7/9: TORRENTES DE AMOR de John Cassavetes

Puntapié inicial para el Sálvese quién pueda (de los 80s). El ciclo tiene una formación de lujo y el primero en salir a la cancha es el pasional Guillermo Franco. Nos trae la última película de su querido Cassavetes.

Torrentes de amor de John Cassavetes (Estados Unidos, 1984, 141′)

A juzgar por el medallero cinematográfico, los 80s fueron amorosamente difíciles.
Medalla de bronce para Paris, Texas (Wim Wenders, 1984), la historia de un padre que no es padre, un hijo que no es hijo, y una madre que no es madre hasta que padre, hijo y espíritu santo se llenan de gracia en un peep-show. Ella, Nastassja Kinski, tiene una espalda deliciosa, desvestida por un sweater de Angora. Él, Harry Dean Stanton, llora por dentro y regurgita los verbos favoritos de Cioran: sufrir, amar, partir y andar sin pensamiento.  Ella y él se despiden a ciegas, mirándose sin verse, extraños como dos héroes de Contursi. Ella dice: “Todos los hombres tienen tu voz”. Él: “¡Cómo cambian las cosas los años!”.
Medalla de plata para Los muertos (John Huston, 1987), que sienta a Anjelica Huston y a Donal McCann frente a los ricos discursos navideños de parientes y amigos. A decir verdad, lo más sabroso se deglute al final de la película; ella y él, a solas, en el dormitorio matrimonial. Ella sincera un amor oculto, él silencia versos de Joyce: “Sí, los periódicos tienen razón. La nieve cubre toda Irlanda. Cae sobre la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, suave sobre los pantanos de Allen, y más lejos, hacia el oeste, cae sobre las oscuras y revueltas aguas del Shannon. Uno a uno todos nos convertiremos en sombras. Es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, en la plena gloria de una pasión, que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad”.
Medalla de oro, sí, claro, para Torrentes de amor (John Cassavetes, 1984), el desmadre sentimental al que llegan, por separado(s), los hermanos John Cassavetes y Gena Rowlands (esposos en la vida real). Ella, a un paso del divorcio, recita en los tribunales de familia aquello de: “El amor es una corriente. Es algo continuo que nunca se detiene”. Él, mujeriego de alta graduación, más loco que una cabra llovida, escribe de soledades; las adjetiva excitantes y románticas.
Ahora que lo pienso, hay tres fotografías enmarcadas y colgadas en la misma pared de mi departamento: la columna vertebral más sensual que haya filmado nunca Wim Wenders, John Huston en pijamas, y un jazmín en las manos de Cassavetes, en los brazos de Rowlands.  A juzgar por el medallero cinematográfico, los 80s siguen siendo amorosamente difíciles. Guillermo Franco
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