17/5: NOCHE SIN FORTUNA de Francisco Forbes y Alvaro Cifuentes

Segunda función de nuestro estreno del mes: fascinante retrato sobre el escritor colombiano Andrés Caicedo.

Noche sin fortuna de Francisco Forbes y Alvaro Cifuentes (Argentina, 2010, 86)

Andrés Caicedo se tomó 60 pastillas y se suicidó un 4 de marzo de 1977. Se mató porque no quería dejar de vivir. No quería dejar de ser joven. Decía que vivir más de 25 años era una vergüenza y que prefería morir y dejar obra. En ese escaso tiempo escribió, con una urgencia demoledora, novelas, cuentos, críticas de cine, obras de teatro y películas. Su obra, como dice Fabián Casas, “es una expresión del cóctel de su tiempo. Vivió los años sesenta con su paz, amor, violencia y revolución. Su pentagrama musical fue escrito por los Rolling Stones (…) Nació en un país agresivo, peligroso y con un fervor descomunal por los crímenes, los suicidios y el aguardiente. Pero también un país cálido, rumbero y festivo.”.
Noche sin fortuna es un documental sobre Andrés Caicedo. Un documental detectivesco en el que más que las pistas de un asesinato, se buscan las huellas que dejó el muerto.
En general, estos biopics sobre artistas malditos están hechos por personas que se supone tienen algún tipo de relación directa con el personaje o con el mundo de ese personaje. Tal pertenencia otorga cierta “autoridad” para contar la historia. Entonces, lo primero que sorprende es que la película esté hecha por dos jóvenes, que por su edad, no pueden haber conocido a Caicedo en vida, ni formado parte del llamado “Grupo de Cali”, del cual Caicedo fue una especie de centro simbólico. Podríamos decir entonces, que los directores no gozan de esa “autoridad”, o por lo menos, que van a contar una historia que le es ajena, que no protagonizaron, que tienen que salir a buscar. Uno podría imaginar que esta situación se traduce en una manera particular de abordar el relato: poner en perspectiva al personaje y su contexto, tomar distancia para poder hacer una reflexión crítica motivada por el paso del tiempo y por la conciencia del destino que les deparó los años vividos al límite. Pero no. Si bien Forbes y Cifuentes se encuentran con lo que quedó de esa generación y de los lugares que habitaron (uno puede ver y percibir las ruinas del tiempo de Caicedo en la cantidad de gente muerta y en lo desgastado y cansado del rostro y el relato de algunos personajes entrevistados) la película se instala en otro terreno, en el del mito, en el de la fascinación por un personaje que les parece extremadamente genial y misterioso. No interesa ya el grado de verdad ni el apego a la realidad que haya en la figura que se construye; interesa erigir una imagen, despareja brutal feroz exagerada, partiendo de los objetos que constituyen ese mito: anécdotas, cartas, guiones, música, cuentos, dudas, rumores. E interesa que el movimiento que encadena todos esos materiales goza de una actitud creativa generada por el infinito amor al material. De este movimiento surgen momentos sublimes como el western/storyboard/animación basado en un guión que Caicedo nunca pudo mostrarle a Roger Corman. Y sobre todo interesa que la película invita a ver más, a escuchar más, a leer más sobre Caicedo. Y a Caicedo.
Por último, dejo un fragmento de la novela ¡Que viva la música! para continuar con la fiebre caicediana:
“Todo es tuyo, a todo tienes derecho y cóbralo caro. No te sientas llenecita nunca. Para el odio que te ha infectado el censor, no hay remedio mejor que el asesinato. Adonde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines. Aprende a sabotear los cines. Para la timidez, la autodestrucción. No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse, alcanzar, al término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima decadencia. Es prudente oír música antes del desayuno. Cómete todo lo que sea malo para el hígado; mango, viche y hongos y pura sal, y acostúmbrate a amanecer con los gusanos. Tú no te preocupes, muérete antes que tus padres, para librarlos de la espantosa visión de tu vejez. Y ecuéntrame allí donde todo es gris y no se sufre. Somos muchos. Incomunica el dato.”.

Ramiro Sonzini

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