI. Es un elogio un poco mezquino. Digamos que una de las obras de arte más importantes de los últimos 5000 años. Ahora sí. No se pierdan la carta de acá abajo por Fernando Pujato, el amante enloquecido de Pedro Costa. (De una serie de cartas que empezó acá, y siguió por acá.)

Juventud en marcha de Pedro Costa (Portugal, 2006, 155′)

Querido Álvarez:
Me alegra mucho que haya dejado de lado ese lugar a causa del cual comenzó la Gran Guerra y esas prácticas un tanto indecentes, aunque lo de Twitter parece un poco preocupante, quizá. En fin, no deseo inmiscuirme en tu vida privada (pasando al tuteo como lo sugeriste) y, sobre todo, viendo que el cine sigue siendo una de tus grandes pasiones, por lo que no hay que preocuparse demasiado si un sms femenino te desequilibra por unos instantes. Suena muy interesante el tal Ophüls, su manejo de los espacios y esa “forma nostálgica” que decís que planea en el film. Estoy muy ansioso por verlo ya que lo de Malasia ha concluido -pero no por suerte porque lo disfruté mucho.
Pero quiero decirte que ahora sí estoy en un problema para contarte no tanto dónde he estado (una barrio marginal de Lisboa y otro con blancas y no tan pulcras casas estatales) sino, sobre todo, lo que he visto, lo que me recuerda aquella frase de Kiarostami de que debemos contemplar la posibilidad de que al cine, como a la poesía, no se lo entienda, o algo así. Entonces, los retazos de imágenes que recuerdo de Juventud en marcha me persiguen ensoñadoramente y no logro integrarlas en algo que semeje el esbozo de una mise en scène -o el disponer de las cosas por no hablar de esa noción que no te gusta o te parece inútil o redundante- sino más bien a una avalancha de planos abrumadores, difícilmente clasificables, desordenadamente emotivos. O tal vez se trate justamente de eso, algo que se resiste a ser integrado, una visita guiada por entre las sombras históricas del cine, la vista imperecedera de un presente que acoge fantasmas sin edad, voces sin lugar, cartas sin tiempo –como un pijama de seda fina, ¿no te gustaría?
Pero sí hay una secuencia que recuerdo vívidamente, en la que alguien (Lento he escuchado que se llama) garabatea sobre una pequeña mesa toda la bronca y la impotencia de aquél que ni siquiera tiene la posibilidad de comunicarse escrituralmente, en la que imagino los sueños postergados y la añoranza de un futuro que nunca llegará a través de la canción que escucha otra persona que está junto a Lento (Ventura he escuchado que se llama) desde un viejo tocadiscos, en la que veo la apremiante e interrogativa mirada de Lento alzando la vista hacia Ventura cuando éste le toma la mano y le dice, imagino que le dice: “sé todo lo que te pasa, sé por lo que sufrís y también sé que no hay salida para nosotros en este lugar… pero no estamos solos, al menos no todavía”. Y también recuerdo a Ventura, casi como sobreimpreso en los planos, ya sea fantasmagóricamente, ya sea como el marido despechado o el padre que nunca quiso o supo ser, transitando cansinamente por todos los espacios del film con la serena convicción de que su búsqueda -la de sus hijos, la de su pasado- es, parece ser, una sucesión de certeros equívocos.
Sé que nuestro editor Sonzini está bastante molesto con el atraso de nuestra correspondencia así que apresuradamente te puedo decir que después de presenciar todo esto cada vez estoy más persuadido de que en la vida tanto como en el cine -que viene a ser casi lo mismo pero tal vez con más contrastes y matices- uno elige la clase de personas que desea para que lo acompañen. Las personas no son películas aunque para persuadirse de lo contrario, además de estar un poco chiflados como lo estamos nosotros querido amigo, sólo es necesario mirar atentamente hacia aquellos que nos rodean. Y ver Juventud en marcha, claro está. Con esta reflexión un tanto cinéfila te dejo un gran abrazo.
PD: ¿Dónde estás ahora?
Pujato
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