25/4: SÍNDROMES Y UN SIGLO de Apichatpong Weerasethakul

Esta noche, los invitamos a la penúltima película del foco dedicado al tailandés Apichatpong Weerasethakul. Fernando Pujato la comenta aquí abajo.

Síndromes y un siglo de Apichatpong Weerasethakul (Tailandia/Francia/Austria, 2006, 105′)

Una sucesión de planos fijos del subsuelo de un hospital termina en la entrada de una tubería. Una especie de neblina inunda todo el lugar y la cámara se fija unos minutos en el agujero negro de la tubería por donde vemos entrar la neblina… y la cámara. La escena culmina con una serie de planos en parques y plazas, donde la gente conversa, juega con los niños, baila. Es el espacio público. Es el final de Síndromes y un siglo de Apichatpong Weerasethakul.
El subsuelo del hospital del film es el lugar donde se realiza el mantenimiento del mismo, pero también se atiende a los veteranos de guerra y sus familiares, personas con problemas físicos o sicológicos que deambulan por las salas en las que vemos a obreros trabajando y a doctores hablando sobre sus pacientes o charlando entre sí. El marcado contraste entre el abajo del hospital, su luz artificial, su precariedad estructural, y la claridad del día en el afuera de las plazas y parques, sugiere que eso que no debe ser visto pero que funciona para mantener un orden sanitario y un orden social, es la otra cara de la moneda de aquello que no puede ocultarse. La vida que se mantiene y que mantiene -pero inmóvil- a la vida que fluye, que se mueve, que danza
Todo esto ocurre en un hospital ubicado en la ciudad. En el otro hospital, que se encuentra en una zona rural, no hay subsuelo, o al menos no lo vemos. Las personas se relacionan en su superficie: un monje budista que sueña con ser D.J. y un odontólogo-cantante, una médica que entrevista a un aspirante que luego le confiesa su amor por ella; curiosamente los mismos personajes que vemos en la segunda parte del film -aunque se podría pensar en realidades paralelas y no en una partición dicotómica- pero que mantienen una relación que no va más allá de una consulta o una entrevista de trabajo.
Pero si bien Síndromes y un siglo parece arrancar en tiempo presente y en espacios diferenciados, el relato de la médica a su pretendiente en el jardín del hospital parece ubicarlo en un tiempo pasado pero que nunca se nos muestra como tal, y en un punto de tránsito pero que nunca se lo privilegia como tal.  Acaso una superposición espacio-temporal, una sobreimpresión del pasado y el presente, del allí afuera y el adentro, o de un omnívoro presente y un mismo (diferente) espacio, que subsume en sí mismo el pasado, el futuro, y cualquier intento de delimitar certeramente un sitio de encuentro y de reunión, una especificidad. Eso es lo que vemos en las fotos de la construcción de un nuevo hospital, que tal vez ya fue construído, que tal vez no se construya nunca, que tal vez estemos viendo; la misma zona onírica que transita la casi totalidad de la filmografía de A.W., la misma que, quizás, transitamos todos fuera de una pantalla de cine. Aquello que llamamos vida puede, ciertamente, ocurrir en cualquier tiempo y en ningún lugar, pero siempre ocurre. Fernando Pujato
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