Entre los escombros

Así se titula el ciclo que empieza hoy Martes. Ramiro Sonzini hace un acercamiento a la pregunta: ¿por qué esta selección de películas? ¿por qué escombros? ¿por qué “entre”?. Y al final, la programación completa.

por Ramiro Sonzini

El germen de este ciclo se localiza en el ciclo anterior, dedicado al cineasta chileno Raúl Ruiz. Ver y leer su obra me hizo descubrir una nueva perspectiva desde la cual pensar el cine. En un texto llamado Las seis funciones del plano dice que al ver una película de cuatrocientos planos no estamos viendo una sola sino cuatrocientas películas, todas independientes unas de otras, eventualmente reunidas y complotadas para llevar adelante una trama posible.  De esta idea aprendí  que hay una forma de pensar el cine que no tiene que ver con tratar de ordenar las partes para dar con un todo lógicamenten compuesto y ordenado, sino más bien jugar con dichas partes y armar conspiraciones que nos lleven a distintos lugares, conclusiones falsas o verdaderas, que puedan resultar fructíferas y placenteras a la hora de abordar las películas.
Esto me llevó a reflexionar sobre el valor que tiene el espacio entre las tomas. El cine de raccords trata de hacer desaparecer los huecos que hay entre los planos, es decir los cortes. Hay otro tipo de cine en el que, lejos de tratar de ocultar esos vacíos, se los aprovecha, se los remarca, ya que son éstos los que le otorgan independencia a los planos. Independencia de existir por sí mismos (como películas independientes) e independencia de relacionarse con otros planos que no sean el que lo antecede o lo precede. En Número dos, Godard lleva la experiencia de la disyunción al extremo. Pone en evidencia la existencia de estos intersticios en la imagen misma. Lo hace a través de un dispositivo mecánico que inventa para la película: proyecta en varios televisores distintas tomas de una película grabada en video sobre una familia en su casa, y filma las multiples pantallas con una cámara de 35 mm de tal modo que uno ve en un mismo plano dos tomas distintas claramente separadas por el espacio existente entre los televisores. Habría que agregar que estos cortes revelan el carácter fragmentario de las tomas, es decir, evidencian que dichos registros, previos a ser incluidos en el montaje de la película tal cual la estamos viendo, duraron mayor cantidad de tiempo (hacia el pasado y hacia el futuro) y abarcaron otros espacios.

Número dos de Jean-Luc Godard

Cuando las películas, a través de recursos como bandas de sonido disonantes o montajes circulares y repetitivos, benefician la independencia entre planos (remarcan los cortes) el espectador tiene la posibilidad de fugarse por esos intersticios para generar juegos de sentido y asociaciones libres, infinitas derivas que constituirían un montaje personal y alternativo de la película en cuestión. Un ejemplo: mientras reveía el comienzo de Oh, uomo!, en el que hay un encadenado de planos de una banda militar tocando, una estatua en una plaza, unas campanas, un cañón, un tractor rodando por el campo, se me ocurrió que el elemento encadenante de estos planos era el material del que se componían todos estos objetos: el metal. Quizá además de ser un catálogo sobre dolor, muerte y laceraciones producidas por la guerra, Oh, uomo! sea una película sobre las texturas y las sensaciones táctiles que producen los objetos que desfilan en pantalla (incluida la película misma).
No sólo los espacios entre los planos pueden producir estas derivas. Muchas veces la propensión a perderse puede ser provocada desde el interior del plano.  Las puertas, las ventanas y los destellos de luz de En el cuarto de Vanda sugieren la existencia de un más allá espacial, temporal, social e incluso histórico. Transmiten una fuerza centrífuga y centrípeta a la vez, por un lado queremos trasladarnos a ese más allá, salir de la habitación, de su encierro, de su atrocidad; por otro, queremos permanecer allí, sentados en la oscuridad, mirando y escuchando las historias de esa comunidad a punto de desaparecer.
En Spark of being lo que pasa es todavía más raro ya que la invitación a la deriva no viene ni desde dentro de los planos ni entre ellos. Es más bien algo que proviene de la atmosfera, de lo que sobrevuela, lo que flota sobre las imágenes. Se trata del juego de rítmos y sentidos que se genera entre la composición musical a cargo de Dave Douglas (podríamos hablar de él como co-autor de este film) y el montaje de imágenes armado por Bill Morrison. La banda sonora adquiere tal nivel de libertad respecto de las imagenes que uno puede seguir la historia sólo a través de la música, luego sólo a través de las imágenes, luego de las dos cosas juntas. La novela de Mary Shelley, Frankenstein, “aporta la estructura de base a la que el cineasta podrá volver en caso de pérdida, retomando frases y escenas cuando sea necesario para avanzar” (Miguel García en Lumière, http://www.elumiere.net).
Para terminar, quisiera hacer un comentario sobre otro punto en común a esta selección de películas: Pedro Costa dice que el cine es un arte que sirve para señalar que hay algo en el mundo que está mal. Detrás de esta frase encuentro una moral, una concepción del mundo que le otorga una razón de ser al hacer, al mostrar y al ver cine. Estas cuatro películas, desde lugares muy distintos, muestran ese malestar.

Programación completa:

5/6 –  Spark of being de Bill Morrison  / 12/6 – Oh, uomo! Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi  / 19/6 – Número dos de Jean-Luc Godard / 26/6 – En el cuarto de Vanda de Pedro Costa
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