4/8: SATANTANGO de Béla Tarr

Función histórica en Cinéfilo. Es una apuesta y un riesgo, pero de eso se trata un poco el cine, ¿no?

Satantango de Béla Tarr (Hungría, 1994, 450′)
Habrá 3 intervalos de 20 minutos cada uno.

Filmar en el plano

por Fernando Pujato

El conocimiento de que lo que está ante nosotros no tiene ninguna significación práctica en el mundo es lo que nos permite prestar atención a su apariencia como tal.
Susanne Langer. Sentimiento y Forma.
Si se ha visto uno de los mejores inicios de la historia del cine, ese fabuloso plano secuencia dentro de un bar que despliega la luz y las sombras del mundo anticipando gran parte de lo que encierra Armonías de Werckmeister, si se ha visto, también, el fabuloso e inquietante plano secuencia que instala el clima de todo lo que va a suceder luego en El hombre de Londres, o presenciado el agobio de nuestra y otra especie en Caballo de Turín, o asistido al encierro ominoso de Nido familiar,  se puede estar medianamente preparado para enfrentarse a Satantango, o mejor, a ciertas escenas, a ciertos ambientes, a ciertas atmósferas, a ciertos rostros y figuras. Se puede. ¿Y si no?, ¿qué ocurre?, ¿cómo situarse frente a eso?, ¿frente a más de siete horas de un film que bien podría compendiar todo lo que ha hizo antes y después Béla Tarr? También se puede.
Y no se trata de sentarse, paciente y un tanto resignadamente, ante planos que duran diez, quince, veinte minutos (algunos más pero ninguno menos) con la -no tanto- secreta esperanza de que pase algo más de lo que se está viendo, o asumir un estado contemplativo con la -de seguro- secreta esperanza de que este tipo de cine requiere de un suerte de arrobamiento secular que lo distingue de otro tipo de cine, o decirse, tal vez secretamente, que después de todo es una obra maestra, un film que ya se encuentra en el podio de la historia del cine y que verlo es la obligación de todo cinéfilo que se precie de serlo, o tratar de encontrar la puerta de acceso, el hilo conductor, la llave maestra, la idea que lo englobe, el se trata de esto; la síntesis. Nada de esto es necesario porque en Satantango pasa de todo, no hay nada sobre lo cual meditar y no tiene ningún sentido encerrarlo en un límite explicativo o en un análisis interpretativo. Y si hay algo que buscar en el film sin perderse en una vorágine comprensiva, ese algo está en los planos, en el tempo que los tensiona, en lo que ocurre en ellos, y no tanto en el montaje, ni en sus márgenes, ni en su encadenamiento. No es que todos los planos puedan verse como algo autónomo, una suerte de cortos que se explican por sí mismos y cuyo sentido global sólo se percibe al final, sino que cada uno lleva en sí el peso de todo el film aún cuando no todos ellos tengan el mismo significado para con su conjunto, para con su desarrollo, para con su finalidad, para con ese círculo que, final y oscuramente, se clausura sobre su principio.

Que es, por decirlo prontamente y más allá del tan citado plano secuencia de las vacas como una metáfora situacional o una alegoría de vaya a saber qué, la instalación de un misterio y el inicio de una intriga, un sonido de campanas que se escuchan allí donde desde las invasiones turcas no hay ni capilla ni campanario y un pacto, en principio más o menos secreto, para transformar el reparto de un dinero colectivo en una acotada confabulación. Ese ensueño y este complot permean, circundan, y atraviesan Satantango como algo absoluto, unas coordenadas fantasmagóricas y terrenales que se apropian de las conductas de sus personajes e instalan una fantasía a futuro dentro de un presente en el que ninguno de ellos parece querer vivir. Tal vez por esto, al igual que en Alemania, año cero aunque de una manera un tanto menos cruda y un tanto más poética, un niño decide abandonar ese mundo, un doctor de profesión doctor toma nota de los acontecimientos que puede ver e idear desde su ventana sin salir de su casa, acumulando ingentes volúmenes acerca de sus vecinos y planos de sus viviendas, una mujer se prostituye por dinero y la otra por diversión, y todos los hombres todos se emborrachan al ritmo monocorde de un acordeón que también suelta un tango, y dos ex presidiarios, o algo por el estilo, se convierten en informantes de la policía, o algo por el estilo, y un grupo de aquellos a quienes aprendemos a conocer y, probablemente, a comprender sin apelar a una empatía facilitadora, aceptan un incierto destino fuera de esa granja y de esa lluvia perenne y de ese barro ominoso; de ese paisaje desolador. De esa vida que lo es aún más.
Todo este cuadro de voluntades aunadas por la enajenación, por esa cotidianeidad de engaños que bien pronto dejan de serlo cuando ya todos saben de qué se trata el engaño, cercados por una geografía en blanco y negro, que golpea, que moja, que entumece, atrapados por la  conciente desesperación de que esa habitualidad pareciera ser la vida que se debe aceptar vivir y de que ese lugar pareciera ser el único albergue permitido o posible o llevadero, no es, sin embargo, la vista de las miserias del género humano -o de los actos miserables que se invocan en su nombre-, ni un muestrario de patologías más o menos reconocibles, y mucho menos una inmersión en las profundidades del inconciente. Ni un documento, ni un informe sociológico, ni un estudio psicológico, tan sólo el transcurrir de una corriente vivencial a través de las formas terrenas del cine. Que estas formas adopten distintos puntos de vista para con una misma secuencia, aunque no de forma progresiva sino más bien complementándolas, que por tramos (por planos, sería un tanto más exacto) nos encontremos ante una comedia de humor negro, un policial de ribetes un tanto absurdos y una sátira sobre la burocracia estatal, ante el fracaso de un sentir colectivo y el triunfo de una retórica del engaño, ante un éxodo expectante y la dispersión hacia la nada y, sobre todo, la idea de que la locura no es un estado excepcional sino que forma parte de nuestro acaecer en este mundo, es lo que convierte a Satantango en un film, en una forma maravillosa, con personajes maravillosos, con situaciones que maravillan.
Se puede o no haber visto algo de Béla Tarr antes de toparse con Satantango. No es necesario para maravillarse.
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