Frank Tashlin por Jean-Luc Godard (1)

Mirliflores y Bécassines

Sobre Artistas y modelos y El teniente llevaba faldas

por Jean-Luc Godard

Al grotesco se lo puede calificar de cualquier cosa menos de ser un género fácil. Transitarlo exige más sensibilidad que inteligencia. Por eso es que a muchos de los directores más inteligentes les cuesta encontrar el camino. Aquí no hay lugar para trampas ni para refugiarse en la torre de marfil de los incomprendidos. Si tus esfuerzos no dan en el blanco o fracasas en divertir con tus payasadas, serás considerado un tonto o un incompetente. Es una ley dura, es cierto, pero efectiva a la hora de evaluar a un cineasta.
Solo aquel que se tome la comedia en serio y no como una mera colección de chistes y bromas inyectados en un drama merece saborear las mieles del triunfo. En este contexto, un Frank Tashlin alerta vale por dos Billy Wilders. La cuestión es que uno no puede enseñar al mejor gagman del mundo, Bob Hope, a que haga caras (El hijo de Rostro Pálido). Sería prudente reflexionar siete años antes de afirmar que El teniente llevaba faldas es una copia porque el director de Susan durmió aquí es un original, un duelo de titanes en el que Tashlin se permite el lujo de sobrepasar a ese tonto de Wilder como Fangio a Porfirio Rubirosa. Es más habilidoso, menos pretencioso para encuadrar, va más rápido y más lejos; no nació ayer.

Al estilo del Cándido de Voltaire o Ricos y extraños de Hitchcock, El teniente llevaba faldas narra las desventuras de una pareja de idiotas que por amarse demasiado llegan a la disputa doméstica y luego al punto del quiebre. ¿Se imaginan a Bécassine [1] y al chico más tonto que se les ocurra intentando probar su amor al otro y consiguiendo tan solo odiarse mutuamente? “La felicidad no es alegre”, dice Max Ophüls; porque la alegría es lo opuesto de la felicidad, agrega Tashlin. Artistas y modelos no hace nada para desmentirlo. Ninguna película podría ser más devastadora, de un humor más amargo, más salado, de una invención cuya riqueza se agrava constantemente por la pobreza de las situaciones, con el espectador incómodo, forzando primero una risa reacia, luego sintiéndose avergonzado, riendo de nuevo mecánicamente, atrapado en una telaraña despiadada de imbecilidades y finalmente estallando en carcajadas ante la falta más absoluta de gracia. Es, en otras palabras, el colmo de la estupidez, pero el colmo en el mismo sentido que Bouvard y Pécuchet [2].
Pero para volver a nuestro punto de partida: con Tashlin no hay punto de partida, y esta es, precisamente, su originalidad. Lo que importa es el punto de llegada, una escena en el límite de lo absurdo y con el feroz y excéntrico mundo de Pim, Pam, Poum [3] de nuestra infancia.
Es evidente que Tashlin recuerda cariñosamente al Lubitsch de Cluny Brown y de Ser o no ser. La comedia americana ha muerto. De acuerdo.
¡Viva la comedia americana!

[1] N. del T.: Personaje de la historieta francesa que lleva su nombre, creada en 1903 por Émile-Joseph-Porphyre Pinchon.
[2] N. del T.: Bouvard y Pécuchet, novela incompleta de Flaubert publicada póstumamente.
[3] N. del T.: Tira cómica francesa.

Texto publicado originalmente en Cahiers du Cinéma, 62, Agosto-Setiembre de 1956.
Traducción: Martín Alvarez. Correcciones: Anna Karina.
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