4/7: LAKE TAHOE de Fernando Eimbcke

Asoma el ciclo “Encontrar(se) en el cine”, que ya presentó Fernando Pujato en un texto que publicamos esta mañana. Es también él quien a continuación comenta el film mexicano de esta noche. Estarán pensando: “Se lo ve activo”. Pero resulta que a éste lo escribió hace ya varios años.

Lake Tahoe de Fernando Eimbcke (México, 2008, 89′)

La amabilidad del cine

por Fernando Pujato

Resulta un tanto extraño el diálogo (día = a través de) que se puede establecer con, y a través de las películas. Si bien depende de la película en cuestión – y del grado de alienación cinéfila al que se puede haber llegado – también mucho depende de la inevitable comparación que surge cuando miramos un tanto más allá del mundo del sentido común, el “escenario” de nuestra vida cotidiana, como señalaba Alfred Schutz.
El film de Fernando Eimbcke bien podría estar dialogando con el título del famoso libro del biólogo Jacques Monod, El azar y la necesidad, con el cruel pastiche que es 21 gramos, de (otro) mexicano, Alejandro González Iñarritu, y con esa gran película que es Shara, de la japonesa Noami Kawase.
No me refiero, por supuesto, al estudio biológico-filosófico de Monod, que tanto revuelo causó en el mundo científico allá por los ‘70; sino que es un hecho totalmente fortuito (dejando de lado el estado emocional, el desequilibrio psicológico y demás cuestiones que puede tener el accidente en sí mismo) el que encadena a los personajes de Lake Tahoe. Es necesario reparar el auto, es necesario buscar alguien que lo repare, y es necesario también –y en este sentido hay algo de la teleonomía de la especie de la que nos hablaba Monod– establecer algún tipo de vínculo con las personas supuestamente idóneas para realizar el trabajo.

Y aquí es donde el film de Eimbcke se sitúa en las antípodas del de Iñarritu: un choque y una muerte –por más que en Lake Tahoe ésta se encuentre diferida y no explícitamente subrayada como en 21 gramos– no son sólo pretendidas causalidades que llevan irremediablemente a cometer asesinatos, y a precipitarse en la agonía de una vida miserable signada (¡siempre el mismo lugar común!) por las drogas y el alcohol, son también imaginativas casualidades que nos permiten ver que la amistad, el desprendimiento, y las relaciones fraternales (de cualquier tipo que éstas sean) todavía son nociones y conductas que informan buena parte de nuestra vida “real”, aunque se las vea ficcionalmente.
Pero es sobre todo Shara el film que mejor podría discurrir dialógicamente con Lake Tahoe. Aún cuando la estructura de la puesta en escena de Kawase se asiente sobre extensos planos secuencia, y la de Eimbcke sobre -no menos extensos– planos fijos, el uso que ambos directores hacen de la esfera “pública” es muy similar: es allí donde los sucesos que principian Shara y Lake Tahoe tienen lugar, y es allí también donde éstos adquieren su significado. Lo cual no quiere decir que el film de Eimbcke no posea entidad propia, y sólo pueda referenciarse con respecto a todo lo que lo separa del de Iñarritu y todo lo que lo acerca al de Kawase. El vaivén expositivo de Lake Tahoe no es caprichoso. La alternancia entre la esfera privada y la esfera pública, es tan notoria como notable: lo que le ocurre a Juan “fuera” de su casa es lo que va a terminar transformando no sólo su relación con aquellos con los que –de alguna u otra manera– establece una conexión a partir de su deambular en busca de un repuesto para su auto, sino también con su familia, con el “adentro” de su vida presente señalada por una madre intentando sobrellevar la muerte de su marido como puede –y puede muy poco– y un hermano menor encerrado, clausurado, dentro de una carpa en el jardín de su casa.
Lo verdaderamente importante en Lake Tahoe es aquello que se desprende, paulatinamente, de su puesta en escena: la construcción de un espacio discursivo social, a partir del cual las acciones (no en el sentido conductista del término, por supuesto) adquieren un sentido literalmente reparador, en cualquiera de las acepciones que posee esta palabra. Porque pese a que el film, salvo un puntual plano-secuencia de Juan doblando en una esquina, está rodado íntegramente con planos fijos, tanto en interiores como en exteriores (algo que remite un tanto a Ozu, así como Shara remitía un tanto a Mizoguchi) es el progresivo ordenamiento escénico el que va constituyendo este espacio dialógico, que posee la dinámica propia de un viaje iniciático, de un transcurrir público, de un devenir resolutivo.
Hay muchos mundos en el cine de un país que está tan lejos de Alguien y tan cerca del Imperio. Es muy reconfortante ver que el “allí afuera” de uno de esos mundos es tan imaginativo como real, tan amable como reparador. Algo así como ver una película de Bruce Lee con la pantalla en negro, cuidar a un niño que recién se conoce, buscar a un perro perdido o dar una caricia de bienvenida. Algo así como ver Lake Tahoe.
(escrito en 2009)
Esta entrada fue publicada en Funciones, Textos/Críticas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s