14/9: MALA SANGRE de Leos Carax

Nueva presentación del ciclo “Sálvese quien pueda (de los 80s)”. Eva Cáceres nos lleva hasta el segundo film de Leos Carax.

Mala sangre de Leos Carax (Francia, 1986, 116′)

Dos o tres cosas que sé sobre los 80s

por Eva Cáceres

No me resulta una tarea sencilla evocar los años ’80. Principalmente porque nací justo a mitad de la década y a su final contaba con tan sólo 5 años.  Sin embargo, fue una década clave en mi iniciación cinéfila: mi madre me llevó al cine por primera vez. La excusa fue Koneko Monogatari, mejor conocida en español como Las aventuras de Chatrán (1986). Los recuerdos de esa proyección son difusos, fragmentarios, al igual que el resto de las imágenes que rememoran ese tiempo. Tan sólo una imagen permanece y es la de ese gato corriendo por un paisaje de tonos amarillos. El resto es un fundido en negro, intercalado por alguna instantánea (ya lo había dicho Chris Marker, la felicidad al principio, con un largo trozo de cinta negra. Y si no se ve la felicidad, al menos veremos el negro. Así la memoria).
Ese mismo año, un joven Leos Carax de 23 años, estrenaba su segundo film, rabiosamente personal  y poético: Mala sangre (Mauvais sang, 1986). Asiduo colaborador de la revista francesa Cahiers du cinema entre 1979-1980, se ganó el título de  enfant terrible del cine gracias a dos parents terribles dentro de la cinematografía gala como Jean-Luc Godard y Philippe GarrelA partir de su primer film Boy meets girl (1984)Carax marcó una diferencia tajante con otros cineastas contemporáneos a él, como Luc Besson y Jacques Beineix, a los cuales cierta crítica (principalmente cahierista) solía agruparlos dentro del cinema du look, un movimiento influenciado principalmente por las nuevas formas audiovisuales que emergían por esos años.

Mala sangre  se sitúa en un París posible, sin fechas precisas, asediada por el calor del cometa Halley. En este film multi-género (¿es ciencia ficción, gángsters, noir, melodrama o todos a la vez?) Denis Lavant  interpreta a Alex, una suerte de alter ego de Carax (cuyo verdadero nombre es Alexander Oscar Dupont), un outsider del sistema, amante de la velocidad y de las mujeres,  y con ciertas habilidades, como el arte de la ventriloquia y la rapidez con los juegos de cartas. Alex es contratado para robar el único antídoto posible para el peligrosísimo virus STBO, el cual se transmite a través de las caricias, e inclusive entre aquellos que hacen el amor sin amor (cualquier semejanza con el SIDA y su explosión mediática en los ’80 no es pura coincidencia). Alex se muda a lo de Marc (Michel Piccoli), un ladrón de gran trayectoria, quién le impartirá las instrucciones a seguir para concretar el atraco.  Mientras tanto, conoce a Anna (Juliette Binoche), la mujer de Marc, quien se convertirá en el próximo objetivo amoroso del obstinado muchacho.
La constitución de la pareja es un tema central en la filmografía de Carax. En Mala Sangre, la relación entre Anna y Alex se desenvuelve lúdicamente, en clave pop, remitiendo a una estructura rizomática compuesta de colores, texturas (su composición está inspirada en la pintura abstracta de Nicolas de Staël), emociones y situaciones absurdas (como el plano de la nuca de un supuesto Jean Cocteau). Todo es montado de manera fragmentaria y hasta concebido musicalmente: ¿qué es sino el increíble travelling en el que Alex corre al ritmo de “Modern Love” de David Bowie y que es cortado repentinamente, en su momento de mayor éxtasis, cuando Lavant se da cuenta de que abandonó a su enamorada?
Al mismo tiempo, una multiplicidad de intertextualidades, influencias y homenajes al séptimo arte permiten visibilizar la exigente formación cinéfila de Carax durante su juventud. Las reminiscencias  a la Nouvelle Vague, con particular atención a Sin Aliento y Alphaville de Jean Luc Godard, así como cierta admiración por el cine mudo (donde resuenan nombres como Griffith, Vidor y Epstein) sitúan a este film en un constante diálogo con la historia del cine, con su tradición y con lo que dictaban los nuevos tiempos. De esta manera, emergen los extractos de La petit Lisè de Jean Grémillon que Anna mira por la TV, el audio de Candilejas de Charles Chaplin sonando mientras Michelle Perrier,  en un extraño cameo, personifica a una madre con su niño o la mismísima Juliette Binoche encuadrada de tal manera que pareciera que estamos viendo a Anna Karina en Bande à part. Sin embargo, hay algo aún más interesante en la fijación que tiene este director por ciertas proyecciones de antaño. Era justamente en ellas donde Carax encontraba respuesta a su interrogante sobre el futuro del cine y la hacía confesa en la mise-en-scène de sus primeros films: la posibilidad de concebir una forma que sea silente y hablante al mismo tiempo, que pudiese comprender la potencialidad del cine mudo y la del sonido.
“La crítica sirve para establecer relaciones”, declaró una de las voces más jóvenes y lúcidas que tiene la cinefilia cordobesa, Ezequiel Salinas. Quizás Las aventuras de Chatrán y Mala sangre sólo tengan en común para mí un año, una década. Sin embargo, el poder de esta relación reside más allá de la pretensión de encontrar casualidades o semejanzas.  Sirve de excusa para indagar, para hallar ese gesto de sensibilidad en donde la historia individual y la del cine se vuelven una,  atravesadas, inevitablemente, por los estragos del tiempo. O simplemente, para salvar las películas del olvido.
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