Encontrar(se) en el cine

por Fernando Pujato

encontrar (del latín in contra): 1. Dar con una persona o cosa que se estaba buscando. // 2. Dar con alguna persona o cosa casualmente, sin buscarla.
Y sus derivaciones, que no son pocas, por cierto, y menos aún en el cine, que algunos creen ver como un lugar donde todo es un encuentro, un espacio donde las personas se cruzan y entrecruzan a lo largo de un poco más de cien años de arte y un tanto más de historias dentro de este arte. Tal vez así sea, pero un repaso no tan exhaustivo también podría arrojar un buen número de films donde no se produce ningún encuentro, mundos cerrados sobre sí mismos, clausurados en su devenir fílmico pero que, sin embargo, pueden expandir nuestra mirada tanto como aquellos otros en los que, se supone, reposa la tradición y la distinción del “arte de mostrar”, como lo señalaba Serge Daney, y no el arte de encontrar (se) como no lo señala nadie -al menos nadie que recuerde. Extraña presentación para un ciclo de films de encuentros, aunque no tan extraña como para reforzar la idea de que el cine no se trata de esto o de esto otro, o de aquello o de aquello de más allá, el cine se trata de un montón de cosas, entre ellas hay casuales encuentros.
No es otra cosa lo que ocurre en Lake Tahoe donde un hecho totalmente fortuito es el que encadena a sus personajes: es necesario reparar el auto, es necesario buscar alguien que lo repare, y es necesario también establecer algún tipo de vínculo con las personas supuestamente idóneas para realizar el trabajo. Lo que le ocurre a Juan fuera de su casa, en el espacio público, es lo que va a terminar transformando no sólo su relación con aquellos con quien establece una conexión mientras deambula en busca de un repuesto para su auto, sino también con su familia, con el adentro de su vida presente señalada por una madre intentando sobrellevar la muerte de su marido como puede -y puede muy poco- y un hermano menor encerrado dentro de una carpa en el jardín de su casa. Esta construcción de un espacio discursivo social a partir del cual las acciones adquieren un sentido literalmente reparador, en cualquiera de las acepciones que posee esta palabra, es un progresivo ordenamiento escénico que posee la dinámica propia de un viaje iniciático, de un transcurrir público, de un devenir resolutivo. Y la amabilidad de unos encuentros.

“A través de los olivos” de Abbas Kiarostami

No es precisamente cordial el que sostienen los dos personajes principales en la ficción que construye A través de los olivos y menos aún cuando el rodaje cotidiano finaliza. Y no es necesario haber visto Y la vida continúa, el film anterior de Kiarostami, para comprender y dimensionar lo que está ocurriendo en este otro porque, sencillamente, se trata de un pretendiente despechado por sus condiciones materiales de vida aún cuando no parece haber muchos, ni tan dispuestos como Hossein, en este lugar asolado por un terremoto reciente en el cual todo se sigue moviendo: el equipo de filmación apostado en un campamento improvisado donde Hossein hace las veces de cocinero y es aconsejado por el director del film acerca de sus aspiraciones para con Tahereh; la asistente de producción que debe pasar todos los días por la casa de ésta y discutir acerca de su vestimenta, su altanería y demás cuestiones adolescentes; la gente del poblado que vive “allá”, señalando un punto indefinido en la vastedad de un paisaje que excede cualquier dimensión humana; el film que se filma, la indeterminación de lo filmado. Y una tenue probabilidad: encontrarse, final y genuinamente, en el vórtice de un hacer cine.
Lo mismo que ese ¿documental acerca de los “modernos” habitantes de las cavernas?, que esa ¿ficción construida a partir de un trabajo documental?, que ese ¿jugar con y acerca del tiempo? Hay imágenes que son, claramente, de archivo pero otras (como la vista del barrio de travestis) que podrían no serlo, podrían ser una elaboración de Marcello, como así también las del puerto y la de toda esa gente que habita en esas “cavernas”. Y todo esto no importa, no importa saber si son actores o no, o si es una película por encargo, si En la boca del lobodescubrió ese otro mundo y se dijo por qué no hacer un film sobre Enzo y María, sobre la esperanza de los que ya no la tienen, los sin futuro, los que han perdido lo único que tenían, su libertad, y siguen empeñados en permanecer en este mundo, pese a todo y, tal vez, contra todo. Y registrarlo sin nostalgia, sin el sempiterno rescate de los desposeídos, sin ese discurso tan burgués de que los marginados desde siempre (y los niños y los locos) tienen la clave del vivir. Y entonces pongo en la pantalla lo atroz y lo divino de ese vivir en esa Génova siempre histórica, y que todo ese amor y esa amistad y ese designio, toda esa porfía por permanecer en este mundo, sea un encuentro casi fuera de campo, rodeado por una ciudad.
O un encuentro merced al cine, literalmente. Ese es el lugar elegido por Resnais para que sus personajes finalmente se conozcan o, más exactamente, al terminar un film, en una calle desierta, con luces de neón y el cartel de una película de guerra como fondo. Es ese encuentro encantado entre Marguerite, que casi siempre viste como El Principito y es aviadora como Saint Exupéry, y Georges, del que se adivina un pasado tormentoso y un  presente atormentado, el que sobrevuela la puesta de Las hierbas salvajes que parece planear como un vuelo, con suaves travellings descendiendo y ascendiendo por los planos, entre ellos, conectándolos entre flashbacks, cartas, llamadas telefónicas y temores a futuro. Y no es el caso de que es una película de alguien “libre” -una frase usada generalmente para decir que un director hace lo que quiere y está disculpado por su edad- sino un film absolutamente amable con lo que pretende retratar: dos subjetividades de vidas previsibles envueltas en el torbellino de un deseo que se creía olvidado. Sí, son burgueses cincuentones más o menos acomodados en el mundo de una burguesía más o menos acomodada, como para terminar con ese hipócrita discurso, tan pero tan burgués, de que los encuentros genuinos son una cuestión de clase. Lo son, pero de ninguna en particular.
Podría haber sido un ciclo de reencuentros, o de encuentros causales o fatales o terminales, el cine está plagado de films donde después de algunos años se vuelven a encontrar compañeros de secundaria, amores de adolescencia, amistades juveniles, o personas que se conocen en el medio del Apocalipsis, de un desastre, de una guerra, o en la cárcel, delinquiendo, estafando, aunados por un crimen propio o ajeno, o ayudando a los pobres del mundo, curando enfermos y conciencias, en contra o a favor de algo o de alguien, en cualquier situación, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Podrían ser crueles eventualidades o bonhomías instantáneas o efímeras coincidencias o hallazgos a futuro. Podrían. Son sólo cuatro films acerca del azar, acerca de una frágil posibilidad.

Programación completa del ciclo:

04/7 – Lake Tahoe de Fernando Eimbcke 11/7 – Las hierbas salvajes de Alain Resnais 18/7 – A través de los olivos de Abbas Kiarostami 25/7 – La boca del lobo de Pietro Marcello
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