12/9: CARTA DE UNA DESCONOCIDA de Max Ophüls

Un clásico para la segunda función del ciclo de Cartas en el cine. Y Martín Álvarez, más lejos de Viena que Ophüls, le responde a Pujato.

Carta de una desconocida de Max Ophüls (Estados Unidos, 1948, 86′)

Pujato:
No sólo ya no vivo en el Imperio Austro-Húngaro sino que ya no me visto de mujer ni salgo de noche a conquistar pianistas. Más bien pierdo tiempo leyendo a la gente en Twitter. Por ejemplo un amigo de la secundaria, que anteanoche se quejaba de vivir al lado de un salón de fiestas. Un malhumor razonable, por cierto. Me reí maliciosamente y recordé el principio de Carta de una desconocida, donde un problema parecido -que tenemos que bancarnos la música de los vecinos- dispara la película. A vos -invito a que nos tuteemos- te gusta mucho insistir con que no hay cine sin espacio público. Pienso que vas a disfrutar de la vuelta de tuerca que Carta de una desconocida le da a esta obsesión tuya, ese momento en que una música de piano sale por la ventana, desciende y seduce a Joan Fontaine que espera en una hamaca del patio.
Que este accidente con el piano es algo más encantador que vivir al lado de un salón de fiestas en el siglo XXI es algo que la película nos sugiere desde su forma. Estamos ante un film algo nostálgico, sí, tal vez nostálgico del todo, pero no como en ese cine más bien nostalgioso que no suele rankear entre tus favoritos. No. Ophüls trabaja el recuerdo con imaginación y deleite y no solamente encuentra algo así como una “forma nostálgica” sino que de paso nos da una respuesta al problema de cómo filmar una carta en lugar de leerla. Asunto que va mucho más allá de la voz en off y que forma parte de la misteriosa relación entre la literatura y el cine. Ophüls pertenece al club de directores que vuelven de la primera con una idea de qué hacer con el segundo. Como en Misterios de Lisboa, película que nos enloquece, pero también las adaptaciones de Rivette o Rohmer, se trata de dar vida a un espacio por el que las criaturas del libro -en este caso de la carta, aunque también del libro homónimo de Zweig- puedan circular plenamente. Carta de una desconocida pasa de la lectura a la invocación y es al dar ese paso que descubre al cine como estrategia para cobijar un puñado de fantasmas. Y mientras avanzan las líneas -algo de lo que ni nos percatamos con el armonioso fluir de la película- el problema no es tanto de reconstruir una historia como de saborear especialmente determinados momentos, acariciarlos. La película nos extiende así una larga serie de paseos: intromisiones secretas en viviendas de lujo, desvíos repentinos al doblar la esquina, trotes de ida y vuelta entre dos alcobas. Hay varios más, te desafío a encontrarlos cuando volvamos a verla. ¿Pero qué quiero decirte, concretamente? Ophüls aprovecha el cine para devolver un poco de presente a esos paseos perdidos. Es allí donde se vislumbra esa nostalgia que te decía antes. Una nostalgia expresada como nunca, exquisitamente, en los términos del cine.
Quería decirte alguna cosa más, sobre todo quejarme respecto a cómo asistir a esta función del amor virtual a principios del siglo pasado te renueva, por una secuela extraña, los temores a que en cualquier momento te liquida una chica por sms.
Pero se me acaba el tiempo y además tu circunstancia en Malasia sonaba algo urgente.
Te escucho.
Álvarez
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