15/5: UNA MUJER PARA DOS de Ernst Lubitsch

Una mujer para dos de Ernst Lubitsch (Estados Unidos, 1933, 91′)

El comienzo es en un ínfimo camarote de tren. Mientras Gary Cooper y Fredric March duermen una siesta, entra Miriam Hopkins y se pone a dibujarlos. Después, la mujer también se duerme y entonces los tipos se despiertan y le chusmean los dibujos. Está claro que a las películas conviene verlas, pero valga esta breve descripción para rescatar cómo escasos metros cuadrados y apenas un puñado de gestos y miradas le bastan a Lubitsch para coreografiar genialmente un encuentro. Un último dato sobre la escena es que saltan a la luz los oficios: el pintor (Grant), el dramaturgo (March) y la dibujante publicitaria (Hopkins). Luego una elipsis y cuando regresamos, Hopkins está metida de cabeza en amorío doble con pintor y dramaturgo. Edward Everett Horton, jefe de una agencia publicitaria, se suma como el tipo recatado que intenta salvarla de sendos artistas. Lo interesante es el resultado espacial de que mientras Grant está celoso de March y March de Grant y Horton se recorre la Paramount entera intentando disuadirlos a todos, la Hopkins busca actuar con naturalidad. Tiene razón: ¿qué son dos amantes? Su postura es ligeramente desplazada, pacífica, de chica distraída mirando ventanas mientras le exigen explicaciones morales. Tal actitud es la coartada de Lubitsch para aislar la frivolidad, la desproporción de la batalla librada a su alrededor por los tres tipos: un desfile de muecas a cuerpo completo, ruidos verbales, indignaciones que ponen en acción o paralizan. Inventa además un segundo espacio que empieza en un atestado estudio-cocina-comedor, pasa por un asolado búnker con servicio de cuarto y termina en una maratón ida y vuelta por cien peldaños. Por allí ascienden las carreras del pintor y el dramaturgo y les cambia el ánimo a la par de sus chances con la Hopkins, que en tanto se emplea como crítica y productora de ambos y seguramente piensa: ¿cuándo me dejarán de joder con los protocolos? Sorprendido ante tantas y tortuosas rutinas, Lubitsch toma media distancia y ríe. Martín Alvarez
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