27/8: EL TERROR DE LAS CHICAS de Jerry Lewis

Un final absolutamente brillante para el ciclo de Jerry Lewis que animó los Lunes en los últimos dos meses.

El terror de las chicas de Jerry Lewis (Estados Unidos, 1961, 95′)

(…) Por lo dicho hasta ahora y por otras 115.324 razones yo no tengo dudas de que se trata de la mejor comedia de todos los tiempos. Todo en la película es divertido, interesante, profundo, mágico, absurdo, libre, gracioso… y así hasta terminar este número de la revista, los dos que pasaron y las primeras quince páginas de los próximos cinco. Nunca una escenografía tuvo un importancia mayor en un film, conjugando a la perfección la funcionalidad y su significado en la historia. Iluminar esa escenografía debe haber sido una tarea monstruosa, pero está impecable, de la misma manera que la utilización del color. La estructura demencial de ese gran hormiguero es el deseo de un realizador de controlar el universo. Porque a Lewis, como a los grandes cómicos, el mundo se le revela hostil y, a diferencia de los otros cómicos, Jerry es incapaz de hacer algo al respecto. Los planos con grúa que muestran la escenografía y la escena de la grabación del programa de TV revelan una impecable utilización del plano general sin que esto le impida luego mezclarlo con fantásticos gags en primeros planos. Lewis se juega todas la cartas como director y como actor, y el resultado es el punto máximo de su genial estilo. Un humor “absurdo y sin sentido” (como diría la pequeña Alicia) que en el film está plenamente justificado; momentos de delirante poesía y momentos de sencilla emotividad, gags de inigualable perfección, la relación “mágica y misteriosa” (como dirían Los Beatles) de Jerry con el mundo de los objetos cuando nadie lo ve, la siempre presente, y ahora multiplicada, obsesión por las mujeres, que acá llega a límites insospechados, y un inquietante número musical de absoluta libertad con una Big Band incluida tocando en vivo. Música habitual de todos sus films. La capacidad de Jerry para resolver cada escena no tiene límites en este film, todo está impecable. Actúan acá también dos de sus actores de reparto fetiches: Buddy Lester (cuando termine de edificar el monumento a Jerry Lewis, empiezo a juntar plata para el monumento al viejo Buddy) y la monumentalmente matrona Kathleen Freeman (cuando termine el segundo monumento …). (…) Santiago García
Ver El terror de las chicas obliga a rendirse ante la evidencia de la genialidad de Lewis, entendiendo por esta palabra abusada un nivel de libertad y creatividad inaccesible para la gran mayoría de sus colegas. Supongamos que esta película se exhibiera durante un mes en los cines de todo el mundo y se obligara a los espectadores (y a los directores) a verla so pena de no poder entrar nunca más al cine. Es posible que después de esta experiencia (un poco totalitaria, hay que reconocerlo) la concepción universal de lo que es el cine evolucionaría de manera favorable. Lo interesante es que algunos se reirían y otros no (no hay nada tan subjetivo como la idea de lo que es cómico) pero la importancia del film está en otra parte: es insuperable en su modernidad. No hay un plano, una reacción de los personajes, un gag que sean previsibles. Todo puede suceder detrás y delante de la cámara. Pero las acciones son tan fluidas como los sueños porque los sueños no tienen estructura dramática, esa cárcel en la que el cine está cada vez más preso. Pero tienen, en cambio, la cuota de emociones primarias con la que la película está siempre conectada. Estamos espiando el soñar de Jerry con sus pequeñas alegrías y sus profundos terrores. Jerry no es un cómico como los demás a pesar de que domina tanto los gags orales como los corporales y los visuales. Más aun, el personaje de Jerry no tiene yo en el sentido de una personalidad” sino un núcleo de emociones primitivas: es el yo de los sueños, infinitamente variado pero al fin coherente. Por eso puede ser infantil o adulto, dulce y violento, paranoico y generoso y hasta multiplicarse haciendo de su madre o dividiendo su cuerpo en réplicas que lo persiguen. El terror de las chicas se puede ver interminablemente sin dejar de asombrarse por la imaginación continua, la brillantez de la puesta en escena, la mezcla de banalidad cotidiana e irrealidad, la ferocidad con la que los usos sociales quedan expuestos. Esta pesadilla de inadecuación sexual, esta cabalgata por el mundo del cholulismo, este grito de auxilio desesperado tienen lugar en el decorado más extraordinario que se haya construido, esa casa de muñecas de geometría indescriptible y de paredes optativas. Lewis es Godard en primera persona. Quintín
(Ambas notas pertenecen al Dossier Jerry Lewis publicado por la revista El Amante en su Nº 46, Diciembre de 1995)
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