26/7: HACERME FERIANTE de Julián D’Angiolillo

Tercera y penúltima función del estreno argentino del mes. Fascinante incursión a la feria La Salada. Entretanto y según parece, instalarían una sucursal de la feria en nuestra provincia. Pero una película es algo distinto de una noticia. Lo cual suena obvio y entonces hace falta preguntar: ¿algo distinto en qué, concretamente?. Una posible respuesta: en lo que encuentra Fernando Pujato en Hacerme feriante y que comparte en el texto que sigue.

Hacerme feriante de Julián D’Angiolillo (Argentina, 2010, 93′)

El otro mundo

por Fernando Pujato

Un hombre que acaba de conocer a una mujer incidentalmente va a visitarla a su trabajo, él es guardia de seguridad en un parque temático y ella es comerciante, antes de encontrarse en el piso de arriba el hombre atraviesa unos talleres de costura donde, según le explica ella luego, se fabrican réplicas de cualquier marca que se desee. La secuencia pertenece a El Mundo, el gran film de Jia Zhang-Ke que pone en escena una gran ilusión: pasearse por las grandes maravillas del mundo “sin salir de Beijing”. Pertenecer, distinguirse, aún sabiendo que ese parque es una réplica falaz, un engaño sustentado por cientos de trabajadores (del interior de China pero también de Rusia, por ejemplo) tratando de vivir sus vidas como pueden en el interior de esa fábrica de sueños hollywoodense. El film es algo más que esto pero es suficiente con esto.
Suficiente para homologar, en algún sentido, la ficción de Jia con el documental de D´Angiolillo, que si bien arranca con un recorrido histórico de la zona de La Salada, con sus playas y sus balnearios, sus paseos y sus modas, con esas fotos en blanco y negro de una época absolutamente irrepetible, y esos noticieros en blanco y negro de otra época más irrepetible aún, aunque un tanto más cerca en el tiempo, nos instala en un presente al parecer inconmovible, a pesar de los esfuerzos de los políticos de (este) turno que con sus impecables trajes y promesas populistas a futuro no logran convencer a los incrédulos ciudadanos para mudar la feria o para formar cooperativas; para ordenar políticamente un caos que, en realidad, no lo es tanto. Porque hay días específicos de ferias, de tal a tal horario, porque todo se prepara con antelación a la hora de apertura, porque los feriantes saben lo que se debe hacer para que una feria funcione, y porque el problema que presenta el film no es tanto qué se debe hacer con eso sino más bien las bases sobre lo que se sustenta lo ya hecho.
Y estas son, por supuesto, no ya el trabajo en sí mismo sino sus condiciones materiales: comer, dormir y trabajar en el mismo sitio, copiando cientos y cientos de dvd y cd, con sus respectivas carátulas, etiquetándolos, envasándolos, cortando metros y metros de tela, cosiendo, pegando las marcas, llevando la mercadería a otros talleres para su terminación, y trasladarse hasta la feria y acomodar el puesto y vender -intentar vender- y dormir en él y desarmarlo. Y decenas de colectivos en una playa de estacionamiento abarrotada, transitada por aquellos que aún no han terminado de llegar a sus puestos, y mientras tanto las puertas se abren y entra el público que compra, que come y duerme también en la feria. Es de noche. Es de día, estamos en otra feria, a la vera del río, en una precariedad que sólo hemos visto en algunos films africanos, y en otra más, casi sobre las vías del tren que avanza despaciosamente rozando los puestos de ropa y de comida, la misma precariedad. Y la gente que circula por un puente, que va y viene en fila de a uno, o de a dos, con sus grandes bolsas negras al hombro, arrastrándolas, y con esas bolsas que hemos visto en muchos films chinos, y con mochilas, y con cualquier cosa que se pueda cargar. Y entonces, mientras tanto, la vista de toda esa muchedumbre y toda esa mercadería y toda esa comida y todos esos puestos se va desvaneciendo porque todo se termina, quedan los restos, los esqueletos, la suciedad, algún que otro auto o colectivo que circula por las calles, ahora, casi desiertas; un espacio devastado, una zona de guerra fronteriza. El fantasma de una feria.
No debe haber muchos films que documenten –y este lo hace muy bien- no ya digamos, el trabajo, el proceso productivo, las maneras y las formas de vender, de comprar, y de vivir una experiencia conmovedora para los que están de uno u otro lado de un puesto de lo que sea, sino la sensación de que se está asistiendo a un fenómeno que un director chino imaginó poner en una pantalla: montar una apariencia. Y ya todos sabemos que las apariencias no engañan.
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Una respuesta a 26/7: HACERME FERIANTE de Julián D’Angiolillo

  1. Mayté Saine dijo:

    Qué bien lo has hecho, Pujato. Emocionante.

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