29/6: JUNG + HERZOG

Doble programa para cerrar el ciclo “El fin del mundo es el principio de una nueva era”. Un documental sobre Carl Jung y el Dalai Lama según Herzog.

El mundo interior: Jung en sus propias palabras de Suzanne Wagner (Estados Unidos, 1990, 60′) + La rueda del tiempo de Werner Herzog (Alemania/Austria/Italia, 2003, 81′)

La rueda del tiempo por Fernando Pujato

…he contemplado también, con ojos desorbitados
y enloquecidos por una breve sospecha
ese monje helado, bloque irascible
a quien sus abandonaron sus compañeros
antes de la imposible agonía.
He visto al hombre vivo apresado por el hielo.
Víctor Segalen
La India, el Dalai Lama, el Tíbet. Difícilmente se podrían encontrar nombres que rivalizaran con éstos, que pudieran tener una relevancia mayor en el imaginario del ensueño exotista occidental, al menos por estos tiempos.
El África ya no es lo que era. La visión de enigmáticas ceremonias a la luz de la luna (fogatas, tam-tam, dioses locales), del monumentalismo egipcio y de las medinas marroquíes, ha sido barrida por la televisión: dictadores sangrientos, feroces guerras intestinas y fanatismo religioso, es todo lo que nos queda del espejo evolutivo de “nuestra” historia; y el tarot egipcio.
Polinesia y Melanesia se han convertido en paraísos turísticos. Las canoas con batagas que otrora se perdían en el horizonte marino y el teatro de sombras javanés, han devenido en coloridas postales nativas adornadas con guirnaldas de flores y discotecas con música pop; los chador y los sarongs se fabrican en China.
Los Mayas y los Aztecas están demasiados lejos en el tiempo y el Machu Pichu ya ha sido visitado por demasiada gente. El realismo mágico (pese a los ingentes esfuerzos de algunos literatos y pocos cineastas) se ha trasladado, definitivamente, a los Balcanes y además nunca tuvo bandas de música; los calendarios, las runas, y las máscaras se venden en los negocios de artesanías.
Los movimientos de liberación coloniales luego de la Segunda Guerra, las migraciones mundiales, el turismo de masas, la globalización económica, y el cine, por supuesto, han contribuido no poco para demoler el estatuto inconmovible de lo Diferente, lo Otro, lo Absoluto, para despertarnos del sueño romántico de encontrar el Contrato Social en vivo, la mentalidad “primitiva” y el animismo religioso, fuera de los lindes de nuestra civilización.
Y Werner Herzog, por supuesto. Porque esto es lo que vemos en La rueda del tiempo, un golpe, sino mortal y definitivo al menos incisivo y clarificador, a lo que se supone uno de los últimos baluartes de genuino exotismo; en este planeta, claro.
Con el simple pero no sencillo (muchos lo han intentado y han terminado por filmar caricaturas) recurso del contraste, Herzog libera a su film de la retórica narrativa que supondría instalar un pomposo discurso acerca de la fe religiosa y las miserias mundanas, de la confusión religiosa y los oropeles mundanos.
Muchedumbres de religiosos y pilgrims abarrotándose en Bodh Gaya, la India y un selecto séquito de monjes confeccionando el mandala que explica el mundo. Camiones atestados de tibetanos rumbo al monte sagrado de Kailasch, en el oeste del Tíbet, y un reducido, pero también selecto, grupo de burgueses europeos para ver al mismísimo Dalai Lama -¡podrás vivir el resto de tu vida con este recuerdo!. Imágenes contrastando imágenes, contrastándonos. Y no es una casualidad que no haya primeros planos ni preguntas, en las secuencias del Tibet; no hay nada que interrogar allí.
Los pretendidos émulos cineastas de Defoe, que todavía rondan por allí colectando rarezas folk para exhibirlas en los mercados de la imágenes Mundiales, quizá nunca lo leyeron muy bien. El tiempo de las arrobadoras imágenes de niños nativos correteando despreocupadamente por la jungla o de adultos nativos hablando en lenguas extrañas y entregándose a rituales aún más extraños, ha expirado ya.
No es que todas esas cosas han dejado de existir (los monjes aún no se visten con Armani y los yaks todavía se reproducen) es que ahora no sólo estamos todos un poco involucrados en ellas, sino también que las “bellas” imágenes han sido desplazadas por la realidad de las imágenes -si son justas o no, es ya otra cuestión.
No hay, ciertamente, ninguna belleza en la secuencia de la pobreza disputándose las baratijas arrojadas a la multitud por los, un poco menos, pobres monjes budistas. Ningún halo romántico sobrevuela la escena de una solitaria mujer tibetana arrodillándose en la dura estepa de los confines del Mundo.
La Gran Guerra le impidió al gran poeta francés, Víctor Segalen, llegar a lo que era su máximo deseo: el Tibet; poco tiempo después murió desangrado debajo de un árbol leyendo Hamlet y con la poesía inacabada de su última obra: Thibet. Ninguna catástrofe le impidió a Werner Herzog -y dudo que haya algo que realmente se le pueda impedir- filmar un documental demoledor. Un tríptico registro de imágenes inexploradas nos anuncia, nos advierte, nos muestra, que el exotismo es, definitivamente, un asunto del pasado. Y ya se sabe: sólo los fantasmas pueden vivir eternamente anclados a él.
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