23/5: ELEGÍA ORIENTAL + UNA VIDA HUMILDE de Alexander Sokúrov

Tercera función del foco “Los viajes de Alexander”. Se trata de un doble programa de Sokúrov en Japón, que a decir verdad culmina con la función de la semana que viene, que será El sol, sobre el emperador Hirohito.

Elegía oriental (Japón/Rusia, 1996, 43′)  + Una vida humilde (Japón/Rusia, 1997, 77′)

Mostrar el tiempo, por ejemplo, o más bien cómo éste subtiende, delinea y jerarquiza la puesta en escena de Elegía Oriental: planos largos cuando Sokurov importuna a sutiles fantasmas japoneses con preguntas cegadoramente rusas (“¿Qué se le puede pedir a Dios? ¿Por qué hay tanta tristeza en la poesía? ¿Qué es la felicidad?”), menos extensos y situacionales cuando escudriña en las casas de esa aldea filmada como Kurosawa y Mizoguchi hubiesen querido filmar -aunque una mixtura de Los siete samurais y El Intendente Sansho probablemente igualaría este prodigio- una luz que delate alguna ensoñadora presencia a la cual visitar, decididamente más cortos en los jardines y las estatuas que habitan en el exterior de un lugar invadido por la bruma, envuelto en cantos de sirena orientales, ecos de música clásica y vientos fantasmagóricos. Todo el tiempo real, justo y necesario para abrir una puerta y que esa silueta inquietantemente parecida a Tarkovski -o quizá sea él pero no un deseo de parecerse a él- se asome a contraluz en el marco de un plano que Godard pondrá en la segunda entrega de Historia(sdel cine. Y, finalmente, el tiempo mismo del film, cerca de la poiesis cinematográfica de Eliot del “sólo a través del tiempo se conquista el tiempo”  y que soslaya cualquier intento por delimitarlo en una categoría métrica, por encerrarlo en un análisis cuantitativo, por inscribirlo en un manual de aprendizaje.  Los homenajes fílmicos, las visitas no guiadas y las conversaciones fantasmáticas duran lo que tienen que durar los homenajes, las visitas y las conversaciones en una pantalla de cine, la imaginación debería ocuparse del resto. Tal vez era necesario que un peregrino de la Madre Rusia deambulara por una pequeña isla hecha a la medida de sus sueños para que un cineasta ruso continuara recreando las formas temporales del cine. Filmar fantasmas extrañamente familiares sin los habituales atuendos del olvido parece ser una práctica habitual entre ciertos amigos de esa Isla.
Donde sí  se podría escribir un tratado, o un análisis serio, acerca del trabajo con el sonido y la luz en relación con los espacios de la casa es en Una vida humilde, de cómo en un principio transitamos por un lugar que parece vacío escuchando las pisadas -¿de aquél que filma? Seguramente-, los ruidos que provienen desde el exterior y que susurran en los pasillos, que crujen en el piso, que mueven las llamas del brasero. También se podría escribir acerca de cómo esa casa adquiere una dimensión humana, poco a poco, como pidiendo permiso para filmar una presencia, “la” presencia de esa casa, tan ajena a Sokurov como a nosotros, y de cómo una profunda sensibilidad rusa tiene que habérselas con silencios y confección de kimonos, rezos contemplativos y cotidianidad resolutiva. Y entonces llega un momento en que todo parece poblarse, todo eso está vivo, respira, y los peregrinos-monjes que esperan en la puerta una (humilde) ofrenda de lo que sea invaden y desarman el espacio en un plano que parece “momificado”, una pintura, un exquisito dibujo, pero que se mueve; el cine está allí. Y está también en la lectura de las poesías, tristes pero no nostálgicas, que la anciana lee para Sokurov, para nosotros, para mostrarnos, una vez más, que no se trata de penetrar los recónditos designios de una (otra) humanidad, develar algo así como la psicología de un pueblo a través de una figura que, casi, existe sólo para aquél que la filma y para nosotros. Se trata del tiempo, el de la casa y el del trabajo, el de la anciana y el de aquellos que ya no están; el de la soledad. Se trata de detenerse filmando, de ver esa danza, todo se mueve aunque necesitemos tiempo -el del film, el del cine- para movernos junto a otras maneras de frecuentar por él. En Elegía Oriental los fantasmas presiden, se conversa con ellos, se aprende de ellos; acá se platica con la porfiada existencia de un estar en este mundo. El cine se trata de esta conversación. Fernando Pujato
* * *
Elegía Oriental. Un asombrosamente bello e hipnótico video de 1996 de Alexander Sokúrov, en su mayoría en blanco y negro, pero con breves piezas en color y en sepia. Básicamente, es un mood de 45 minutos con un narrador incorpóreo que se mueve en un pueblo de una remota isla japonesa envuelta en la niebla; el soundtrack consta de Thaikovsky, Mahler, Wagner y música tradicional japonesa y rusa. Por momentos la vaga narrativa sugiere una novela gótica, aunque el final recuerda una de las imágenes finales de Solaris de Tarkovski. Una toma de la niebla elevándose sobre el pueblo es digna del Fausto de Murnau, y la mayor parte restante se parece a una serie de finos grabados en un flujo constante, ensoñado. Jonathan Rosenbaum
Una vida humilde. Este largometraje en video 1997 del maestro ruso Alexander Sokúrov es básicamente un documental sobre Umeno Mathuyoshi, una anciana que cose y borda kimonos en una vieja casa en las montañas de Nara, Japón, con una estructura narrativa y semificcional dada por la presencia del propio Sokúrov como visitante invisible. Como muchos de sus trabajos, es bastante lento, pero logra el efecto de llevarse al espectador hacia alguna parte y de invitarlo o invitarla a saborear las texturas. Jonathan Rosenbaum
(ambas reseñas de Rosenbaum fueron extraídas de su propio site, la traducción es nuestra)
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