Un día en la vida

por Santiago González Cragnolino

¿Por qué acotar la duración de lo que se narra a un día? A partir de ese simple interrogante se hizo una selección de films que se pasea libremente por distintas latitudes, distintas épocas y estéticas heterodoxas entre sí. En el camino, si no nos perdemos, trataremos de ensayar diferentes hipótesis sobre la pregunta que sirve de disparador para este ciclo. 

Un día en la vida de Ferris Bueller: Este muchacho es el maestro absoluto de hacerse la chupina. Para lograr su cometido utiliza todo tipo de técnicas y, sobre todo, hace un ingenioso uso de la tecnología, resignificando las funciones de distintos objetos para ponerlos al servicio de su antojo de desobediencia. La película replica el espíritu de su protagonista, en su uso del lenguaje cinematográfico y las convenciones del género. La tecnología al servicio del hombre, el lenguaje del cine al servicio del gag cómico. La película es una oda al y una muestra del poder del ingenio, un homenaje a la inteligencia, tanto de su personaje principal, como del espectador atento a la enorme cantidad de chistes ocultos o sueltos dentro de la película.
Al ver la película somos testigos de uno de los escapes de Ferris, junto a su novia y su mejor amigo. En su búsqueda de escapar de la rutina (y de la angustia adolescente, el trasfondo emocional que aleja a los personajes de la caricatura), Ferris es el motor de distintos acontecimientos, momentos fuera de lo reglamentado, momentos sublimes (la visita al museo, el desfile, la vuelta a casa, por nombrar algunos). El director John Hughes firma un relato que afirma que, en menos de veinticuatro horas, podemos presenciar y ser parte de tres o cuatro momentos/secuencias extraordinarias. (Ferris Bueller’s Day Off de John Hughes, 7/8)

Un día en la vida de Virgil Jderescu: Todo transcurre en la víspera de navidad, en la ciudad de Bucarest. Pasaron 16 años desde los eventos que llevaron a la caída del régimen comunista rumano. Virgil es el conductor de un programa televisivo amateur. Para la emisión de ese 22 de diciembre, el presentador invita a dos particulares conciudadanos, presentes en las manifestaciones de aquel día de 1989 en el que se derrocó al gobierno del dictador Nicolás Ceaucescu. Para el conductor, todo el asunto se trata de responder a una pregunta: lo sucedido hace 16 años ¿fue o no una revolución? Si acordamos con lo que escribe Jacques Rancière, lo real es siempre objeto de una ficción. “Es la ficción dominante, la ficción consensual, la que niega su carácter de ficción haciéndose pasar por lo real en sí” (El espectador emancipado, 2010). Es así cómo se escribe la historia, cómo se legitiman los discursos oficiales, cómo se afirma el Poder. En este caso lo que hace Virgil Jderescu (desde su ignorancia, desde sus ínfulas de erudición) es, inadvertidamente, construir una ficción televisiva en torno a lo real. Invita a un par de sujetos devenidos “panelistas”; toma llamados de la audiencia, qué, al modo del reality show, dan su voto sobre la cuestión a zanjar. Con la misma facilidad con la que se decide “quién sigue en La Casa” o “quién abandona el concurso de baile”, se dirime la historia del país. El realizador Corneliu Porumboiu toma el punto de vista de la cámara televisiva. Camuflado en un aparente chiste sobre la impericia de un camarógrafo inexperto, con verdadero pulso cinematográfico, el realizador se adueña de la principal arma televisiva. Hace suya la cámara e impugna la mentira de la democracia televisada. Devela el ridículo de hacer de la historia un relato único y explicado con una precisión irreal: Bucarest, 12:08. No se trata de abordar un “día histórico”. La historia se construye, y se construye todos los días. (Bucarest, 12: 08 de Corneliu Porumboiu, 14/8)
Un día en la vida de la casa de la familia Brewster. En Arsénico y encaje antiguo, la mayor parte del relato transcurre dentro de este espacio. Allí se encuentran y desencuentran los distintos miembros de la excéntrica familia: Mortimer (Cary Grant), el autor best seller sobre libros que pregonan en contra del matrimonio, el favorito de las aparentemente inofensivas tías Abby y Martha; el tío Teddy, quien cree ser el vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt; y siempre presente, el hermano perdido Jonathan, quien suscita recuerdos poco agradables en sus familiares.
La particularidad que tiene esta casa no es sólo que es habitada por esta colección de personas insólitas. El edificio no es el mero continente de los personajes. La casa parece tener vida propia. Parece, digo, porque no está dotada de una personalidad, ni está poseída por un espíritu. Es una entidad cambiante, maleable, reflectiva. La atmósfera que adquiere es siempre un reflejo del personaje que domina la escena, esto es, el que cumple el rol activo y dominante dentro de lo que son las disputas que se dan en el seno del hogar. Del clima apacible y ligero que experimentamos con las tías, a la oscuridad total de las apariciones de Jonathan, al descontrol inevitable que invocan las intervenciones de Teddy. En realidad, como ya verán, se trata todo de una representación. La casa es un estudio de filmación y detrás de la ilusión, detrás de la cámara está el gran Frank Capra. El trabajo de iluminación, que permite estos pasajes de un clima a otro; la cámara siempre ubicada de modo tal que podemos saber exactamente dónde se encuentra cada elemento y cada habitación, cómo si hubiéramos habitado la Mansión Brewster por años; el trabajo con cada uno de los actores, y un largo etcétera hacen de este uno de los mejores trabajos de una carrera ya destacada. Voy más allá, con Arsénico… Capra no hace una de las mejores comedias negras que se hayan filmado. Inaugura un género nuevo: la comedia tenebrosa.
No podemos dejar de mencionar a Cary Grant, esa criatura de la edad mitológica del cine, el Hollywood Clásico. Mitad galán, mitad payaso puede manejar cualquiera de los dos registros a la perfección. Y siempre a gran velocidad. En este caso, la comedia le permite dar rienda suelta a toda su capacidad hiper-kinética. El tipo está desatado.
¿Por qué hacer una película que transcurre en un solo día? A veces es difícil seguirle el paso a Cary Grant. (Arsénico y encaje antiguo de Frank Capra, 21/8)
Un día en la vida de Sima Mobarak: Sima es una de las tantas mujeres iraníes que quieren presenciar el partido que puede clasificar a su país a la copa del mundo del fútbol. Una vez que ingresa al estadio, es apresada por la policía que custodia el evento y escoltada a una especie de celda improvisada con vallas en la que se encuentra con mujeres en su misma situación. Es que, entre otras tantas prohibiciones y censuras, las mujeres no pueden presenciar un evento deportivo. Desde ese momento, vemos los intentos de las chicas por escaparse de su encierro y perderse entre el público asistente al encuentro. La película Offside es un fiel exponente de esas películas que borran la distinción entre documental y ficción.  En este caso la modalidad adoptada es una postura frente al cine, pero es más una necesidad que una decisión estética. El final de la película fue rodado el mismo día en el que ocurrió el partido. Así, el director Jafar Panahi, no sabía cual sería el resultado final de su film. Offside deja que el relato creado hasta el momento choque con los acontecimientos de ese día particular, y Panahi se dedica a registrar lo sucedido en las calles después del partido. Decide incorporar a su film lo que la realidad le impone al libreto. El resultado final es tanto ficcional cómo documental. En otras palabras, el resultado final es cine. (Offside de Jafar Panahi, 28/8)
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