2/4: VAMPIR-CUADECUC (Portabella) + EL PROFESOR TARANNE (Ruiz)

Esta noche, la cuarta función del ciclo Ficciones barrocas y ruizianas. Turno para el catalán Pere Portabella y la que posiblemente sea la mejor película sobre un rodaje de la historia. Un caso atípico, eso seguro. La pasamos junto a un mediometraje de Ruiz.

Vampir-Cuadecuc de Pere Portabella (España, 1970, 70′) + El profesor Taranne de Raúl Ruiz (Francia/Bélgica, 1987, 52′)

Redescubriendo el cine mudo a través de documentales a gran escala, Vampir-Cuadecuc de Pere Portabella fue a la vez la película más original en el festival y la más sofisticada en su audaz modernismo. Inicialmente, el tema del documental es la filmación de una versión comercial española de El Conde Drácula, con Christopher Lee y dirigida por Jesús Franco, pero lo que hace Portabella en esta ocasión es tan personal que trasciende completamente de lo anecdótico. En su homenaje a Nosferatu de Munrau y a Vampiro de Dreyer, no recrea únicamente muchas de sus más amadas texturas visuales, sino también la disolución y la decadencia que percibimos cuando las vemos hoy en día en la decoloración de las copias -el sentido de que esas tenues, sobrenaturales imágenes están a punto de evaporarse de la pantalla, como en la misma Nosferatu-.
Moviéndonos atrás y adelante desde la historia siendo filmada hasta extraviados detalles en la producción (un ventilador soplando confeti sobre un cadáver, un murciélago falso tirado por unas cadenas, una actriz morbosamente construida haciendo una cara a alguien entre las tomas), de algún modo Portabella logra mantener la misma misteriosa atmósfera en todas partes. Una remarcablemente variada banda sonora juega en contra de sus imágenes silenciosas: los perros que ladran, aviones de motor, taladros, arias de ópera, melodías de Muzak, y zumbidos electrónicos siniestros, localizan de manera ingeniosa a Drácula y a nuestra percepción de él en el mundo moderno. El discurso solo aparece muy brevemente en una secuencia cerca del final cuando Christopher Lee describe la muerte de Drácula, y entonces lee la escena de la novela de Stoker, -y su efecto, más como el de los otros sonidos, es solo para destacar el meditabundo silencio que el mundo de Portabella aspira-. El espacio me impide hacer justicia a la gama y la profundidad de esta película, aunque unas indelebles imágenes deben ser citadas: un viaje ‘a Transilvania’ en coche (una presumible invención de Portabella) que acelera con propulsión por reacción; una muchacha en un pequeño retrato oval que ríe y se aleja; una bolsa de algo inespecífico que empieza a avanzar lentamente por el suelo. En este prodigioso film, Portabella recobra ciertos fragmentos del pasado en toda su espeluznante belleza y muestra cómo podemos -y debemos- comprenderlos ahora. Jonathan Rosenbaum (publicado originalmente en The Village Voice, como parte de la cobertura del Festival de Cannes de 1971. Extraído de pereportabella.com)
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