Cine: Cuerpo y Cerebro

por Adrian Martin

[English version here]
La idea viene de Gilles Deleuze: dos tipos de cine, uno que tiende al cuerpo, otro que acentúa el cerebro. No es una definición estricta ni absoluta: cada film mixtura ambas tendencias en proporciones variadas. Como con todas las cosas, es una cuestión de grado, de énfasis. Pero entendemos a qué se refiere el filósofo. El cine del cuerpo es John Cassavetes, Maurice Pialat, Elaine May, Abel Ferrara, Philippe Garrel. Un cine físico, visceral, centrado en la carne, en el contacto entre los cuerpos, en el erotismo y en la violencia, en la “subjetividad corpórea”. Un cine donde la cámara se pone al medio del confuso flujo de la vida.
En el extremo opuesto, un cine del cerebro: frío, cerebral, sistemático, ordenado, racional. El cine de Harun Farocki, Stanley Kubrick, Alain Resnais, Alexander Kluge, Brian De Palma, Straub y Huillet. Sereno, altamente estructurado. Un cine ensayístico, ya sea en su modalidad documental o ficcional.
Godard, Varda, Breillat, von Trier, Eustache, Akerman; muchos cineastas alternan entre films cerebrales y films del cuerpo, en que una o la otra tendencia puede ser la predominante. O las combinan en un mismo film. Pero la muerte reciente de dos maestros nos recuerda la polaridad entre dichos extremos –y la inmensa maestría que surge de la tensión, el ida y vuelta entre ellos y los picos más altos de la historia del cine. Stephen Dwoskin y Chris Marker: cuerpo y cerebro. Dwoskin, vanguardista de vuelo libre por 50 años, creó en su obra una íntima proximidad con su propio e incapacitado cuerpo, recorriendo, en busca de una desnudez literal y metafórica, un largo camino hasta los límites exteriores del placer y el dolor físicos (y también psíquicos).

Retratista paciente del rostro humano individual, de su éxtasis o tormento (o de ambos al mismo tiempo); incansable cartógrafo del matorral confuso de miembros humanos en contacto y en movimiento más allá de los límites de la identidad y el género. Tal como vemos, por ejemplo, en Central Bazaar (1975), donde un “encuentro grupal” happening-hippie termina en un abandono completo de los límites personales –mientras el rostro de Carola Regnier (fallecida el último Noviembre) registra las ambivalentes emociones.
Marker: siempre el texto, escrito o hablado, esmerado y elocuente, el triunfo de la retórica, el ingenio y la asociación poética. Las palabras, el pensamiento y el lenguaje guían todo en la obra de Marker, aun siendo (como Dwoskin) alguien con una sensibilidad visual (y auditiva) prodigiosa. Las imágenes de Marker –de sus tempranos films en los 50s hasta sus últimos y juguetones videos, excursiones por Second Life y obsequios audiovisuales online- nos llegan ordenadas en una especie de gabinete clasificatorio, laberíntico y de super-tamaño: imágenes comparadas, cruzadas, sobreimpresas y, sobre todo, sujetadas por el más riguroso montaje. Como cuando colocó la imagen de una formación de soldados sobre la foto de un glorioso desnudo de Denise Bellon en Recuerdos del porvenir (2003), con una  voz inteligente, suave, que desde la banda de sonido nos guía a lo largo de la cruda y cambiante historia de la “cultura física”, desde los años de la entreguerra hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
También hay muchas conexiones que podemos hacer entre estos dos artistas cruciales en vías de descubrir cómo el medio cinematográfico puede constituirse como un espacio que “enreda” los frecuentemente opuestos polos del cuerpo y el cerebro. Después de todo, ¿no fue Dwoskin quien describió su propia, móvil, temblorosa “cámara ojo” como una forma de “pensamiento visual” –y no la mera expresión de una mirada rudamente libidinosa, como muchos la confundieron en los 70s y los 80s? ¿Y no fue Marker quien trabajó, en su práctica fotográfica y videográfica diaria, un almacén de obsesiones visuales y sensuales (gatos, graffiti callejero, mujeres en multitudes y en trenes, amantes en el metro, todas las que vemos en Chats perchés, 2004) introduciéndonos en un universo personal y singular? Un amigo remarcó, cuando se dio cuenta de que Marker había llegado a los 91 manteniéndose productivo –como Dwoskin- hasta el final: “Eso es historia en serio”. Cada artista, con su estilo distintivo, a través de sus emociones y sensaciones, registra el doble trazo de los cambios históricos: las huellas que el mundo deja en el cuerpo y en el cerebro.

Versión original en inglés publicada en Film Krant. Traducción: Martín Alvarez.
Esta entrada fue publicada en Marker, Textos/Críticas, Traducciones. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s