El fin del mundo es el principio de una nueva era

por Alexis Cabrolié Cordi

El universo está de fiesta: millones, millones y millones de seres humanos de luz ascenderán victoriosos a decorar y perfumar, con sus propias luces, el oriente eterno”
    Profecía 13 Ahau Katún del  “Libro de Chilam Balam” o Libro de las Profecías Maya
Papus, seudónimo del genial ocultista Gerard Encausse, explicando los procesos de evolución de los planos físico, astral y espiritual de los seres, en su libro sobre la reencarnación, vislumbró el poder revelador del cine: “Cuando algún acontecimiento debe sernos anunciado por lo invisible, es, con mayor frecuencia, a través de una serie de imágenes animadas, tal como lo percibimos en los sueños. Este lenguaje por imágenes que permite hablarle a todo el cerebro humano lo vemos corrientemente en el cinematógrafo”. Misteriosa fábrica de sueños, hijo concebido por el amor de la magia y el misterio, el cine tiene sus astros, sus estrellas en constante estado de mutación. El universo, también, de allí esta nueva era, paso, trashumancia de Piscis a Acuario, salto evolutivo de consciencia de nuestra, todavía muy involucionada, especie.
El cine es un misterio constituido ontológicamente por planos. El ser humano, también, pues en tanto microcosmos, contiene a la totalidad, el macrocosmos. Godard, sumergido en su sueño lúcido de imágenes y sonidos, supo decir que todo el problema de ese misterio consiste en saber dónde y por qué comenzar un plano y dónde y por qué terminarlo; siguiendo la ley de la correspondencia enunciada en el kybalion, uno de los más bellos textos de esoterismo revelado, se hace evidente la necesidad de ponernos frente a frente con el misterio más amplio de nuestra vida en el cosmos y preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a explorar, hasta qué planos dirigiremos nuestra proyección existencial, cuál será el punto donde la pantalla de cine dejará de ser una ventana al mundo que ilumine nuestra sombra y devendrá en espectro revelador de nuestros miedos ante el cual no nos quedará más que la coartada intelectual, racional del discurso que, no por bello y sofisticado, no deja de gritar en sus signos la negación temerosa de las fuerzas, las energías, las facultades espirituales divinas encarnadas en nosotros que anidan latente más allá de los  límites familiares, culturales, sociales y toda la parafernalia de dogmas y protocolos pervertidos. Jung sabía que el pánico producido en la mayoría al intentar caminar el camino que conduce al sí mismo, a nuestro ser esencial, empuña como arma defensiva la razón, y lo escribió así en su autobiografía: “Siempre que se produce un descenso a la realidad, a la experiencia más interior, al núcleo de la personalidad, a la aventura del espíritu, a la mayoría les domina el miedo y huyen (…) la razón nos pone límites demasiados estrechos y nos exige vivir exclusivamente lo conocido ¡como si conociera la auténtica dimensión de la vida!; sobreestimada, la razón tiene de común con el Estado totalitario lo siguiente: bajo su dominio se empobrece el individuo”. No son otros los motivos por los cuales la mayoría de los seres, y entre ellos miríadas de empobrecidos científicos, desconocen absolutamente, ignoran supinamente, desdeñan y apostrofan con rictus sardónico a las ciencias ocultas, en razón de su ceguera, sin haberlas experimentado jamás, sin siquiera someterlas a la más elemental verificación empírica que trascienda los banales contactos de estafadores mediáticos tan representativos de la profundidad de las ciencias místicas como profundas y místicas son la mayor parte de esas películas cuya exhibición está dominada por el nauseabundo aroma a pochoclo. Pero aún con el rechazo a priori de las experiencias místicas puesto en evidencia, las personas seguirán su pugna autojustificatoria apelando a todos los ardides, más o menos complejos, que su intelecto pueda fraguar; mecanismo involutivo de esta especie animal-humana que los profetas siempre conocieron. “Así tendrá que ser, pocos los que vean, pocos los que escuchen, pocos los autoescogidos” profetiza el sacerdote Chilam Balam, sabiendo que pocos, pero cada vez más, emprenderán su verdadero  viaje espiritual, aquel que permita acercarnos a nuestra verdadera naturaleza divina, mediante el Tarot, la Astrología, la Numerología, la Cábala,  la Psicogenealogía, las Constelaciones familiares, la Biodanza por nombrar algunas de las artes que el brillante Jean Renoir elogió, elogiando al cine, cuando su alma se hizo verbo: “Desde que el mundo es mundo, hay una especie de tentativa de escapar de la materia y de aproximarse a lo espiritual, que es evidente; y yo creo que toda obra de arte que da un paso, algunos milímetros, hacia el contacto con ese algo espiritual, es una obra de arte que tiene su interés”. La luz prevalecerá. El cine, sabio, lo sabe.
11/5 – La fuente de la vida de Darren Aronofsky / 18/5 – El hombre que podía recordar sus vidas pasadas de Apichatpong Weerasethakul / 25/5 – Chico Xavier de Daniel Filho  / 1/6 – Nuestro hogar: la vida después de la muerte de Wagner de Assis  / 8/6 – El topo de Alejandro Jodorowsky  / 15/6 – La montaña sagrada de Alejandro Jodorowsky  / 22/6 – La constelación Jodorowsky de Louis Mouchet / 29/6 – El mundo interior: Jung en sus propias palabras de Suzanne Wagner + La rueda del tiempo de Werner Herzog
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Una respuesta a El fin del mundo es el principio de una nueva era

  1. Agustina dijo:

    ¡
    A.lu.ci.nan.te!

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