5/9: LA CARTA de William Wyler

Primera entrega del epistolario cinematográfico que tendremos los Miércoles de Septiembre. Visita a un pequeño poblado de Malasia con Bette Davis y William Wyler. Desde allí, uno de nuestros programadores le escribe a otro.

La carta de William Wyler (Estados Unidos, 1940, 95′)

Estimado señor Álvarez:
Le escribo desde un poblado de Malasia cercano a Singapur (lo he leído en un cartel), pero no me pregunte cómo he llegado hasta aquí porque ni yo mismo lo sé. Lo único que puedo decirle es que acabo de presenciar un asesinato. Luego de ver un travelling de unos trabajadores descansando en hamacas, charlando entre ellos, tocando un instrumento muy parecido a una flauta -o tal vez haya sido efectivamente una flauta- un hombre ha salido de una casa trastabillando seguido por una mujer que lo ha rematado de cuatro disparos. Es de noche, la luna redonda y blanca se asoma y se oculta por entre las nubes iluminando el rostro de la mujer y el cuerpo tendido a sus pies. Los trabajadores acudieron prontamente al porche de la casa y la mujer se ha dirigido al que parece ser el capataz para que los despache y busque a su marido y a un funcionario policial, después se ha encerrado en su habitación. Luego ha comenzado un ajetreo (una palabra un tanto antigua pero recuerde que estamos a principios del siglo pasado) de idas y venidas hasta que el esposo de la mujer consigue que salga de la habitación y cuente al abogado, al funcionario policial y a él mismo qué ha sucedido, así lo ha hecho refiriéndose a que el asesinado -un amigo de la familia- intentó seducirla primero y, al ver que ella no cedía a sus proposiciones, pretendió violarla, por lo que ella se ha defendido tomando un revólver cargado que siempre está en un cajón de un mueble porque el marido pasa mucho tiempo fuera, en la plantación, y temía por la seguridad de su esposa.
Sería un tanto ocioso continuar relatándole lo sucedido con los pormenores que, tal vez, vendrían al caso, si dispusiera de más tiempo para ello y, sobre todo, si hubiese retenido más detalles de la situación. En todo caso, el asistente del abogado (un tal Ong) encuentra una carta que incrimina a Leslie (la supuesta asesina) y la historia que comenzaba con ribetes policiales y amenazaba con ser sólo eso, se transforma en un planteo acerca de la ética, en un dilema moral, y en la vista de una situación colonial en la que el “otro” está situado, claramente, en otras coordenadas culturales; no hay diálogo posible allí. Grandes cuestiones filosóficas y alguna que otra apostilla antropológica depositada en los rostros, los gestos corporales, y la conducta de personas con nombres propios, atrapados en una situación no deseada en la que la única salida posible o probable o deseable es, nada más ni nada menos, que enfrentar una vorágine de mentira, ocultamiento, culpa, y venganza, con la verdad. Aunque eso, por supuesto, pueda costar la propia vida.
Releo estas líneas y caigo en la cuenta de que, aún intentado relatarle lo más fielmente posible lo que he presenciado, faltan detalles y, posiblemente, una inmersión más profunda, en la forma del ver. Tal vez haya sido sólo un sueño y si he mencionado un travelling también hubiera podido hablarle de esa suerte de raccord invisible del cine clásico. Y entonces caigo en la cuenta de que La Carta, un film de Wilder de 1940, se parece bastante a mi sueño, o a mi vigilia.
Afectuosamente,
Pujato
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