27/7: CUARENTA PISTOLAS de Samuel Fuller

Ale Cozza -posiblemente el fanático más intenso de Sam Fuller en el mundo- viene esta noche a presentar una nueva película del ciclo “Westerns alucinados”. Y antes de venir asegura: “El cine es el western”.

Cuarenta pistolas de Samuel Fuller (Estados Unidos, 1957, 79′)

¡El cine es el western! Y como no tengo mucho espacio para explicar esta  afirmación categórica, la dejo impuesta como un axioma… ¡A fuerza de pistola! Como en el oeste. De esta manera todo cambio en la estructura de un western clásico es una modificación directa en la estructura mayor de la historia de las narraciones cinematográficas. Y por eso es significativa Cuarenta pistolas: porque determina una variante en el formato clásico que singifica una reescritura moderna del lenguaje fílmico, desde el género cinematográfico por antonomasia. Sam Fuller, como todo gran director clásico (luego considerado pre-moderno en posteriores re-categorizaciones teóricas nouvellevaguistas), hizo westerns. Por más que los noirs y las bélicas hayan sido su especialidad. Y con Cuarenta pistolas pasó lo mismo que ocurría con todo género con el que se metía: lo ponía patas para arriba. Si hay que definirlo como director habría que imponer otro axioma: el tipo se fue al carajo siempre en todo lo que hizo y quiso. Formal y temáticamente. Anarco de nacimiento más que de convencimiento, llevó su propia ley al oeste. E invirtió en Forty guns las convenciones genéricas del western clásico: a) Si era propio de hombres, él lo hizo propio de mujeres y puso una mina al frente del reparto. ¿Cómo? ¿Cuando hablábamos de género nos referíamos a hombre/mujer? ¡Sí! ¡También! Cuarenta pistolas es un western travestido con faldas y a lo loco y con 40 pistoleros bien rudos detrás de los bucles de la mujer de más armas tomar del oeste (perdón Joan Crawford y Nick Ray; perdón Marlene Dietrich y Fritz Lang). Y b) Porque la filmó como se le cantó: a Barbara Stanwyck y a la película. Montando a troche y moche como tipo caprichoso que era, pero siguiendo un método que todo director quisiera poseer: el de confiar en sus instintos brutos pero con un sentido narrativo magnánimo, haciendo de su filmografía la mayor incoherencia con sentido del cine, y una de las más influyentes. Si Godard detonó el cine moderno con Sin aliento, fue porque Sam Fuller le pasó la bomba un par de años antes con esta película. Si ven la escena del catalejo en ambos filmes, comprobarán de forma irrefutable esto que digo. Capaz que algunos axiomas no sean solo caprichos. Ale Cozza
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