17/8: LA BALADA DE CABLE HOGUE de Sam Peckinpah

Continuamos con los exitosísimos viernes de WESTERNS ALUCINADOS. Hoy es el turno de Sam Peckinpah y una de sus películas más extrañas y felices.

La balada de Cable Hogue de Sam Peckinpah (Estados Unidos, 1970, 121′)

Cable Hogue encuentra agua donde no la hay y desde allí pone en marcha una utopía pequeña, posiblemente alucinada, decididamente capitalista. El plan de Hogue es vender agua a los viajantes a precios no muy generosos, ofrecerles una comida indigesta al paso y así pagarse la estadía en el desierto hasta el fin de los tiempos. Para fundar ese universo a medida, se le plantea como única condición escriturar el terreno. Luego, sí, organiza la explotación del recurso, instala una cabaña e iza la bandera americana. Lo interesante de Hogue, además de su carácter tosco, casi grotesco, finalmente pícaro, que armoniza perfectamente con serpientes, sacos de arena alojados en las plantillas y demás prestaciones de un desierto de media estrella, está en que estaciona un foco de resistencia conservadora en una época seducida por la idea del progreso. Peckinpah presencia el nacimiento de un universo y se queda a contemplar su modernidad, que acontece como juego de entradas y salidas, o el western convertido en comedia de puertas. Entran y salen: un dudoso párroco, un inestable compañero, una prostituta tierna y enérgica, una novia dulce, un especialista en bienes raíces, clientes asqueados, celosos competidores, antiguos enemigos, un repentino heredero. Varios son la misma persona. En el medio ocurre, imperceptiblemente, el cambio. Peckinpah retrata nacimiento, modernidad y muerte de un mundo sin abandonar la libertad, un humor en estado bruto, estallidos de grosería y una alegría desenvuelta. Su forma de entrecomillar el revolucionario invento del automóvil haciendo aparecer un cacharro horrible en el horizonte es un gruñido expuesto de manera burlona y sin duda hermosa. Sus funerales a carcajada limpia contienen el secreto para sobrellevar la melancolía. Peckinpah, imprevistamente, nos prepara para el futuro. Martín Alvarez
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