16/5: TAURUS de Alexander Sokúrov

Taurus de Alexander Sokúrov (Rusia, 2001, 104′)

Reposar, descansar, olvidar, tal vez morir. El último plano de Taurus es una mirada sobre un cielo plomizo -el mismo de todo el film- que se abre a la luz, a una pequeña luz. ¿Qué otra forma podría tener ese último día?, ¿esos últimos días de alguien ya inscripto en una historia que muchos quisieran olvidar? No es cómodo lo de Sokúrov, más lo hubiera sido emprenderla con Stalin, demasiado brutal y previsible, tanto que sólo le basta la secuencia en la que un fotógrafo pretende retratarlo en su capa blanca que contrasta fuertemente con el difuminado verde militar del afuera de esa magnífica villa del exilo: avanza hacia la cámara, retrocede, vuelve a avanzar, imposible sacar una foto, la misma imposibilidad que nos cuenta el cámara de Vertov en El último bolchevique; el miedo, el terror, ese que paraliza. Y tanto más fijarse en la figura de Troski, demasiado excéntrico y volátil al vórtice del poder, despachado prontamente por Stalin cuando, al regalarle un bastón a Lenin le dice que falta la inscripción “de los alumnos a su maestro” o algo así, porque Troski se había negado, al igual que probablemente se negaría al pedido de Lenin para que le suministren el veneno que termine con aquello que ya no parece ser una vida, al menos una vida que valga la pena ser vivida. Quedan, entonces, los recuerdos, los viejos cuentos de las abuelas y los soldados y los campesinos, cuentos acerca del sufrimiento y la guerra -Dowstoieski sobrevolando la historia reciente, la de la Rusia de siempre- y la furia porque la revolución no es demasiado terminal, porque el pueblo, al parecer, necesita que lo violenten, por las hambrunas cada siete años, por los piojos, por los analfabetos, por esta enfermedad que impide multiplicar 17 x 22, por el encierro comunicacional y los destellos de lucidez, esa terrible lucidez murmurada en idioma alemán, desahogada en gritos, golpes y frases dictatoriales -“voy a despellejarte, cerdo finlandés”. De alguna manera muy parecida a El Sol, no tanto por su relato sino por la forma que adquiere, no deben existir muchos films que nos permitan comprender qué significa haber detentado el poder -sobre todo el intelectual- de una de las mayores revoluciones del siglo pasado y encontrarse solo en una habitación pensando que, tal vez, fue lo mejor no haber tenido hijos, “¿qué tiene de malo pegarle unos buenos azotes a un demonio que se cree el centro del universo?”, alguien espía, por una puerta entreabierta, esa frase. El espía no es, precisamente, un émulo de Freud, sino aquella que le dispensa una mirada tierna y lejana, una mirada de despedida, en el jardín donde Lenin mira el cielo de lo que resta de su vida. Fernando Pujato
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