18/7: A TRAVÉS DE LOS OLIVOS de Abbas Kiarostami

A través de los olivos de Abbas Kiarostami (Irán, 1994, 103′)

En principio encontrar un cuaderno, una porfiada búsqueda para que un amigo no sea expulsado del colegio, luego, encontrar a los protagonistas de ese film en el medio de una devastación. Tal vez a Kiarostami no le guste mucho que se hable de una trilogía de Koker, pero es indudable que los tres films que la componen guardan una estrecha relación entre sí, dialogan con sus imágenes rurales y sus oblicuos senderos, su persistencia vivencial y su entramado social y, sobre todo, en una época para nada lejana en el tiempo, su indeterminación fílmica, que ya muchos, hoy, han puesto de moda como si el futuro del cine dependiera de esto. Y en el centro de todo esto un movimiento continuo, centrífugo, como si parar, dejar de buscar objetos o personas significara detener al mundo, detenerse, dejar de pensar en el otro, de pensarlo, no filmar, no filmarlo. Y en el centro de todo esto, el lugar casi físico desde el que todo se expande, un tema, una excusa, una necesidad. La amistad de ¿Dónde queda la casa de mi amigo?, la búsqueda de Y la vida continua, y este encuentro no precisamente cordial que construye la ficción de A través de los olivos, y menos aún cuando el rodaje cotidiano finaliza y los dos personajes quedan solos, lado a lado, en un diálogo de uno y en la inmutabilidad de otro.
Tal vez no sea estrictamente necesario haber visto los dos films anteriores de Kiarostami, para comprender y dimensionar lo que está ocurriendo en éste porque, sencillamente, se trata de un pretendiente despechado por sus condiciones materiales de vida aún cuando no parece haber muchos, ni tan dispuestos como Hossein, en este lugar asolado por un terremoto reciente en el cual todo se traslada, circula, muta: el equipo de filmación apostado en un campamento improvisado donde Hossein hace las veces de cocinero y es aconsejado por el director del film acerca de sus aspiraciones para con Tahereh, la asistente de producción que debe pasar todos los días por la casa de esta y discutir acerca de su vestimenta, su altanería y demás cuestiones adolescentes, la gente del poblado que vive “allá”, señalando un punto indefinido en la vastedad de un paisaje que excede cualquier dimensión humana, el film que se filma, la indecisión de lo filmado. Y una tenue probabilidad: encontrarse, final y genuinamente, en el vórtice de un hacer cine. Fernando Pujato
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