Historia(s) Argentina(s)

Sobre Tierra de los Padres, Mauro Andrizzi y El pasante*

por Alejandro Cozza

Este fin de semana estará cargado de estrenos de cine nacional. A la llegada de una nueva comedia con (estuve tentado a escribir “de”) Adrian Suar se contrapone, en saludable decisión por parte de los cineclubes cordobeses, la pasada de películas de jóvenes directores nunca antes vistos en la ciudad y con pretensiones menos “industriales” del film de/con Suar. Son muestras de un cine nacional con búsquedas e inquietudes personales y disímiles. Una buena oportunidad para apreciar la variedad de estilos y temas del cine argentino actual.

La película más importante de la tanda, Tierra de los Padres de Nicolás Prividera, se podrá ver en el Cineclub Municipal. Un film esencial, porque como pocas veces antes un director se anima a meterse en la historia argentina con semejante valor y determinación, dispuesto a dar su mirada y discurso. Desde el cementerio de La Recoleta y sobre las tumbas de personajes ilustres que fueron marcando, con sus dualidades, las luchas intestinas que fueron desgarrando al país, Prividera sitúa a personas (¿fantasmas?) leyendo párrafos de libros claves para la historia argentina. Son textos fundantes en algunos casos, desconocidos en otros, pero siempre con la intención de un diálogo en continuo que empieza desde las postrimerías de la Declaración de la Independencia y llega hasta la última dictadura militar. Son casi 200 años de historia condensados y diseccionados como por un bisturí por la lucidez de Prividera. Pocos lugares pueden, como ese cementerio, condensar tanta historia nacional, tanta lucha de clases. Prividera remata su tesis de oposiciones dialécticas en un plano aéreo (que ya está haciendo historia en el sentido más presente del cine argento) conjugando esa necrópolis oficial con ese otro cementerio clandestino que tiene la Argentina ubicado a unos pocos metros de allí, el Río de la Plata.
Si me disculpan la indiscreción personal, este columnista cree que hay pocas cosas más hermosas de ser filmadas que personas leyendo, un motivo más por el que considero fascinante el film de Prividera y que me acerca también a las películas de Mauro Andrizzi. Ya que la lectura, lo textual, es clave en la estructura de los dos filmes de este director que también se podrán ver en el Hugo del Carril. Hay mucho riesgo y búsqueda por parte de Andrizzi en sus filmes y una libertad formal que se agradece. En base a relatos orales en la película En el futuro y en un texto narrado con voz en off por parte de Cristina Banegas en Accidentes gloriosos, se tejen distintas viñetas de historias amorosas. Siempre con particularidades brindadas por una sexualidad liberada (la excepcional secuencia de besos al inicio de En el futuro como muestra y declaración de principios) que van de la curiosidad a la obsesión, de lo pornográfico o lo erótico, de lo mental a lo pasional.

Por último, Cinéfilo Bar estrena El pasante, un film de factura minúscula con pocos actores, una sola locación, escasa duración y línea argumental mínima. Pero en cada decisión de puesta en escena que toma su directora, Clara Picasso, una gran energía se condensa en pequeños detalles y potencia un film rico en matices interpretativos para un espectador atento. La película transcurre entera dentro de un hotel de primera categoría y cuando la directora se dedica a retratar a los distintos trabajadores del establecimiento en la primera parte del film, es extraordinaria. Hay un dialogo aquí referido a los espacios y sus habitantes que se puede establecer con el film de Prividera. Tanto el cementerio de Recoleta como el hotel son lugares reservados a la aristocracia en donde el entrar y pertenecer denota ingresos abultados que no están al alcance de la clase trabajadora. Pero tanto Picasso como Prividera dedican primordial atención a los obreros de dichos sitios. Mientras en Tierra de los Padres los trabajadores son los que cuidan las tumbas –inclusive pueden llegar a tener un panteón al lado de los patriotas- y colaboran para sostener la historia del país con su labor; el personal de El pasante son solamente sujetos subordinados al sistema. Pocos lugares como un hotel pueden dar cuenta de jerarquías clasistas tan marcadas. El régimen es cuasi marcial y  las pocas libertades individuales se toman como auténticas rebeliones permitiendo el surgimiento de una pizca de humanidad. Al inicio hay un momento revelador: el pasante de botones tiene que refregarse algodón por la cara, si éste se queda adherido a su rostro es que no está correctamente afeitado al ras. Una gran decisión de puesta en escena por parte de Picasso deja afuera del plano al gerente que ordena el acto. El rostro del explotador puede tener múltiples facetas. El cine, cuando tiene a realizadores conscientes de la historia y capaces de conjugarla simultáneamente en tiempo pasado y presente, en un diálogo sincrónico, es quien se encarga de quitar esas caretas.

* Publicado en Diario Alfil el 15/8/2012.

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